»Era así como las futuras ciudades de Vitoria y Orduña lograban contemplar acabadas las obras de las antiguas iglesias que, bajo la devoción de Santa María, se habían levantado en sus primitivos recintos, acostadas a los muros de su defensa militar, no sin que las esperasen en lo porvenir otras transformaciones o aditamentos; como la de San Vicente Mártir, de Arriaga, trocaba sus modestas galas románicas, de que guarda aún notables ejemplos, por las bóvedas y arcos de la ojiva; como la parroquia de San Pedro, edificada en la villa de Inso, se transformaba por completo, bien que guardando algunos vestigios de su primitiva fábrica, hasta competir con Santa María de Suso en grandeza, venciéndola, sin duda, en la severidad de sus líneas.»

Largo catálogo de iglesias parroquiales, monasterios, conventos, colegiatas y abadías de estilo ojival, debe España al reinado de sus Monarcas predilectos, los Reyes Católicos, y algunas de estas fábricas bellísimas, ya rehechas sobre antiguas construcciones románicas, ya de nueva planta construídas, conserva la provincia de Álava, señalándose entre las primeras el lujoso y elegante pórtico de Santa María de Suso, y entre las segundas, la rica, espaciosa y señoril iglesia de San Miguel, ambas en Vitoria.

Podríamos, por consiguiente, resumir la época ojival de Álava en forma semejante a la que empleamos al hacer el resumen de la románica, esto es, señalando el gran número de templos románicos que fueron exornados con decoraciones ojivales y las contadas fábricas de estilo que se alzaron de nueva planta, juntamente con la carencia—ya anotada por Amador de los Ríos—de un templo ojival de primer orden.

ÉPOCA DEL RENACIMIENTO

Sabido es que el Renacimiento llegó a España con los claros e ilustres varones de la fastuosa Corte de Carlos V.

Aquellas insignes pléyades de poetas, pintores y escultores que habían redactado en Italia el grandioso Corpus artis del Renacimiento, y que tienen su más gallarda crónica contemporánea en El Cortesano, de Baltasar de Castiglione, traducido por Boscán y prologado por Garcilaso de la Vega, introdujo en la Corte de Toledo los gustos, las maneras, la indumentaria, la poesía, la pintura, la arquitectura, todo el espíritu gallardo, altivo, elegante, delicado y prócer de la estética que Leonardo había formulado con la divisa del león milanés: «Gracia y fuerza.»

El testimonio, tan repetidamente invocado del Sr. Amador de los Ríos, nos releva con su prestigio y ciencia de todo comentario sobre el particular. El notable y escrupuloso arqueólogo enjuicia esta época del Renacimiento en Álava del modo siguiente: «Con el desarrollo postrero del estilo, sin duda más vario y fastuoso, aunque el menos razonado, del arte ojival, enlazábanse, entretanto, la aparición y el crecimiento de otro arte que, así en la Península Ibérica como en las demás naciones occidentales, buscando la fuente de su inspiración en la antigüedad clásica, venía a realizar en las esferas arquitectónicas la ambicionada obra del Renacimiento.