»—Dios guarde al señor abad de Estíbaliz.
»Unos y otros, los cofrades como el abad, tomaban asiento en un banco de piedra situado al final de una explanada frente a la puerta del templo, y el Justicia mayor decía:
»—Pueden llegar a mí los agraviados.
»Los querellantes se acercaban a decirles quién o quiénes les habían ofendido y las razones que tenían para batirse. El tribunal examinaba las armas para ver si eran o no de las admitidas por la ley. Luego, el abad, dirigiéndose a la congregada multitud, decía:
»—En nombre de nuestra santa religión, yo os requiero que penetréis en la iglesia.
»Entraban todos y comenzaba la misa. Una vez terminada, el abad exhortaba varias veces a los rivales para que se reconciliasen, y si no lo lograba, salían todos del templo, cuyas puertas cerrábanse, quedando dentro solamente el abad.
»La lucha se efectuaba entonces peleando los contendientes hasta que el tribunal la daba por concluída.