Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y fué no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo, pero la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las ocasiones de encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.

Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho de ser tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van allanándose a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a ocupar mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, que viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de las horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, ella a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia: era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas y sin corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las noticias de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el salón de conferencias y en los pasillos del Congreso, sobre el cariz de la política, las insinuaciones de los periódicos, la última conversación confidencial de la Regente con el Embajador de Austria, que persona bien enterada había repetido en el Casino de pe a pa. Sin duda yo provocaba la locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a su vez, me contaba la gaceta de Pontevedra, los inocentes chismes que la escribían sus amigas, y detalles relativos a las vecinas del principal y del entresuelo, a las cuales solía visitar de noche, según la costumbre mesocrática madrileña, que organiza en cada casa una tertulia de vecindad. Por la tarde mi tío salía, ya solo, ya con su mujer; yo necesitaba bien el tiempo para trabajar o pasear con Luis, y ¡adiós hasta la comida! Esta era más triste que el almuerzo: mi tía estaba nerviosa y excitada, o aplanada y distraída, sin que lograse disimularlo. De noche, ella subía a sus tertulias caseras o hacía labor junto a la chimenea, y mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a algún teatrillo por horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas me salvaba de las sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía cuándo tentarme.

Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en el mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi espíritu.

—Chacho —díjome un día el formal amigote—, ya he adivinado lo que padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: espuma de la mocedad comprimida. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama... Belén.

—¿Belén? ¡Qué absurdo!

—Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de negros ojos, la que pegaba angelitos en cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías? ¡Descastado! Pues yo la he seguido la pista... Chico, transformación de comedia de magia. Verás a la prójima en su apogeo. Coche no lo arrastramos aún... pero todo se andará.

—¿De veras? ¿Ha encontrado su gran Paganini? —pregunté con indiferencia.

—No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás absorto.

De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en la calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal era decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales relucientísimos.

Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».