—No puedo oirte desatinar así —gritaba Portal furioso—. ¿Qué espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón. ¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a las narices, porque nos rompió el tímpano con La muerte de Iseo. Anda memo, arrímate a nosotros.

—Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a esa muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo... Vamos, que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo desarmas. El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, lo cual sería una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la desvergüenza podrán entretener un rato, pero hastían.

—Bobalicón, ¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes vicios? ¡Pues si Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de verdad; Belén daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso... Belén posee un corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale con las mujeres virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de yeso, que ni siente ni padece.

—¿Qué sabes tú —murmuré dejando, como a pesar mío, que se desbordase la esperanza—, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si existiera?

Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se frunció, y con voz algo alterada me dijo:

—No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces? Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura? ¡Contesta, guillado!

Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con cólera, igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo manejando una navaja.

—Yo no sé qué responderte... —dije meditando—. Lo que comprendo es que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.

—Que me quiera, que me quiera —tatareó Portal remedándome la voz y el gesto—. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo aguantar que la digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel de la moralidad ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que cada uno se la arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una institución caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de la patria. No es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu conveniencia propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año, ¿por qué? Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y es bien natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada para nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.

—Luis —exclamé— ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.