—La gracia consiste en quererse, Carmen —murmuré llegándome a ella un poco y clavando mis ojos en los suyos. No deseaba convencerla, bien lo sabe Dios, ni seducirla, sino al contrario, que ella desplegase todas las monerías de su ciencia teológica, y luciese ante mí, como amazona aguerrida, las armas bien templadas con que escudaba su virtud. Pero me salió la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias. Sólo contestó con afabilidad:
—Es natural que pienses así siendo muchacho y teniendo las ideas que tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te desengañarán y juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza.
—Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una palabrita tuya... ¿Dices que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo. Pero al menos no me negarás que para ser felices, por muy santos que me los supongas, los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño?
Carmiña palideció y sus párpados aletearon ligeramente. Me miró severa y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación vedada, y extraño que la toques».
Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por la llegada de mi tío, provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró apresuradamente, mal engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del bolsillo una carta.
—¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque me escribe Castro Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre se ha casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves!
Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin miedo.
—Debe de ser verdad, porque también a Salustio se lo escribe Benigna.
—¡Y me lo dices así... con esa flema! —gritó el marido.
Hay momentos en que se corre la cortina, se sorprende el alma desnuda, y se contemplan sus formas misteriosas, por muy aprisa que las quiera cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe, seca y dura, interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí metidas en cuerpos de aspecto menos judaico.