Esta observación dice que bastantes templos románicos fueron reconstruídos y exornados, al andar del tiempo, conforme al arte singular, gallardo y elegante de la ojiva. Muchas bóvedas y portadas fueron sustituyendo fenestras y muros; muchas iglesias que aun guardaban las reliquias estatuarias de su vieja construcción románica alzaron la gallarda nave ojival. Casi todos los monumentos románicos del siglo XIII fueron—dice el citado arqueólogo—«dolorosamente adulterados».
«La falta de un templo ojival de primer orden—continúa—que, como en Burgos y León, Valencia y Barcelona, Toledo y Sevilla, cimentara y tuviera siempre despiertos entre aquellos naturales en una gran metrópoli el respeto y la admiración que infunden sin cesar en el ánimo aquellas sublimes construcciones, las más adecuadas y aptas para interpretar la creciente exaltación del sentimiento religioso, fué, sin duda, no pequeña causa de que, cediendo más de lo justo al espíritu de la novedad, apenas respetaran las siguientes edades los monumentos debidos, durante el indicado siglo XIII, ya a la iniciativa de Reyes tan ilustres como un Fernando el Santo y un Alfonso X, ya al noble anhelo de imitarlos mostrado por muy egregios magnates y valiosas ricas-hembras, ya al celo paternal de muy insignes prelados.»
Explica en gran manera esta falta de un elemento educador de tal estima en el suelo eúskaro, más que en otra comarca, cómo porque no han podido triunfar, no ya de las necesidades sucesivas de los institutos religiosos, que pudieron a veces demandar satisfacción legítima, pero ni aun de los meros caprichos de los hombres y del tiempo, aquellas construcciones que, a ser respetadas de lleno, nos harían hoy leer en sus venerables muros, como en otros tantos libros sagrados, cuanto hicieron el arte y la cultura de la España central en beneficio del país vascongado bajo los gloriosos auspicios de los conquistadores de Córdoba y Sevilla, de Murcia y de Cádiz.
No escasearon por cierto, dada la influencia característica de la población vascongada, los edificios pertenecientes a la primera época; entre los que llevan en las historias locales la fecha referida, sería notable injusticia olvidar los templos de Santa Clara (1232) Santo Domingo (1235) y San Francisco (1248), construcciones erigidas en la creciente villa de Vitoria durante el reinado del Rey santo, y que han guardado hasta nuestros días algunos miembros arquitectónicos, tales como las bóvedas y las portadas, el noble sello de aquel arte juvenil y grandioso que disputaba el dominio del mundo religioso al ya vencido estilo románico.
Tampoco fuera loable el pasar por alto en esta enumeración, que tanto dificultan las expresadas causas, las iglesias parroquiales de Santa María de Suso y de San Ildefonso, en la dicha villa de Vitoria, con otras de Vizcaya y Guipúzcoa, que ora llamaron en torno suyo, como las basílicas románicas, la derramada población de los valles, ora se vieron desdichadamente abandonadas o trocadas en solitarias ermitas, y siempre sujetas a la dura mano del infortunio.
Entre estas construcciones, que forman todavía el mayor grupo de las que guardan el inequívoco sello del siglo XIII, merece especial mención la iglesia de Santa María de Tolosa, antiguo asiento del arciprestazgo mayor de Guipúzcoa, y tan infelizmente tratada, que movía, al comenzar el siglo XIX, a los redactores del Diccionario geográfico-histórico a manifestar que su construcción, «aunque suntuosísima en su género, ni bien era gótica, ni bien regular», entendiéndose aquí por gótico lo ojival o apuntado, error común de que todavía no se ven libres los mismos escritores de Bellas Artes.
El siglo XIII, pues, parte en Álava sus esfuerzos arqueológicos dedicando su mitad primera a cimentar y perfeccionar el arte románico que le entregara niño el siglo anterior, y su mitad segunda a preparar el desarrollo natural e inevitable que iba a ostentar la ojiva durante todo el siglo XIV.
En medio de las inconcebibles adulteraciones ya señaladas, muchos templos reproducían los rasgos más característicos de este admirable estilo ojival. Cierta severa grandeza y virilidad, que se reflejaban y traducían igualmente en la proporción y el movimiento de las líneas generales; cierta sobriedad no exenta de riqueza, que dejaba campear libremente las grandes masas, sin el embarazo de ornamentos inútiles; cierta noble rudeza de ejecución, que, sometida vigorosamente a la supremacía de la idea, no deja aún entrever síntoma alguno de vacilación.
«A la décimacuarta centuria cabía, lo mismo en la Península Ibérica que en los demás pueblos meridionales de Europa—nos dice Amador de los Ríos,—el empeño de proseguir y llevar a su mayor grandeza aquella revolución artística que iba a transformar el aspecto de las antiguas ciudades.
»Y mientras las incipientes poblaciones de las tres provincias hermanas, lejos de repugnar el tributo de sus creaciones en el orden civil, se acaudalaron de notables casas fuertes y palacios que ostentaban el sello de aquel varonil estilo, enriqueciéndose también de muy notables templos de nueva planta, o veían llegar a su término los comenzados en la última mitad del siglo XIII.