—Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué conseguiré? echar leña al fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con suavidad y con cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y entonces sí que me oirá y se convencerá.

No supe qué replicar, pues aun cuando se me ocurrían mil reparos, el criterio de tití me subyugaba enteramente, pareciéndome el único digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al patio, y las espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más lóbrego. Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de un hábito de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso cordón que las ceñía y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la cortina, a cierta altura, me figuré que dibujaban con suma propiedad la cara de un hombre. Era un fenómeno de autosugestión, que evocaba allí, oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con sandunga, la sombra del P. Moreno. «¡Maldito fraile! —dije mentalmente a la cortina—. Te has de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente contrario a la naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta fuerza que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta un límite indefinido. Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo la atisbaré, te lo juro, fraile tontín, que no has probado la única felicidad verdadera de esta vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el cortinaje, con esa intensidad de las personas que miran sin ver y a quienes distrae una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en las arrugas, y que también para ella se destacaba allí, callada pero elocuente en su actitud, la figura del fraile...

¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos camarines de aquel cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en ellos estaba escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir nada al exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo a entrar, serena y dueña de sí.


XXII

¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría, de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades, tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la verdad suprema.

Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo recibido cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin ton ni son ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas las cosas; y entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a butacas del Real para ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada de antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el divino arte. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos de chiquitas y nos encajamos la levita —el fondo del baúl— esperando que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino, y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo; pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos, entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido y acurracado, se divertía en decirle sotto voce que doña Cristina le flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel hacía señas a la infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan desconocido como fascinador.

Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un acceso de epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual, por espacio de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y de Donizetti a Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo y español. Trinito, en su exaltación o con la implacabilidad de su retentiva música, no nos dejaba vivir.

—¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el largo assai de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado enterito el allegretto de la introducción del Don Juan! Toma... eso es de la Flauta encantada: quince compases lo menos hay igualitos, calcados al pie de la letra... ¡Este maestoso está en El barco fantasma o en Parsifal!...

—O en las Habas verdes —añadía Portal con sorna.