—¡Me hace gracia cómo lo tomas! —prosiguió desatinado—. ¿No te importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es locura senil, y tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar al lelo. ¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y dar la castaña a los incautos!

Sus ojos despedían chispas; su nariz corva acentuaba la expresión de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez se había inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el tenedor, la servilleta, de encima de la mesa preparada para el almuerzo.

—¡Qué quieres! —respondió con firmeza la esposa, ocupando su sitio como si fuésemos a almorzar pacíficamente—. Mi padre es dueño de sus acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra sus resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo.

—Eres una tonta —exclamó el marido, descomponiéndose por primera vez, dispuesto a echarlo todo a rodar—. A la edad de tu padre, hija mía, ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay es disparates y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de casarse con una muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse, a la vuelta de un mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero. Las mujeres no entendéis de nada, ni sabéis lo que decís. Falta de experiencia y de mundo, que ni lo conocéis, ni tenéis motivo para conocerlo. Por eso la mayor parte de las veces obraríais muy bien en callaros, ¡pateta! Y tu papá —ya que lo quieres oir—, antes de casar a su hija, procedería mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe, aunque se me caen los calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré en contraer segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán dos o tres muchachos que dejarán a mi hija aspergis». Qué bonito, ¿eh? ¡Qué bonito!

Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el anhelar de su pecho y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior indignación y el hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se reprimió, cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi tío sin tomar en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus propias palabras, continuó:

—Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente, diciéndole lo que viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por cara la trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a consentir que tú te trates con esa preciosidad de madrastra?

—En primer lugar —respondió lentamente mi tía, haciendo un esfuerzo—, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo, me trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por qué no he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta bien?

—¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! —exclamó irónicamente mi tío—. ¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de Pontevedra y de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado...

—Pues a mí, eso será lo único que me importe —contestó mi tía con vehemencia, no pudiendo reprimirse ya—. Que no tenga mi padre que avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al fin y al cabo, así ha de ser.

¡Oh dureza empedernida de los hebreos, con cuánta razón te fustigó Cristo! Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la fe, hubiesen conmovido a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y se levantó de la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes.