Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro propone la cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar pronto a contestar a tal examinador y a tal profesión.

—Dí buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?

Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales palabras; después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido ademán para que dejara brotar el agua de mi fuente interior.

La gracia divina que me permite confesarme con tan alto primipilo—exclamé,—haga claros y expresivos mis conceptos.

Después continué:

—Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido hermano,[178] que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia.

Entonces oí:

—Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las substancias, y no entre los argumentos.

A lo cual contesté:

—Las profundas cosas que aquí se me manifiestan claras y patentes están tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra luz; por eso toma el nombre de argumento.