Pusieron los Reyes Católicos el gobierno de la justicia y cosas públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros: cuya profesion eran letras legales, comedimiento, secreto, verdad, vida llana y sin corrupcion de costumbres; no visitar, no recibir dones, no profesar estrecheza de amistades; no vestir, ni gastar suntuosamente, blandura y humanidad en su trato, juntarse á horas señaladas para oir causas, ó para determinallas, y tratar del bien público. Á su cabeza llaman presidente, mas porque preside á lo que se trata, y ordena lo que se ha de tratar, y prohibe cualquier desórden, que porque los manda. Esta manera de gobierno, establecida entonces con menos diligencia, se ha ido extendiendo por toda la cristiandad, y está hoy en el colmo de poder y autoridad: tal es su profesion de vida en comun, aunque en particular haya algunos que se desvien. Á la suprema congregacion llaman consejo real, y á las demás chancillerías, diversos nombres en España, segun la diversidad de las provincias. Á los que tratan en Castilla lo civil llaman oidores; y á los que tratan lo criminal alcaldes (que en cierta manera son sujetos á los oidores): los unos y los otros por la mayor parte ambiciosos de oficios ajenos y profesion que no es suya, especialmente la militar; persuadidos del ser de su facultad, que (segun dicen) es noticia de cosas divinas y humanas, y ciencia de lo que es justo é injusto; y por esto amigos en particular de traer por todo, como superiores, su autoridad, y apuralla á veces hasta grandes inconvenientes, y raices de los que agora se han visto. Porque en la profesion de la guerra se ofrecen casos que á los que no tienen plática de ella parecen negligencias; y si los procuran emendar, cáese en imposibilidades y lazos, que no se pueden desenvolver; aunque en ausencia se juzgan diferentemente. Estiraba el capitan general su cargo sin equidad, y procuraban los ministros de justicia emendallo. Esta competencia fue causa que menudeasen quejas y capítulos al rey; con que cansados los consejeros, y él con ellos, las provisiones saliesen varias, ó ningunas, perdiendo con la oportunidad el crédito; y se proveyesen algunas cosas de pura justicia, que atenta la calidad de los tiempos, manera de las gentes, diversidad de ocasiones requerian templanza ó dilacion. Todo lo de hasta aquí se ha dicho por ejemplo, y como muestra de mayores casos; con fin que se vea de cuan livianos principios se viene á ocasiones de grande importancia, guerras, hambres, mortandades, ruinas de estados, y á veces de los señores de ellos. Tan atenta es la providencia divina á gobernar el mundo y sus partes, por órden de principios, y causas livianas que van creciendo por edades, si los hombres las quisiesen buscar con atencion.

Habia en el reino de Granada costumbre antigua, como la hay en otras partes, que los autores de delitos se salvasen, y estuviesen seguros en lugares de señorío; cosa que mirada en comun, y por la haz, se juzgaba que daba causa á mas delitos, favor á los malhechores, impedimento á la justicia, y desautoridad á los ministros de ella. Pareció por estos inconvenientes, y por ejemplo de otros estados, mandar que los señores no acogiesen gentes de esta calidad en sus tierras, confiados que bastaba solo el nombre de justicia para castigallos donde quiera que anduviesen. Manteníase esta gente con sus oficios en aquellos lugares, casábanse, labraban la tierra, dábanse á vida sosegada. Tambien les prohibieron la inmunidad de las iglesias arriba de tres dias; mas despues que les quitaron los refugios, perdieron la esperanza de seguridad, y diéronse á vivir por las montañas, hacer fuerzas, saltear caminos, robar y matar. Entró luego la duda tras el inconveniente, sobre á que tribunal tocaba el castigo, nacida de competencia de jurisdicciones; y no obstante que los generales acostumbrasen hacer estos castigos, como parte del oficio de la guerra; cargaron á color de ser negocio criminal, la relacion apasionada ó libre de la ciudad, y la autoridad de la audiencia, y púsose en manos de los alcaldes, no excluyendo en parte al capitan general. Dióseles facultad para tomar á sueldo cierto número de gente repartida pocos á pocos, á que usurpando el nombre llamaban cuadrillas; ni bastantes para asegurar, ni fuertes para resistir. Del desden, de la flaqueza de provision, de la poca experiencia de los ministros en cargo que participaba de guerra, nació el descuido, ó fuese negligencia ó voluntad de cada uno que no acertase su émulo. En fin fue causa de crecer estos salteadores (monfíes los llamaban en lengua morisca), en tanto número, que para oprimillos ó para reprimillos no bastaban las unas ni las otras fuerzas. Este fue el cimiento sobre que fundaron sus esperanzas los ánimos escandalizados y ofendidos; y estos hombres fueron el instrumento principal de la guerra. Todo esto parecia al comun cosa escandalosa; pero la razon de los hombres, ó la providencia divina (que es lo mas cierto), mostró con el suceso, que fue cosa guiada para que el mal no fuese adelante, y estos reinos quedasen asegurados mientras fuese su voluntad. Siguiéronse luego ofensas en su ley, en las haciendas, y en el uso de la vida, así cuanto á la necesidad, como cuanto al regalo, á que es demasiadamente dada esta nacion; porque la inquisicion los comenzó á apretar mas de lo ordinario. El rey les mandó dejar la habla morisca, y con ella el comercio y comunicacion entre sí; quitóseles el servicio de los esclavos negros á quienes criaban con esperanzas de hijos, el hábito morisco en que tenian empleado gran caudal: obligáronlos á vestir castellano con mucha costa, que las mujeres trujesen los rostros descubiertos, que las casas acostumbradas á estar cerradas estuviesen abiertas: lo uno y lo otro tan grave de sufrir entre gente zelosa. Hubo fama que les mandaban tomar los hijos, y pasallos á Castilla: vedáronles el uso de los baños, que eran su limpieza y entretenimiento; primero les habian prohibido la música, cantares, fiestas, bodas conforme á su costumbre, y cualesquier juntas de pasatiempo. Salió todo esto junto, sin guardia ni provision de gente; sin reforzar presidios viejos, ó firmar otros nuevos. Y aunque los moriscos estuviesen prevenidos de lo que habia de ser, les hizo tanta impresion, que antes pensaron en la venganza que en el remedio. Años habia que trataban de entregar el reino á los príncipes de Berbería, ó al turco; mas la grandeza del negocio, el poco aparejo de armas, vituallas, navíos, lugar fuerte donde hiciesen cabeza, el poder grande del emperador, y del rey Felipe su hijo, enfrenaba las esperanzas, é imposibilitaba las resoluciones, especialmente estando en pie nuestras plazas mantenidas en la costa de África, las fuerzas del turco tan lejos, las de los cosarios de Argel mas ocupadas en presas y provecho particular, que en empresas difíciles de tierra. Fuéronseles con estas dificultades dilatando los designios, apartándose ellos de los del reino de Valencia, gente menos ofendida, y mas armada. En fin creciendo igualmente nuestro espacio por una parte, y por otra los excesos de los enemigos tantos en número, que ni podian ser castigados por manos de justicia, ni por tan poca gente como la del capitan general; eran ya sospechosas sus fuerzas para encubiertas, aunque flacas para puestas en ejecucion. El pueblo de cristianos viejos adivinaba la verdad, cesaba el comercio y paso de Granada á los lugares de la costa: todo era confusion, sospecha, temor; sin resolver, proveer, ni ejecutar. Vista por ellos esta manera en nosotros, y temiendo que con mayor aparejo les contraviniésemos, determinaron algunos de los principales de juntarse en Cadiar, lugar entre Granada, y la mar, y el rio de Almería, á la entrada de la Alpujarra. Tratóse del cuando y como se debian descubrir unos á otros, de la manera del tratado y ejecucion: acordaron que fuese en la fuerza del invierno; porque las noches largas les diesen tiempo para salir de la montaña y llegar á Granada, y á una necesidad tornarse á recoger y poner en salvo, cuando nuestras galeras reposaban repartidas por los invernaderos y desarmadas; la noche de navidad, que la gente de todos los pueblos está en las iglesias, solas las casas, y las personas ocupadas en oraciones y sacrificios; cuando descuidados, desarmados, torpes con el frio, suspensos con la devocion, facilmente podian ser oprimidos de gente atenta, armada, suelta, y acostumbrada á saltos semejantes. Que se juntasen á un tiempo cuatro mil hombres de la Alpujarra, con los del Albaicin, y acometiesen la ciudad, y el Alhambra, parte por la puerta, parte con escalas; plaza guardada mas con la autoridad