Entonces oí:

—Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.

Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después añadió:

—Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero dime si la tienes en tu bolsa.

Le respondí:

—Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su cuño.

En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí resplandecía:

—Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te proviene?

—La abundante lluvia del Espíritu Santo—le contesté—, que está esparcida sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece obtusa toda otra demostración.

Después oí: