—No, pues no reirse, que hay algo de Habas verdes, o cosa parecida: porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela... Ahora saltamos a la sinfonía en ut menor del sordo sublime... Camaraditas, estoy indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los caminos con trabuco...

Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un crescendo no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no sé lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle». Admirados de aquel arrechucho, no menos sorprendente en el dulce y manso cubano que en un canario o un cordero, nos resignamos a salir antes que nadie, y echamos, por el salón de descanso, hacia la puerta.

Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora de la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto, pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta para reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un pinchazo.

—Taparse la boca, señores —advirtió el práctico Luis—. Vamos a pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas aturdido.

Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la oportunidad de registrar el arca.

—Creo que ya la he pescado —murmuré con alguna inquietud.

—No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda, verás qué calentito y qué bueno —dijeron mis compañeros, a tiempo que salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba a triturar al compositor, o mejor dicho, al rata cogido infraganti visitándole a Wagner la faltriquera.

Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable fatiga y desaliento, con esa especie de marasmo que precede a los graves desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara y me rogó que me acostase, regañándome suavemente por las horas imposibles a que me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía tan rendido, que como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo me quería bien. Al retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:

—¿Irás a verme?

—¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado. Locuras que habrás hecho.