ÉPOCA MODERNA
El paréntesis de fatiga y de tosquedad que en el orden artístico se inicia a la segunda mitad del siglo XVII, mantiénese durante el XVIII y el XIX con el abominable gusto de las decadencias.
Desde que los artífices platerescos abandonan sus andamiajes y buriles, la Arquitectura es el desorden o la arbitrariedad. Sus dos musas—el paganismo clásico y el cristianismo medioeval—vuelan hacia el Olimpo, huyendo la tierra. Y la tierra, huérfana de gracias, pasa a ser feudo de la extravagancia o del mal gusto, del churriguerismo y del barroquismo, del pseudoclasicismo que levanta pórticos jónicos ante una casa con persianas, o del llamado estilo grecorromano, el más vitando de los hibridismos arquitectónicos.
Las agudas observaciones de Bayard sobre la personalidad de los estilos son de una exactitud absoluta. Cada estilo tiene una cara, porque cada estilo tiene su alma diferente.
El espíritu religioso, que joven y viril venció a la Reforma, no ha renovado los estilos porque no ha renovado los ideales. El siglo XVII muere entre las carcajadas de Voltaire; el XVIII, entre los aullidos del Terror. Y cuando el siglo XIX, recién nacido, intenta reaccionar contra la Enciclopedia, las huestes de Napoleón, entrando en Álava, renuevan ferozmente los ciclos bélicos.
Tras la expulsión de los franceses, el país queda fatigado, como cataléptico; pero bien pronto liberales y serviles inician con Fernando VII la guerra civil que, durante otro medio siglo, ha de arrasar el territorio en aquella contienda de horror y sangre entre el ros liberal y las boinas del Pretendiente.
La arquitectura de la fe está ociosa en tan largo tiempo. Solamente como una consecuencia y como un símbolo, en los fragores de la Independencia y de las guerras carlistas, se insinúa la arquitectura civil, testimoniando con sus hospitales, cárceles, asilos, cuarteles, teatros, plazas de toros y palacios de la Diputación y de los Municipios la realidad del arte social, «arte que es para todos menos para el arte», según escribió a Ruskin su amigo y protegido Dante Gabriel Rosetti.
Entre las construcciones de esta época, tan varias, tan desordenadas y tan poco elegantes, en general, destacan el Hospital de Santiago, con su capilla ojival moderna; la plaza Nueva y el Ayuntamiento, de un estilo grecorromano acentuadísimo; el Palacio de la Diputación, de sencillez, más que severa, adusta; la Cárcel celular, primera que se construyó en España; el Monasterio de la Visitación, que reproduce en su fachada los ojivales del siglo XIV; el Palacio episcopal, de un deplorable gusto moderno; el Teatro, con bonita fachada de orden jónico, y algunos, pocos, edificios más, todos ellos alzados en la capital, Vitoria.
La Plaza de toros, el Matadero, los cuarteles de Artillería y de Caballería, no ofrecen más particular monumental y artístico que el de su arte, absolutamente societario, en donde la belleza es mandataria de la utilidad.