A mi vez lo dije:
—¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
—Aquí los encontré—respondióme—, cuando bajé a este abismo; y desde entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya: por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como un tambor. Maese Adam le dió a su vez en el rostro con su puño, que no parecía menos duro, diciéndole:
—Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
—Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto; pero lo tenías mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
—Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron a que dijeses la verdad.
—Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño—dijo Sinón—; y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más que ninguno otro demonio.