«Testigos del primer movimiento de la cultura eúskara en las vías de civilización propiamente española—escribe Amador de los Ríos—habían sido las construcciones románicas, de entre cuyas ruinas hemos visto brotar inequívocos, aunque ya débiles reflejos, del arte latino bizantino.
»Intérpretes de aquella más amplia y duradera alianza debían ser, y lo fueron realmente por tres centurias, los monumentos del estilo ojival, que se levantaban a la sazón con el imperio de las artes y que empezaban a enaltecer las antiguas ciudades de la Iberia central, con maravillas tales como las iglesias metropolitanas de Burgos y Toledo.
»Y, cosa muy digna en verdad de tenerse en cuenta, tratándose de las artes españolas, mientras en el transcurso de las tres indicadas centurias impone el arte ojival, en sus distintos desarrollos, su no dudoso sello, su fórmula, así a las construcciones religiosas como a las civiles y militares que se alzan en el estado vascongado, ni en uno solo de aquellos templos, castillos y casas señoriales, por más que apunte alguna vez en las últimas, domina la influencia del estilo mudéjar, que, arraigando en Toledo, Zaragoza, Córdoba, Valencia y Sevilla, se generalizaba en toda España, con tal eficacia y predominio, que constituía una verdadera manifestación de arte, trascendiendo a todas las esferas de la industria.
»No existen, en efecto, en las ciudades, villas, pueblos y anteiglesias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, templos como la iglesia parroquial de Santiago, en Toledo, o la basílica de la Seo, en Zaragoza; fortalezas y torres como las de Cervantes, San Román y Santo Tomé, en la ciudad de Wamba, o las de Santa Catalina, San Marcos, San Miguel y San Nicolás, en Córdoba; alcázares como el de D. Pedro I, en Sevilla; el de los Ayala, en Toledo; el de los Mendoza, en Guadalajara, o el de Segovia, en que pareció apurar sus riquezas aquel maravilloso estilo arquitectónico.
»En cambio pueden reconocerse sin fatiga en las tres provincias hermanas los pasos del arte ojival, mal llamado gótico, en no escasas construcciones y monumentos secundarios, pertenecientes a sus tres principales edades, no sin que preponderen los que representan el crecimiento de la monarquía española bajo el glorioso cetro de los Reyes Católicos.
»Ni es de desdeñar, en orden a los monumentos ojivales del territorio vasco, el que, así como los de las regiones colindantes de Aragón y Castilla se hermanan estrechamente con los erigidos en estas comarcas, pronúnciase, sobre todo en los que visiblemente pertenecen al último período y existen en la zona más inmediata al Pirineo, cierta influencia ultramontana, merecedora, en verdad, de atento estudio.
»Algo de esto nos dicen también las construcciones del Renacimiento, no faltándonos, por cierto, respecto de algunas, el testimonio histórico que acredite y esclarezca esta enseñanza, deducida inmediatamente de las observaciones arqueológicas.
»Pero el conjunto general de aquellas fábricas arquitectónicas, aun en lo que tienen de derivado de ciertas reacciones operadas en las esferas del gusto, en días más cercanos a los nuestros se consocia y aun hermana con el aspecto universal de las varias manifestaciones artísticas que la España central ofrece en los mismos períodos; y en esta relación trascendental no es dudoso que si la proximidad de Francia, pueblo de no insignificante iniciativa en todas las esferas de la actividad humana, influye alguna vez en el proceso de la cultura vascongada, refléjase en ella más viva y directamente y con más constante perseverancia la idea de la civilización propiamente española.»
En la historia monumental y artística de Álava no existen, por lo tanto, en maneras bien definidas, puras y per se, las huellas visigodas del arte latino-bizantino, ni tampoco las huellas árabes del mudéjar. Si algún vestigio del latino-bizantino aparece en ciertos relieves del pórtico de Armentia, aparece mezclado y domeñado por el románico español. Si algún labrado mudéjar se distingue en ciertas casas señoriales de Vitoria, se distingue con gran trabajo entre las floraciones ojivales del edificio. Ni el árabe, ni el godo han logrado más que el romano. A las tres civilizaciones opuso Álava igualmente su independencia montaraz. De ninguna de las tres guarda más que reliquias transportables, como aquellas «piedras viajeras» de que habla Plinio el viejo.
A cuatro épocas arqueológicas reducimos la historia de Álava: la Época Románica, que, según el Sr. Apraiz, podríamos llamar «indígena»; la Época Ojival, que al decir de Amador de los Ríos, «por carecer de un templo de primer orden, careció del primer elemento educador y dejó en bárbara libertad a los retocadores, reconstructores y profanadores»; la Época del Renacimiento, donde junto a los templos y colegiatas aparecen ya, decorados y exornados con las galas maravillosas del plateresco, ciertos palacios señoriales, y la Época Moderna, que aun cuando bastardeada por la servidumbre a que la utilidad ha sometido a la belleza, se purifica de estas culpas de leso arte con la grandiosa Catedral nueva de Vitoria, en construcción tan avanzada ya, que al cabo de unos pocos años alzará sus agujas y rosetones ojivales, maravillando a España y al mundo.