Duró este seguimiento hasta el anochecer, que pareció al marqués poco necesario quedar allí, y mucho proveer á la guarda y seguridad de la ciudad; temeroso que juntándose los moriscos del Albaicin con los de la Vega, la acometerian sola de gente y desarmada. Tornó una hora antes de media noche; y sin perder tiempo comenzó á prevenir y llamar la gente que pudo, sin dineros, y que estaba mas cerca; los que por servir al rey, los que por su seguridad, por amistad del marqués, memoria del padre y abuelo, cuya fama era grande en aquel reino, por esperanza de ganar, por el ruido ó vanidad de la guerra, quisieron juntarse. Hizo llamamientos generales pidiendo gente á las ciudades y señores de la Andalucía, á cada uno conforme á la obligacion antigua y usanza de los concejos, que era venir la gente á su costa el tiempo que duraba la comida que podia traer á los hombros (talegas las llamaban los pasados, y nosotros ahora mochilas). Contábase para una semana; mas acabada servian tres meses pagados por sus pueblos enteramente, y seis meses adelante pagaban los pueblos la mitad, y otra mitad el rey: tornaban estos á sus casas, venian otros; manera de levantarse gente dañosa para la guerra y para ella, porque siempre era nueva. Esta obligacion tenian como pobladores por razon del sueldo que el rey les repartia por heredades, cuando se ganaba algun lugar de los enemigos. Llamó tambien á soldados particulares aunque ocupados en otras partes; á los que vivian al sueldo del rey, á los que olvidadas ó colgadas las esperanzas y armas reposaban en sus casas. Proveyó de armas y de vituallas; envió espías por todas partes á calar el motivo de los enemigos; avisó y pidió dinero al rey, para resistillos y asegurar la ciudad. Mas en ella era el miedo mayor que la causa: cualquier sospecha daba desasosiego, y ponia los vecinos en arma; discurrir á diversas partes, de ahí volver á casa; medir el peligro cada uno con su temor, trocados de continua paz en continua alteracion, tristeza, turbacion, y priesa; no fiar de persona ni de lugar; las mujeres á unas y á otras partes preguntar, visitar templos: muchas de las principales se acogieron á la Alhambra, otras con sus familias salieron por mayor seguridad á lugares de la comarca. Estaban las casas yermas y las tiendas cerradas; suspenso el trato; mudadas las horas de oficios divinos y humanos; atentos los religiosos y ocupados en oraciones y plegarias, como se suele en tiempo y punto de grandes peligros. Llegó en las primeras la gente de las villas sujetas á Granada, la de Alcalá y Loja: envió el marqués una compañía que sacase los cristianos viejos que estaban en Restaval, cierto que el primer acometimiento seria contra ellos: en Durcal puso dos compañías, porque los enemigos no pasasen á Granada sin quedar guarnicion de gente á las espaldas; y á D. Diego de Quesada con una compañía de infantería y otra de caballos en guarda de la puente de Tablate, paso derecho de la Alpujarra á Granada. El presidente aliviado ya del peligro presente, comenzó á pensar con mas libertad en el servicio del rey, ó en la emulacion contra el marqués de Mondejar: escribió á D. Luis Fajardo, marqués de Velez, que era adelantado del reino de Murcia y capitan general en la provincia de Cartagena (ciudad nombrada mas por la seguridad del puerto y por la destruicion que en ella hizo Scipion el Africano, que por la grandeza ó suntuosidad del edificio), animándole á juntar gente de aquellas provincias y de sus deudos y amigos, y entrar en el rio de Almería; donde haria servicio al rey, socorreria aquella ciudad que de mar y tierra estaba en peligro, y aprovecharia á la gente con las riquezas de los enemigos. Era el marqués tenido por diligente y animoso; y entre él y el marqués de Mondejar hubo siempre diferencias y alongamiento de voluntad, traido dende los padres y abuelos. El de Velez sirvió al emperador en las empresas de Túnez y Provenza, el de Mondejar en la de Argel; ambos tenian noticia de la tierra donde cada uno de ellos servia. Comenzó el de Velez á ponerse en órden, á juntar gente, parte á sueldo de su hacienda, parte de amigos.
