—Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea —respondió la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar—. ¿Qué te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré. Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío verdadero suyo. Puede que la abuela...
Después trazó una semblanza de su bolsista.
—Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra el... el bolsín —repitió, afirmándose en lo dicho—. Y hay días que ni aporta. Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en grande...
—¿Y si se le antoja presentarse de repente?
—¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si te digo que mejor pasta de hombre... Como yo grite «coche», va a contestar «un mail de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño cerrado.
—¿Y esas? —preguntó Portal.
—¿Quién? ¿Las otras? Pues... hijo, insufribles. Si las doy el Perú, me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me chupan la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta le ha entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella, antes de sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse la vida... Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que tiene que aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que me alquile un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a dar lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, a ver? Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta casa... Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es decir, de plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me pondré el vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día de su santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré el reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene que hacer: ¡lo que es tú no te vas...!
Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:
—Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado! Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado, trucha. ¡Cuidado que entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué, aún no estás contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te parto un alón...
—Párteme lo que gustes —contesté francamente, condensando en un suspiro mis desilusiones—. Chachiño, en el mundo hay algo más que las satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo de allí más espiritualista que un diablo.