—Acuérdate, perjuro, del caballo—replicó aquel que tenía el vientre hinchado—; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito.

—Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua—contestó el Griego—, y el agua podrida que eleva tu vientre como una barrera ante tus ojos.

Entonces el monedero replicó:

—También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza; no te harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.

Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:

—Sigue, sigue contemplándolos aún; que poco me falta para reírme de ti.

Cuando le oí hablarme con ira, me volví hacia él tan abochornado, que aún conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente que sea sueño lo que ya lo es, así estaba yo, sin poder proferir una palabra, por más que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no creía hacerlo así.

—Con menos vergüenza habría bastante para borrar una falta mayor que la tuya—me dijo el Maestro—: consuélate; y si acaso vuelve a suceder que te reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que estoy siempre a tu lado; porque querer oír eso es querer una bajeza.