Entre tanto el nuevo electo rey de Granada, en cuanto le duró la esperanza que el Albaicin y la Vega habian de hacer movimiento, estuvo quedo; mas como vió tan sosegada la gente, y las voluntades con tan poca demostracion, salió solo camino de la Alpujarra: encontráronle á la salida de Lanjaron, á pie, el caballo del diestro; pero siendo avisado que no pasase adelante, porque la tierra estaba alborotada, subió en su caballo, y con mas priesa tomó el camino de Valor. Habian los moriscos levantados hecho de sí dos partes; una llevó el camino de Orgiba, lugar del duque de Sesa (que fue de su abuelo el Gran Capitan) entre Granada y la entrada de la Alpujarra, al levante tierra de Almería, al poniente la de Salobreña y Almuñecar, al norte la misma Granada, al mediodia la mar con muchas calas donde se podian acoger navíos grandes. Sobre esta villa como mas importante se pusieron dos mil hombres repartidos en veinte banderas: las cabezas eran el alcaide de Mecina y el corcení de Motril. Fueron los cristianos viejos avisados, que serian como ciento y sesenta personas, hombres, mujeres y niños: recogiólos en la torre de Gaspar de Saravia, que estaba por el duque. Mas los moros comenzaron á combatirla; pusieron arcabucería en la torre de la iglesia, que los cristianos saltando fuera echaron de ella: llegáronse á picar la muralla con una manta, la cual les desbarataron echando piedras y quemándola con aceite y fuego; quisieron quemar las puertas, pero halláronlas ciegas con tierra y piedra. Amonestábalos á menudo un almuedano desde la iglesia con gran voz, que se rindiesen á su rey Aben Humeya. (Dicen almuedano al hombre que á voces los convoca á oracion; porque en su ley se les prohibe el uso de las campanas.) Llamaron á un vicario de Poqueira, hombre entre unos y los otros de autoridad y crédito, para que los persuadiese á entregarse; certificándoles que Granada y el Alhambra estaban ya en poder de los moros: prometian la vida y libertad al que se rindiese, y al que se tornase moro la hacienda y otros bienes para él y sus sucesores: tales eran los sermones que les hacian. La otra banda de gente caminó derecho á Granada á hacer espaldas á Farax Aben Farax y á los que enviaron, y á recibir al que ellos llamaban rey, á quien encontraron cerca de Lanjaron, y pasaron con él adelante hasta Durcal. Pero entendiendo que el marqués habia dejado puesta guarnicion en él, volvieron á Valor el alto, y de allí á un barrio que llaman Laujar en el medio de la Alpujarra; adonde con la misma solemnidad que en Granada, le alzaron en hombros y le eligieron por su rey. Allí acabó de repartir los oficios, alcaidías, alguacilazgos por comarcas (á que ellos llaman en su lengua tahas), y por valles, y declaró por capitan general á su tio Aben Jauhar que llamaban D. Fernando el zaguer, y por su alguacil mayor á Farax Aben Farax: (alguacil dicen ellos al primer oficio despues de la persona del rey, que tiene libre poder en la vida y muerte de los hombres sin consultarlo). Vistiéronle de púrpura; pusiéronle casa como á los reyes de Granada, segun que lo oyeron á sus pasados. Tomó tres mujeres; una con quien él tenia conversacion y la trujo consigo, otra del rio de Almanzora, y otra de Tavernas; porque con el deudo tuviese aquella provincia mas obligada, sin otra con quien él primero fue casado, hija de uno que llamaban Rojas. Mas dende á pocos dias mandó matar al suegro y dos cuñados, porque no quisieron tomar su ley: dejó la mujer, perdonó la suegra, porque la habia parido, y quiso gracias por ello como piadoso. Comenzaron por el Alpujarra, rio de Almería, Bolodui, y otras partes á perseguir á los cristianos viejos, profanar y quemar las iglesias con el sacramento, martirizar religiosos y cristianos, que, ó por ser contrarios á su ley, ó por haberlos dotrinado en la nuestra, ó por haberlos ofendido, les eran odiosos. En Guecija, lugar del rio de Almería, quemaron por voto un convento de frailes agustinos, que se recogieron á la torre, echándoles por un horado de lo alto aceite