Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar, a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras, gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista... Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es que por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión, de la constricción de mis bronquios y pulmones, revoloteaba una sensación encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios, me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte, inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico medicamento:

—Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser muy dichoso!

Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:

—Aunque me muera.

FIN

La segunda parte de esta obra se titula:

LA PRUEBA


Nota de transcripción