que con la fuerza: y por que sabian que el Alhambra, no podia dejar de aprovecharse de la artillería, acordaron que los moriscos de la vega tuviesen por contraseña las primeras dos piezas que se disparasen, para que en un tiempo acudiesen á las puertas de la ciudad, las forzasen, entrasen por ellas y por los portillos; corriesen las calles, y con el fuego y con el hierro no perdonasen á persona, ni á edificio. Descubrir el tratado sin ser sentidos y entre muchos, era dificultoso: pareció que los casados lo descubriesen á los casados, los viudos á los viudos, los mancebos á los mancebos; pero á tiento, probando las voluntades y el secreto de cada uno. Habian ya muchos años antes enviado á solicitar con personas ciertas no solamente á los príncipes de Berbería, mas al emperador de los turcos dentro en Constantinopla, que los socorriese, y sacase de servidumbre, y postreramente al rey de Argel pedido armada de levante y poniente en su favor; porque faltos de capitanes, de cabezas, de plazas fuertes, de gente diestra, de armas, no se hallaron poderosos para tomar, y proseguir á solas tan gran empresa. Demás de esto resolvieron proveerse de vitualla, elegir lugar en la montaña donde guardalla, fabricar armas, reparar las que de mucho tiempo tenian escondidas, comprar nuevas, y avisar de nuevo á los reyes de Argel, Fez, señor de Tituan, de esta resolucion y preparaciones. Con tal acuerdo partieron aquella habla; gente á quien el regalo, el vicio, la riqueza, la abundancia de las cosas necesarias, el vivir luengamente en gobierno de justicia é igualdad desasosegaba, y traía en continuo pensamiento.

Dende á pocos dias se juntaron otra vez con los principales del Albaicin en Churriana fuera de Granada, á tratar del mismo negocio. Habíanles prohibido, como arriba se dijo, todas las juntas en que concurria número de gente; pero teniendo el rey y el prelado mas respeto á Dios que al peligro, se les habia concedido que hiciesen un hospital y cofradía de cristianos nuevos, que llamaron de la Resurreccion. (Dicen en español cofradía una junta de personas, que prometen hermandad en oficios divinos y religiosos con obras.) En dias señalados concurrian en el hospital á tratar de su rebelion con esta cubierta; y para tener certinidad de sus fuerzas, enviaron personas pláticas de la tierra por todos los lugares del reino, que con ocasion de pedir limosna reconociesen las partes de él á propósito para acogerse, para recibir los enemigos, para traellos por caminos mas breves, mas secretos, mas seguros, con mas aparejo de vituallas; y estos echasen un pedido á manera de limosna, que los de veinte y cuatro años hasta cuarenta y cinco contribuyesen diferentemente de los viejos, mujeres, niños, y impedidos: con tal astucia reconocieron el número de la gente útil para tomar armas, y la que habia armada en el reino.

Estos y otros indicios, y los delitos de los monfíes mas públicos, graves y á menudo que solian, dieron ocasion al marqués de Mondejar[42], al conde Tendilla su hijo, á cuyo cargo estaba la guerra, á D. Pedro de Deza, presidente de la chancillería, caballero que habia pasado por todos los oficios de su profesion, y dado buena cuenta de ellos, al arzobispo, á los jueces de inquisicion, de poner nuevo cuidado y diligencia en descubrir los motivos de estos hombres, y asegurarse parte con lo que podian, y parte con acudir al rey y pedir mayores fuerzas cada uno segun su oficio, para hacer justicia, y reprimir la insolencia; que este nombre le ponian, como á cosa incierta, hasta que estando el marqués de Mondejar en Madrid, fue avisado el rey mas particularmente. Partió el marqués en diligencia, y llevó comision para crecer en la guardia del reino alguna poca gente, pero la que pareció que bastaba en aquella ocasion, y en las que se ofreciesen por mar contra los moros berberíes. Mas las personas á cuyo cargo era la provision, aunque se creyeron los avisos; ó importunados con el menudear de ellos, ó juzgando á los autores por mas ambiciosos que diligentes, hicieron provision tan pequeña, que bastó para mover las causas de la enfermedad, y no para remedialla; como suelen medicinas flojas en cuerpos llenos. Por lo cual, vistas por los monfíes y principales de la conjuracion las diligencias que se hacian de parte de los ministros para apurar la verdad