hirviendo: sirviéndose de la abundancia que Dios les dió en aquella tierra, para ahogar sus frailes. Inventaban nuevos géneros de tormentos: al cura de Mairena hincheron de pólvora y pusiéronle fuego; al vicario enterraron vivo hasta la cinta, y jugáronle á las saetadas; á otros lo mismo, dejándolos morir de hambre. Cortaron á otros miembros, y entregáronlos á las mujeres, que con agujas los matasen: á quien apedrearon, á quien acañaverearon, desollaron, despeñaron; y á los hijos de Arze, alcaide de la Peza, uno degollaron, y otro crucificaron, azotándole, y hiriéndole en el costado primero que muriese. Sufriólo el mozo, y mostró contentarse de la muerte conforme á la de nuestro Redentor, aunque en la vida fue todo al contrario; y murió confortando al hermano que descabezaron. Estas crueldades hicieron los ofendidos por vengarse; los monfíes por costumbre convertida en naturaleza. Las cabezas, ó las persuadian, ó las consentian: los justificados las miraban y loaban, por tener al pueblo mas culpado, mas obligado, mas desconfiado, y sin esperanzas de perdon: permitíalo el nuevo rey, y á veces lo mandaba. Fue gran testimonio de nuestra fe, y de compararse con la del tiempo de los apóstoles, que en tanto número de gente como murió á manos de infieles, ninguno hubo (aunque todos ó los mas fuesen requiridos y persuadidos con seguridad, autoridad y riquezas, y amenazados y puestas las amenazas en obra) que quisiese renegar; antes con humildad y paciencia cristiana las madres confortaban á los hijos, los niños á las madres, los sacerdotes al pueblo, y los mas distraidos se ofrecian con mas voluntad al martirio. Duró esta persecucion cuanto el calor de la rebelion y la furia de las venganzas; resistiendo Aben Jauhar y otros tan blandamente, que encendian mas lo uno y lo otro. Mas el rey, porque no pareciese que tantas crueldades se hacian con su autoridad, mandó pregonar que ninguno matase niño de diez años abajo, ni mujer ni hombre sin causa. En cuanto esto pasaba envió á Berbería á su hermano (que ya llamaban Abdalá) con presente de cautivos y la nueva de su eleccion al rey de Argel, la obediencia al señor de los turcos: dióle comision que pidiese ayuda para mantener el reino. Tras él envió á Hernando el Habaqui á tomar turcos á sueldo, de quien adelante se hará memoria. Mas este dejando concertados soldados, trajo consigo un turco llamado Dali, capitan, con armas y mercaderes, en una fusta. Recibió el rey de Argel á Abdalá como á hermano del rey: regalóle y vistióle de paños de seda; envióle á Constantinopla, mas por entretener al hermano con esperanzas, que por dalle socorro. En este mismo tiempo se acabaron de rebelar los demás lugares del rio de Almería.
Estaba entonces en Dalias Diego de la Gasca, capitan de Adra, que habiendo entendido el motin víspera de Navidad (dia señalado generalmente para rebelarse todo el reino), iba por reconocer á Ujijar; mas hallándola levantada, fue seguido de los enemigos hasta encerralle en Adra, lugar guardado á la marina, asentado cuasi donde los antiguos llamaban Abdera; que Pedro Verdugo, proveedor de Málaga, con barcos basteció de gente y vituallas, luego que entendió la muerte del capitan Herrera en Cadiar. Pasaron adelante visto el poco efecto que hacian en Adra, y juntando con su misma gente hasta mil y cuatrocientos hombres con un moro que llamaban el Ramí, ocuparon el Chitre (Chutre le dicen otros), sitio fuerte junto á Almería, creyendo que los moriscos vecinos de la ciudad tomarian las armas contra los cristianos viejos: escribieron y enviaron personas ciertas á solicitar entre otros á D. Alonso de Vanegas, hombre noble de gran autoridad, que con la carta cerrada se fue al ayuntamiento de los regidores; y leida, pensando un poco cayó desmayado, mas tornándole los otros regidores y reprendiéndole, respondió: recia tentacion es la del reino; y dióles la carta en que parecia como le ofrecian tomalle por rey de Almería. Vivió doliente dende entonces, pero leal y ocupado en el servicio del rey. Estaba D. García