—¿Eh? ¿Qué tal? —exclamó mi amigo—. ¿Qué te parece? «La señora» por arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta... cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto.
—¡Qué metamorfosis!
—Ahí verás tú... Los tiempos cambean. Por otra parte, la metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto a sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo primero que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los dedos fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad en el pie... ¡Ahora hay cada zapatito...! (Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte serio.
Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al satinado de la hoja de magnolia.
—¿Venimos a mala hora? —preguntó Portal.
Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría...
—¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando ¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines. ¿Cuándo llegaste? —añadió apeándome el tratamiento.
—Hace dos días —atajó Portal—, y siempre suspirando por echar la vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...»
—¡Ande usted, gallego trapacero! —contestó la hermosa, que, clavando en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada fogosa y humilde a la vez—. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas... Ná; después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida estará la mujer... En fin, ahora me encuentro como la propia rosa... Estos son otros López. ¡Ea! —añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos— a ver mi casita; es la gran casa... Gabinete con chimenea y todo... Hoy no han encendido, porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy a mandar que enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor, chiquito, pero no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto para baules... Entra ahí... alcoba de columnas y todo...
—Hija —advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas—, no me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita. Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños?