A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome el distraído, jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión de la cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a apagar sus pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y palpitante; no conseguía que su voz, de notas graves, pastosas y bien timbradas cuando se dirigía a otras personas, no fuese mate y sorda al hablar a su marido. Y aparte de esto, había mil indicios. El más claro, su afán de prolongar la velada. Por su gusto, aquella mujer no se recogería. ¡Ah, qué deliciosa impresión para mí —las pocas veces que logré acompañarla de noche— verla retrasar la hora con mil pretextos, enfrascarse en su labor, alegar que se había puesto tarea, que no se acostaría hasta que la terminase, que tenía aún que escribir dos letras a su padre o a sus amigas de Pontevedra! Estas observaciones no podía yo hacerlas sino la noche de algún sábado; las restantes de la semana tenía que acostarme temprano, por mis clases. Solía ponerme al lado de la chimenea, en el gabinete contiguo a la alcoba, cuyas columnas adornaba un pabellón de felpa y damasco verde musgo, dejando entrever el mueblaje de la odiosa cámara donde diariamente se celebraba el inicuo misterio de la absoluta intimidad de dos seres que ni se querían, ni tal vez se estimaban, ni tenían más punto de contacto que haberles echado a un tiempo la misma estola el fraile moro.
Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el estilo precipitado e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para qué decirlo, y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia. «No sabes la carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa de Candidiña lo envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar hasta que consintió en casarse pero no en público sino de ocultis muy a cencerritos tapados el cura cuando le preguntan lo niega el viejo lo mismo pero yo lo sé por quien lo vió y lo presenció con sus ojos y en Pontevedra corren unas coplas muy indecentes sobre el fenómeno parece las escribió el director de El Teucrense es cosa de risa lo que no logra una chiquilla descarada dice que le regaló mantilla y vestido de seda negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de chochear no sé si la hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que ya se lo escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra me alegro por haberse burlado de nosotros».
Excusado parece decir que apenas pude coger a la tití sola, me apresuré a leerle la rara nueva, no sin grandes preámbulos y trasteos. Lejos de asustarse o de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló satisfacción.
—Dios me ha oído —dijo vivamente—. Dios me premia, Salustio. A la edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera. Por su dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte bien.
—No quiero darte mal rato —respondí— pero, Carmiña, a la edad de tu papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la dignidad misma, casándose con chicuelas de diez y seis años.
—Allá ella y su conciencia —repuso tití—. Probablemente, ahora que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía excusársele alguna informalidad.
—Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo porque lo tiene de condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta tal extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo claro el porvenir.
—Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su oficio la gracia del Sacramento.
—¿Crees tú en la gracia del Sacramento? —pregunté acordándome de Luis y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo contrastaba con mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi tía me estaba pareciendo la esencia de la belleza moral.
—¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba si no creyese. Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su gracia a los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio posible.