»Y no eran, por cierto, las tres provincias hermanas, que rechazaron en otras edades, cual vitando y peligroso, cuanto parecía respirar influencias extrañas, las últimas comarcas españolas que recibían como buenas las aplaudidas conquistas de Bruneschelli. Desde los primeros años del siglo XVI empezaron ya a iniciarse de un modo evidente aquellas vigorosas y deslumbradoras influencias que iban a interpretar en los valles del Pirineo el favor y ascendiente alcanzado en la corte del emperador Carlos V y sostenidos en la de su hijo D. Felipe por muy ilustres varones alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos.
»Significábase este hecho, altamente expresivo en la historia de la cultura vascongada, ya en la reconstrucción de antiguos templos y basílicas, cual sucedía por los años de 1510 a 1519 en Arrazola y Begoña, con las de San Miguel y Santa María, ya en la fundación de nuevas parroquias, como la de Santa María, en Ulibarri, la de San Miguel, en Izpazter (1519), la de San Juan Bautista, en Lejona, y la de Santa María, en Mañaria, ya en la erección de capillas adheridas a los antiguos templos, o en la construcción de nuevos coros, novedades de que daban razón casi todas las grandes iglesias del país eúskaro.
»Al lado de estas producciones, que guardan todavía alguna parte de su riqueza, alzábanse también otras más sobrias y severas que, esclavas de la majestad de la línea, representaban en el territorio vasco a los imitadores de Miguel Ángel, de que se hacían en la España central denodados intérpretes los Toledos y los Herreras, y para muestra de estas construcciones en Álava, bastáranos citar la «Casa de Misericordia», de Vitoria, fábrica de grandioso trazado y enriquecida de colosales estatuas, empezada por los años de 1590 y llevada a cabo, aunque no por completo, en 1653.
»Seguía, pues, paso a paso la cultura de las provincias vascongadas, reflejada en los monumentos arquitectónicos, el movimiento de la civilización española, puesta siempre en contacto con la de las demás naciones occidentales; pero esta conformidad no se mostraba sólo en las ya indicadas edades, que habían determinado el desarrollo y florecimiento del ingenio español, merced al sucesivo engrandecimiento del Estado, sino que aparecía y aun se acentuaba con mayor fuerza en la época de triste decadencia que se inauguraba al cerrarse la segunda mitad del siglo XVII.
»Primero, con el extravío y amaneramiento incalificable que sucede a la un tanto excesiva libertad del plateresco; después, con el frío y sistemático compaseo de las cartillas viñolescas, que llegan a reducir las creaciones de la arquitectura a meras fórmulas algebraicas, veía aquel pueblo, tan apasionado un día de su libertad y de su independencia, sin protesta y tal vez no sin aplauso, afeadas y casi del todo desnaturalizadas sus antiguas basílicas románicas, sus templos ojivales y aun sus construcciones del Renacimiento.
»La sustitución extraordinaria de portadas, calcadas sobre un mismo e infelicísimo patrón; la construcción de torres o campanarios de costosos mármoles, pero sin proporción ni elegancia alguna, y vaciados todos en una misma turquesa; el blanqueo o enjalbegamiento universal del interior de los templos, precedido las más de las veces de la impía destrucción de los ornatos que antes los enriquecían, infundiendo monótona cuanto dolorosa fisonomía a las obras de arte debidas a los siglos precedentes, revelaban con muda elocuencia que, aherrojadas al carro de un nepotismo centralizador, sufrían las provincias hermanas, a pesar de la decantada égida de sus fueros, la misma suerte que las restantes de la infeliz España.»
¿Qué podríamos añadir a tan escrupuloso, sabio y sagaz juicio sobre el carácter y la historia de los monumentos alaveses, desde los primitivos románicos hasta los de final del siglo XVII?
Lo que sólo nos resta, en la ojeada preliminar que escribimos, es anotar algunas consideraciones sobre los monumentos posteriores al Renacimiento, estudiando los que se deben a la Época Moderna, que no trató en su estudio el Sr. Amador de los Ríos, tal vez por estimarlos insignificantes, y que acaso merecerían el olvido a no haberse iniciado, muchos años después de la muerte del gran arqueólogo, esa grandiosa y admirable fábrica, verdaderamente monumental y artística, de la nueva Catedral de Vitoria, cuya primera piedra se bendijo solemnemente a 4 de agosto de 1907, y cuyas obras, que llevan invertidas a la fecha siete millones de pesetas y han de invertir aún otros tantos, quedarán terminadas dentro de pocos años, para mayor honra de la ciudad, de la provincia, de España entera y del arte ojival florido, que tendrá en la Catedral nueva de Vitoria uno, si no el mejor, de sus grandiosos monumentos.