del tratado; el temor de ser prevenidos, y la avilanteza de nuestras pocas fuerzas, los acució á resolverse sin aguardar socorro, con solo avisar á Berbería del término en que las cosas se hallaban, y solicitar gente y armas con la armada, dando por contraseño que entre los navíos que viniesen de Argel y Tituan trajesen las capitanas una vela colorada, y que los navíos de Tituan acudiesen á la costa de Marbella para dar calor á la sierra de Ronda y tierra de Málaga; y los de Argel á cabo de Gata, que los romanos llamaban promontorio de Caridemo, para socorrer á la Alpujarra y rios de Almería y Almazora, y mover con la vecindad los ánimos de la gente sosegada en el reino de Valencia. Mas estos estuvieron siempre firmes: ó que en la memoria de los viejos quedase el mal suceso de la sierra de Espadan en tiempo del emperador Cárlos; ó que teniendo por liviandad el tratado, y dificultosa la empresa, esperasen á ver como se movia la generalidad, con que fuerzas, fundamento, y certeza de esperanzas en Berbería. Enviaron á Argel al Partal que vivia en Narila, lugar del partido de Cadiar, hombre rico, diligente y tan cuerdo, que la segunda vez que fue á Berbería, llevó su hacienda y dos hermanos, y se quedó en Argel. Este y el Jeniz, que despues vendió y mató al Abenabó su señor, á quien ellos levantaron por segundo rey, estaban en aquella congregacion como diputados en nombre de toda la Alpujarra; y por tener alguna cabeza en quien se mantuviesen unidos, mas que por sujetarse á otras sino á las que el rey de Argel los nombrase, resolvieron en veinte y siete de setiembre hacer rey[43], persuadidos con la razon de D. Fernando1568. de Valor, el zaguer, que en su lengua quiere decir el menor, á quien por otro nombre llamaban Aben Jauhar, hombre de gran autoridad y de consejo maduro, entendido en las cosas del reino y de su ley. Este viendo que la grandeza del hecho traía miedo, dilacion, diversidad de casos; mudanzas de pareceres, los juntó en casa de Zinzan en el Albaicin, y les habló:

«Poniéndoles delante la opresion en que estaban, sujetos á hombres públicos y particulares, no menos esclavos que si lo fuesen. Mujeres, hijos, haciendas, y sus propias personas en poder y arbitrio de enemigos, sin esperanza en muchos siglos de verse fuera de tal servidumbre: sufriendo tantos tiranos como vecinos, nuevas imposiciones, nuevos tributos, y privados del refugio de los lugares de señorío, donde los culpados, puesto que por accidentes ó por venganzas (esta es la causa entre ellos mas justificada), se aseguran: echados de la inmunidad y franqueza de las iglesias, donde por otra parte los mandaban asistir á los oficios divinos con penas de dinero; hechos sujetos de enriquecer clérigos; no tener acogida á Dios ni á los hombres; tratados y tenidos como moros entre los cristianos para ser menospreciados, y como cristianos entre los moros para no ser creidos ni ayudados. Excluidos de la vida y conversacion de personas, mándannos que no hablemos nuestra lengua; y no entendemos la castellana: ¿en qué lengua habemos de comunicar los conceptos, y pedir ó dar las cosas, sin que no puede estar el trato de los hombres? Aun á los animales no se vedan las voces humanas. ¿Quién quita que el hombre de lengua castellana no pueda tener la ley del Profeta, y el de la lengua morisca la ley de Jesus? Llaman á nuestros hijos á sus congregaciones y casas de letras: enséñanles artes que nuestros mayores prohibieron aprenderse, porque no se confundiese la puridad, y se hiciese litigiosa la verdad de la ley. Cada hora nos amenazan quitarlos de los brazos de sus madres, y de la crianza de sus padres, y pasarlos á tierras ajenas, donde olviden nuestra manera de vida, y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendramos, y de las madres que los parieron. Mándannos dejar nuestro hábito, y vestir el castellano. Vístense entre ellos los tudescos de una manera, los franceses de otra, los griegos de otra, los frailes de otra, los mozos de otra, y de otra los viejos: cada nacion, cada profesion y cada estado usa su manera de vestido, y todos son cristianos; y nosotros moros, porque vestimos á la morisca, como si trujésemos la ley en el vestido, y no en el corazon. Las haciendas no son bastantes para comprar vestidos para dueños y familias; del hábito que traíamos no podemos