de Villarroel, yerno de D. Juan, el que murió dende á poco en las Guajaras, por capitan ordinario en Almería, y tomando la gente de la ciudad y la suya, dió sobre los enemigos otro dia al amanecer, pensando ellos que venia gente en su ayuda: rompiólos, y mató al Ramí con algunos. Los que de allí escaparon, juntándose con otra banda del Cehel, y llevando á Hocaid de Motril por capitan, tomaron á Castil de Ferro, tenencia del duque de Sesa por tratado, matando la gente, sino á Machin el tuerto que se la vendió. De ahí pasaron á Motril, juntaron una parte del pueblo, y llevaron casas de moriscos volviendo sobre Adra; de donde salió Gasca con cuarenta caballos y noventa arcabuceros á reconocellos, y apartándose llamó un trompeta, cuyo nombre era Santiago, para enviar á mandar la gente; mas fue tan alta la voz, que pudieron oilla los soldados, y creyendo que dijese Santiago, como es costumbre de España para acometer los enemigos, arremetieron sin mas órden. Juntóse Diego de la Gasca con ellos, y fueron cuasi rotos los moros, retirándose con pérdida de cien hombres á la sierra. Iban estas nuevas cada dia creciendo; menudeaban los avisos del aprieto en que estaban los de la torre en Orgiba; que los moros de Berbería habian prometido gran socorro; que amenazaban á Almería y otros lugares aunque guardados en la marina, proveidos con poca gente. Temia el marqués si grueso número se acercase á Granada, que desasosegarian el Albaicin, levantarian las aldeas de la Vega, y tanto mayores fuerzas cobrarian, cuanto se tardase mas la resistencia: daríase ánimo á los turcos de Berbería de pasar á socorrellos con mayor priesa, confianza y esperanza; fortificarian plazas en que recogerse, y no les faltarian personas pláticas de esto y de la guerra entre otras naciones que les ayudasen, y firmarian el nombre de reino; puesto que vano y sin fundamento, perjudicial y odioso á los oidos del señor natural, por grande y poderoso que sea; daríase avilanteza á los descontentos, para pensar novedades.
Estando las cosas en estos términos vino Aben Humeya con la gente que tenia sobre Tablate, y trabando con don Diego de Quesada una escaramuza gruesa, cargó tanta gente de enemigos, que le necesitó á dejar la puente, y retirarse á Durcal. Estas razones y el caso de D. Diego fueron parte para que el marqués, con la gente que se hallaba, saliese de Granada á resistillos, hasta que viniese mas número con que acometellos á la iguala; dejando proveido á la guarda y seguridad de la ciudad y Alhambra á su hijo el conde de Tendilla por su teniente; al corregidor el sosiego, el gobierno, la provision de vituallas, la correspondencia de avisar al uno y al otro, con el presidente, de cuya autoridad se valiesen en las ocasiones. Salió de Granada á los tres de hebrero con propósito de socorrer á Orgiba: vino á Alhendin, y de allí al Padul. La gente que sacó fueron ochocientos infantes y doscientos caballos; demás de estos, los hombres principales, que ó con edad, ó con enfermedad ó con ocupaciones públicas no se excusaron, seguíanle, mirábanle como á salvador de la tierra, olvidada por entonces ó disimulada la pasion. Paró en el Padul pensando esperar allí la gente de la Andalucía sin dinero, sin vitualla, sin bagajes: con tan poca gente tomó la empresa; pero la misma noche á la segunda guardia oyéndose golpes de arcabuz en Durcal, creyendo todos que los enemigos habian acometido la guardia que allí estaba, partió con la caballería: halló que sintiendo su venida por el ruido de los caballos en el cascajo del rio, se habian retirado con la escuridad de la noche, dejando el lugar y llevando herida alguna gente; y el marqués para no darles avilanteza, tornando al Padul, acordó hacer en Durcal la masa. En tiempo de tres dias llegaron cuatro banderas de Baeza, con que crecia el marqués á mil y ochocientos infantes, y una compañía de noventa caballos; y teniendo aviso del trabajo en que estaban los de Orgiba, y que Aben Humeya juntaba gente para estorballe el paso de Tablate, salió de Durcal.
Entre tanto el conde de Tendilla recibia y alojaba la gente de las ciudades y señores en el Albaicin; y porque no bastaba para asegurarse de los moriscos de la ciudad y la tierra, y proveer á su padre de gente, nombró diez y siete capitanes, parte hijos de señores, parte caballeros de la ciudad, parte soldados, pero todos personas de crédito: aposentólos, y mantúvolos sin pagas con alojamientos y contribuciones. El marqués, dejando guardia en Durcal, paró aquella noche en Elchite, de donde partió en órden camino de la puente; y habiendo enviado una compañía de caballos con alguna arcabucería á recoger la gente que habia quedado atrás, para que asegurasen los bagajes y embarazos, y mandado volver á Granada los desarmados que vinieron de la Andalucía; tuvo aviso que los enemigos le esperaban, parte en la ladera, parte en la salida de la misma puente, y la estaban rompiendo. Eran todos cuasi tres mil y quinientos hombres, los mas de ellos armados de arcabuces y ballestas, los otros con hondas y armas enhastadas: comenzóse una escaramuza trabada; mas el marqués, visto que remolinaban algunas picas de su escuadron, arremetió adelante con la gente particular de manera, que apretó los enemigos hasta forzarlos á dejar la puente, y pasó una banda de arcabucería por lo que de ella quedaba entero. Con esta carga fueron rotos del todo, retrayéndose en poca órden á lo alto de la montaña. Algunos arcabuceros llegaron á Lanjaron, y entraron en el castillo que estaba desamparado: reparóse la puente con puertas, con rama, con madera que se trajo del lugar de Tablate, por donde pasó la caballería: el resto del campo se aposentó en él sin seguir los enemigos, por ser ya tarde y haberse ellos acogido á lo fuerte, donde los caballos no les podian dañar. El dia siguiente, dejando en la puente al capitan Valdivia con su compañía para seguridad de las escoltas que iban de Granada á la Alpujarra, por ser paso de importancia, tomó el camino de Orgiba donde los enemigos le esperaban al paso en la cuesta de Lanjaron; y habiendo sacado una banda de arcabucería con algunos caballos, mandó á don Francisco su hijo[46], que con ellos se mejorase en lo alto de la montaña, yendo él su camino derecho sin estorbo; porque Aben Humeya, con miedo que le tomasen los nuestros las cumbres que tenia para su acogida, dejó libre el paso; aunque la noche antes habia tenido su campo enfrente del nuestro con muchas lumbres y música en su manera, amenazando nuestra gente y apercibiéndola para otro dia á la batalla. Llegado el marqués á Orgiba socorrió la torre, en término que si tardara, era necesario perderse por falta de agua y vitualla, cansados de velar y resistir. He querido hacer tan particular memoria del caso de Orgiba, porque en él hubo todos los accidentes que en un cerco de grande importancia; sitiados y combatidos, quitadas las defensas, salidas de los de dentro contra los cercadores, á falta de artillería picados los muros, al fin hambreados, socorridos con la diligencia que ciudades ó plazas importantes; hasta juntarse dos campos tales cuales entonces los habia, uno á estorbar, otro á socorrer, darse batalla donde intervino persona y nombre de rey. Socorrida y proveida Orgiba de vitualla, municion y gente, la que bastaba para asegurar las espaldas al campo, mandando volver á Granada á órden del conde su hijo cuatro compañías de caballería, y una de infantería para guarda de la ciudad, partió contra Poqueira donde tuvo aviso que Aben Humeya habia parado resuelto de combatir: juntó con su gente dos compañías, una de infantería y otra de caballos, que le vino de Córdoba. Cerca del rio que divide el camino entre Orgiba y Poqueira, descubrió los enemigos en el paso que llaman Alfajarali. Eran cuatro mil hombres los principales que gobernaban apeados: hicieron una ala delgada en medio, á los costados espesa de gente como es su costumbre ordenar el escuadron; á la mano derecha, cubiertos con un cerro, habia emboscados quinientos arcabuceros y ballesteros; demás de esto otra emboscada en lo hondo del barranco, luego pasado el rio, de mucho mayor número de gente. La que el marqués llevaba serian dos mil infantes y trescientos caballos en un escuadron prolongado guarnecido de arcabucería y mangas, segun la dificultad del camino. La caballería, parte en la retaguardia, parte á un lado, donde la tierra era tal que podian mandarse los caballos; pero guarnecida asimismo de alguna infantería: porque en aquella tierra, aunque los caballos sirvan mas para atemorizar que para ofender, todavía son provechosos. Apartó del escuadron dos bandas de arcabucería y cien caballos, con que su hijo D. Francisco fuese á tomar las cumbres de la montaña: en esta órden bajando al rio, comenzó á subir escaramuzando con los enemigos; mas ellos, cuando pensaron que nuestra gente iba cansada, acometieron por la frente, por el costado, y por la retaguardia, todo á un tiempo; de manera que cuasi una hora se peleó con ellos á todas partes y á las espaldas, no sin igualdad y peligro; porque la una banda de arcabucería estuvo en términos de desórden, y la caballería lo mismo; pero socorrió el marqués con su persona los caballos, y enviando socorro á los infantes. Viendo los enemigos que les tomaba los altos nuestra arcabucería, ya rotos se recogieron á ellos con tiempo, desamparando el paso. Siguióse el alcance mas de media legua hasta un lugar que dicen Lubien: la noche y el cansancio estorbó que no se pasase adelante; murieron de ellos en este rencuentro cuasi seiscientos, de los nuestros siete; hubo muchos heridos de arcabuces y ballestas. Don Francisco de Mendoza, hijo del marqués, y D. Alonso Portocarrero, fueron aquel dia buenos caballeros, entre otros que allí se hallaron: D. Francisco cercado y fuera de la silla, se defendió con daño de los enemigos rompiendo por medio. D. Alonso, herido de dos saetadas con yerba, peleó hasta caer trabado del veneno usado dende los tiempos antiguos entre cazadores. Mas porque se va perdiendo el uso de ella con el de los arcabuces, como se olvidan muchas cosas con la novedad de otras, diré algo de su naturaleza. Hay dos maneras, una que se hace en Castilla en las montañas de Bejar y Guadarrama (á este monte llamaban los antiguos Orospeda, y al otro Idubeda), cociendo el zumo de vedegambre á que en lengua romana y griega dicen eléboro negro hasta que hace correa, y curándolo al sol, lo espesan y dan fuerza[47]; su olor agudo no sin suavidad, su color escuro, que tira á rubio. Otra se hace en las montañas nevadas de Granada de la misma manera, pero de la yerba que los moros dicen rejalgar, nosotros yerba, los romanos y griegos acónito, y porque mata los lobos, lycoctónos; color negro, olor grave, prende mas presto, daña mucha carne: los accidentes en ambas los mismos, frio, torpeza, privacion de vista, revolvimiento de estómago, arcadas, espumajos, desflaquecimiento de fuerzas hasta caer. Envuélvese la ponzoña con la sangre donde quier que la halla, y aunque toque la yerba á la que corre fuera de la herida, se retira con ella, y la lleva consigo por las venas al corazon, donde ya no tiene remedio; mas antes que llegue hay todos los generales: chúpanla para tirarla á fuera, aunque con peligro; psyllos llamaban en lengua de Egipto á los hombres que tenian este oficio[48]. El particular remedio es zumo de membrillo, fruta tan enemiga de esta yerba, que donde quier que la alcanza el olor, le quita la fuerza; zumo de retama, cuyas hojas machacadas he yo visto lanzar de suyo por la herida cuanto pueden buscando el veneno hasta topallo, y tiralle fuera: tal es la manera de esta ponzoña, con cuyo zumo untan las saetas envueltas en lino porque se detenga. La simplicidad de nuestros pasados, que no conocieron manera de matar personas sino á hierro, puso á todo género de veneno nombre de yerbas: usóse en tiempos antiguos en las montañas de Abruzzo, en las de Candia, en las de Persia: en los nuestros en los Alpes que llaman Monsenis hay cierta yerba poco diferente, dicha tora, con que matan la caza, y otra que dicen antora, á manera de dictamno, que la cura.
Entróse Poqueira, lugar tan fuerte, que con poca resistencia se defendiera contra mucho mayores fuerzas. Los moros confiándose del sitio le habian escogido por depósito de sus riquezas, de sus mujeres, hijos, y vitualla: todo se dió á saco; los soldados ganaron cantidad de oro, ropa, esclavos, la vitualla se aprovechó cuanto pudo; mas la priesa de caminar en seguimiento de los enemigos, porque en ninguna parte se firmasen, y la falta de bagajes en que la cargar y gente con que aseguraba, fue causa de quemar la mayor parte, porque ellos no se aprovechasen. Partió el marqués el dia siguiente de Poqueira, y vino á Pitres, donde se detuvo curando los heridos, dando cobro á muchos cautivos cristianos que libertó, ordenando las escoltas, y tomando lengua. Alcanzáronle en este lugar dos compañías de caballos de Córdoba y una de infantería: en él tuvo nueva como Aben Humeya con mayor número de gente le esperaba en el puerto que llaman de Jubiles, lugar á su parecer de ellos donde era imposible pasar sin pérdida. Mas queriendo los enemigos tentar primero la fortuna de la guerra, saltearon nuestro alojamiento con cinco banderas, en que habia ochocientos hombres: el dia siguiente á mediodia, aprovechándose de la niebla y de la hora del comer, acometieron por tres partes, y porfiaron de manera hasta que llegaron á los cuerpos de guardia peleando, pero en ellos fueron resistidos con pérdida de gente y dos banderas: hubo algunos heridos de los nuestros. Sosegada y refrescada la gente, dejando los heridos y embarazos con buena guardia, partió el marqués ahorrado contra Aben Humeya; y por descuidarle escogió el camino áspero de Trevelez por la cumbre de la sierra de Poqueira, donde algunos moros desmandados desasosegaron nuestra retaguardia sin daño. Pasóse aquella noche fuera de Trevelez sobre la nieve, con poco aparejo y frio demasiado. Habia venido á Pitres un mensajero de Zaguer que decian Aben Jauhar, tio y general de Aben Humeya, á pedir apuntamientos de paz; pero llevándole el marqués consigo le respondió; Que brevemente pensaba dalle la respuesta, como convenia al servicio de Dios y del rey. Dícese que ya el zaguer andaba recatado de que Aben Humeya le buscase la muerte; y continuando su camino para Jubiles con una compañía mas de infantería y otra de caballos de Écija, cuyo capitan era Tello de Aguilar, llegó á vista de Jubiles donde salió un cristiano viejo con tres moros á entregalle el castillo. Habia dentro mujeres y hijos de los moros que estaban en campo con Aben Humeya, gente inútil y de estorbo para quien no tiene cuenta con las mujeres y niños, y algunos moros de paz viejos; mas porque era necesario ocupar mucha gente para guardallos, y si quedaran sin guarda se huyeran á los enemigos, mandó que los llevasen á Jubiles. Acaeció, que un soldado de los atrevidos llegó á tentar una mujer si traía dineros, y alguno de los moriscos (ó fuese marido ó pariente) á defendella, de que se trabó tal ruido, que de los moriscos cuasi ninguno quedó vivo; de las moriscas hubo muchas muertas, de los nuestros algunos heridos, que con la escuridad de la noche se hacian daño unos á otros. Dícese que hubo gente de los enemigos mezclada para ver si con esta ocasion pudieran desordenar el campo, y que arrepentidos de la entrega que el zaguer hizo, los padres, hermanos y maridos de las moras quisieron procurar su libertad: la escuridad de la noche y la confusion fue tanta, que ni capitanes ni oficiales pudieron estorbar el daño.
LIBRO II.
En tanto que las cosas de la Alpujarra pasaban como tenemos dicho, se juntaron hasta quinientos moros con dos capitanes, Giron de las Albuñuelas y Nacoz de Niguels, á tentar la guardia, que el marqués habia dejado en la puente de Tablate; teniendo por cierto que si de allí la pudiesen apartar, se quitaria el paso y el aparejo á las escoltas, y nuestro campo con falta de vituallas se desharia. Vinieron sobre la puente hallándola falta de gente, y la que habia desapercibida: acometieron con tanto denuedo, que la hicieron retirar; parte no paró hasta Granada, muchos de ellos murieron sin pelear en el alcance, parte se encerraron en una iglesia donde acabaron quemados, con que la puente quedó por los enemigos. Mas el conde de Tendilla, sabida la nueva, envió á llamar con diligencia á D. Álvaro Manrique, capitan del marqués de Pliego, que con trescientos infantes y ochenta caballos de su cargo estaba alojado dos leguas de Granada. Llegó á la puente de Genil al amanecer, donde el conde le esperaba con ochocientos infantes y ciento y veinte caballos: avisado del número de los enemigos entrególes la gente, y dióle órden que peleando con ellos, desembarazado el paso le dejase guardado, y él con el resto de ella pasase á buscar al marqués. Cumplió D. Álvaro con su comision hallando la puente libre, y los moros idos.