¿Por qué las sensaciones? Porque unas horas antes intentábamos respirar en el irrespirable ambiente de Madrid, y horas después, en pleno monte, bajo la libertad de un cielo altísimo y entre robles, hayas y maleza, pudimos olvidar el Congreso por la Horaciana y la conversación de los políticos por las estrofas de García del Castañar.

Desde la altura en que se asienta el templo, al sol poniente del otoño, el campo se extendía, verde y fértil, en inmensas llanuras plácidas. Los expedicionarios, todos a nuestro modo artistas, hubimos de gustar «el divino silencio del paisaje», sintiendo el alma de las arboledas, como Rousseau o como Amiel.

El llanete, como atalaya, domina la campiña de Vitoria, pintorescamente sembrada de aldeas, pueblos, villas, bosques, alquerías, maizales, huertos.... No recordamos de un paisaje igual o parecido, a no ser el que se divisa desde las torres del Generalife en la histórica vega granadina.

LOS JUICIOS DE DIOS.

Largo rato permanecimos gustando las bellezas del panorama, y bien pronto surgió la evocación, animándolo y como resucitándolo. Fue allí, en aquel mismo carrete, delante de la airosa fábrica cuya portada es vieja, de diez siglos, donde se celebraban «los juicios de Dios».

Precisamente el día 1.º de mayo, de sol á sol, el Justicia y cofrades de Arriaga presidían la patriarcal ceremonia.

«Aquel día—nos dice el Sr. Carreras Candi—las campanas de Estíbaliz no sonaban como en señal de luto. Los que acudían al «juicio de Dios» iban acompañados de sus amigos y parientes, atravesando los caminos diligentemente, a fin de estar en el santuario al amanecer.

»A esa hora el abad de Estíbaliz, que ya estaba en la puerta de la basílica, saludaba a los que venían a presidir:

»—Dios guarde al Justicia mayor y cofrades del campo de Arriaga.

»Los que llegaban respondían: