—¡Pues por eso, pues por eso! —vociferó Portal ya fuera de sí—. Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y no prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos como la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué se distingue tu soñado ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a un protector antipático, porque le conviene... porque así gasta y triunfa... Y tu señora tía...

—Cállate, cállate —grité levantándome furioso a mi vez—. Si dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...

—Tú eres quien buscas camorra, retal...

—Recual, a mí no me...

—Bueno, pues anda a freir espárragos...

—Y tú a escardar cebollinos...

Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá fácilmente lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días no le miré a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba algo: la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño amoroso. «Maldito si sabía yo —pensé— que necesitaba tanto a este hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad: un día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme risueño: «¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me abracé a él, lo confieso, con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi vida!» Y él se reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de América después de veinte años de emigración».

Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos más que nunca. «Ya no te llevaré la contraria —advirtió mi amigo con resignación burlona—. Enamórate como un dromedario africano o como Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte. Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se te ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo XIII o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro... Adelante. Caerás del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto. La lucha con lo imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo andan tus amores; abre ese corazoncito.»

—Luis —murmuré con misterio—, yo no sé si me quiere o no me quiere a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su marido.

—En eso demuestra buen gusto.