Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón, que aún se ve honrado en las orillas del Támesis.[11]

Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el foso.

—Quiero que creas—me dijo el Centauro—que así como ves disminuir la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está condenada a gemir. Allí es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fué su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los caminos.

Dicho esto, se volvió y repasó el vado.


CANTO DECIMOTERCIO