disponer, porque nadie compra lo que no ha de traer; para traello es prohibido, para vendello es inútil. Cuando en una casa se prohibiere el antiguo, y comprare el nuevo del caudal que teníamos para sustentarnos, ¿de qué viviremos? Si queremos mendigar nadie nos socorrerá como á pobres, porque somos pelados como ricos: nadie nos ayudará, porque los moriscos padecemos esta miseria y pobreza, que los cristianos no nos tienen por prójimos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en la tierra de las guerras contra Castilla, que casando su hija el alcaide de Loja, grande y señalado capitan que llamaban Alatar, deudo de algunos de los que aquí nos hallamos, hubo de buscar vestidos prestados para la boda. ¿Con qué haciendas, con qué trato, con qué servicio ó industria, en qué tiempo adquiriremos riqueza para perder unos hábitos y comprar otros? Quítannos el servicio de los esclavos negros; los blancos no nos eran permitidos por ser de nuestra nacion: habíamoslos comprado, criado, mantenido: ¿esta pérdida sobre las otras? ¿Qué harán los que no tuvieren hijos que los sirvan, ni hacienda con que mantener criados si enferman, si se inhabilitan, si envejecen, sino prevenir la muerte? Van nuestras mujeres, nuestras hijas, tapadas las caras, ellas mismas á servirse y proveerse de lo necesario á sus casas; mándanles descubrir los rostros: si son vistas, serán codiciadas y aun requeridas; y veráse quien son las que dieron la avilanteza al atrevimiento de mozos y viejos. Mándannos tener abiertas las puertas que nuestros pasados con tanta religion y cuidado tuvieron cerradas, no las puertas, sino las ventanas y resquicios de casa. ¿Hemos de ser sujetos de ladrones, de malhechores, de atrevidos y desvergonzados adúlteros, y que estos tengan dias determinados y horas ciertas, cuando sepan que pueden hurtar nuestras haciendas, ofender nuestras personas, violar nuestras honras? No solamente nos quitan la seguridad, la hacienda, la honra, el servicio, sino tambien los entretenimientos; así los que se introdujeron por la autoridad, reputacion y demostraciones de alegría en las bodas, zambras, bailes, músicas, comidas; como los que son necesarios para la limpieza, convenientes para la salud. ¿Vivirán nuestras mujeres sin baños, introduccion tan antigua? ¿Veránlas en sus casas tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento, por vestido, por sanidad? Representóles el estado de la cristiandad; las divisiones entre herejes y católicos en Francia; la rebelion de Flandes; Inglaterra sospechosa; y los flamencos huidos solicitando en Alemania á los príncipes de ella. El rey falto de dineros y gente plática, mal armadas las galeras, proveidas á remiendos, la chusma libre; los capitanes y hombres de cabo descontentos, como forzados. Si previniesen no solamente el reino de Granada, pero parte del Andalucía que tuvieron sus pasados, y agora poseen sus enemigos, pueden ocupar con el primer ímpetu; ó mantenerse en su tierra, cuando se contenten con ella sin pasar adelante. Montaña áspera, valles al abismo, sierras al cielo, caminos estrechos, barrancos y derrumbaderos sin salida: ellos gente suelta, plática en el campo, mostrada á sufrir calor, frio, sed, hambre; igualmente diligentes y animosos al acometer, prestos á desparcirse y juntarse: españoles contra españoles, muchos en número, proveidos de vitualla, no tan faltos de armas que para los principios no les basten; y en lugar de las que no tienen, las piedras delante de los pies, que contra gente desarmada son armas bastantes. Y cuanto á los que se hallaban presentes, que en vano se habian juntado, si cualquiera de ellos no tuviera confianza del otro que era suficiente para dar cobro á tan gran hecho, y si, como siendo sentidos habian de ser compañeros en la culpa y el castigo, no fuesen despues parte en las esperanzas y frutos de ellas, llevándolas al cabo. Cuanto mas que ni las ofensas podian ser vengadas, ni deshechos los agravios, ni sus vidas y casas mantenidas, y ellos fuera de servidumbre; sino por medio del hierro, de la union y concordia, y una determinada resolucion con todas sus fuerzas juntas. Para lo cual era necesario elegir cabeza de ellos mismos, ó fuese con nombre de jeque, ó de capitan, ó de alcaide, ó de rey, si les pluguiese, que los tuviese juntos en justicia y seguridad.»

