—Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con estupideces y ñoñerías. ¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora aquel estafermo! ¡Oir defenderle aquí, en mi cara!
Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber adónde se dirigía; llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe cerrarse en su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente». Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a Carmiña, y murmuré con ternura:
—No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no hagas caso.
No me había engañado en mi suposición. Volvió la cabeza, y ví los ojos arrasados, que secó instantáneamente la enérgica voluntad. En voz temblona, me contestó, desviándome un poco:
—Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar a veces. Tiene una tonterías así...
—Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo me costó no saltar. Y tú, ¿cómo resistes...?
—No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi marido y no ha de andar escogiendo las palabras.
—Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que es la santidad, la bondad en persona, se la habla en esta postura... así... ¿ves? —suspiré hincando la rodilla en tierra.
—Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir eso, también —contestó poniéndose en pie resueltamente—. No te agradezco estos consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí... tiempo perdido. ¿Quieres que te diga la verdad? Pues la culpa de esta desazón es mía, mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe, sino dejar que se apaciguase el primer enfado, y después hacerle reflexiones. Al pronto se comprende que le haya molestado el casamiento de papá. Pongámonos en lo justo. Ningún marido se irrita contra una mujer que no le contesta. Por la lengua vienen todas las disensiones matrimoniales. Nuestro papel es callar.
—No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis razón; lo mismo que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que si tu marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú no debes chistar?