Jeque llaman ellos el mas honrado de una generacion, quiere decir, el mas anciano: á estos dan el gobierno con autoridad de vida y muerte. Y porque esta nacion se vence tanto mas de la vanidad de la astrología y adivinanzas, cuanto mas vecinos estuvieron sus pasados de Caldea, donde la ciencia tuvo principio, no dejó de acordalles á este propósito, cuantos años atrás por boca de grandes sabios en movimiento y lumbre de estrellas, y profetas en su ley, estaba declarado, que se levantarian á tornar por sí; cobrarian la tierra y reinos que sus pasados perdieron, hasta señalar el mismo año despues que Mahoma les dió la ley (hegira le llaman ellos en su cuenta, que quiere decir el destierro, porque la dió siendo desterrado de Meca), y venia justo con esta rebelion. Representóles prodigios y apariencias extraordinarias de gente armada en el aire á las faldas de Sierra Nevada, aves de desusada manera dentro en Granada, partos monstruosos de animales en tierra de Baza, y trabajos del sol con el eclipse de los años pasados, que mostraban adversidad á los cristianos, á quien ellos atribuyen el favor, ó disfavor de este planeta; como á sí el de la luna.

Tal fue la habla que D. Fernando el zaguer les hizo; con que quedaron animados, indignados y resueltos en general de rebelarse presto, y en particular de elegir rey de su nacion; pero no quedaron determinados en el cuando precisamente, ni á quien. Una cosa muy de notar califica los principios de esta rebelion, que gente de mediana condicion mostrada á guardar poco secreto y hablar juntos, callasen tanto tiempo, y tantos hombres, en tierra donde hay alcaldes de corte y inquisidores, cuya profesion es descubrir delitos. Habia entre ellos un mancebo llamado D. Fernando de Valor, sobrino de D. Fernando el zaguer, cuyos abuelos se llamaron Hernandos y de Valor, porque vivian en Valor, el alto, lugar de la Alpujarra puesto cuasi en la cumbre de la montaña: era descendiente del linaje de Aben Humeya, uno de los nietos de Mahoma, hijos de su hija, que en tiempos antiguos tuvieron el reino de Córdoba y el Andalucía; rico de rentas, callado y ofendido, cuyo padre estaba preso por delitos en las cárceles de Granada. En este pusieron los ojos; así porque les movió la hacienda, el linaje, la autoridad del tio; como porque habia vengado la ofensa del padre matando secretamente uno de los acusadores, y parte de los testigos. De esta resolucion, aunque no tan en particular, hubo noticia, y fue el rey avisado; pero estaba el negocio cierto y el tiempo en duda: y, como suele acontecer á las provisiones en que se junta la dificultad con el temor, cada uno de los consejeros era en que se atajase con mayor poder; pero juntos juzgaban ser el remedio fácil, y las fuerzas de los ministros bastantes, el dinero poco necesario, porque habia de salir del mismo negocio; y menospreciaban esto, encareciendo el remedio de mayores cosas: porque los estados de Flandes desasosegados por el príncipe de Orange eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte en sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania, y designios de Italia, daban cuidado; y tanto mayor por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses, y alemanes; y por quejas de tributos, y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados. Esto dió á los enemigos mayor avilanteza, y á nosotros causa de dilacion. Comenzaron á juntar mas al descubierto gente de todas maneras: si hombre ocioso habia perdido su hacienda, malbaratándola por redimir delitos; si homicida, salteador ó condenado en juicio, ó que temiese por culpas que lo seria; los que se mantenian de perjurios, robos, muertes; los que la maldad, la pobreza, los delitos traían desasosegados, fueron autores ó ministros de esta rebelion. Si algun bueno habia y fuera de semejantes vicios, con el ejemplo y conversacion de los malos brevemente se tornaba como ellos; porque cuando el vínculo de la vergüenza se rompe entre los buenos, mas desenfrenados son en las maldades que los peores. En fin el temor de que eran descubiertos, y seria prevenida su determinacion con el castigo, movió á los que gobernaban el negocio, y entre ellos á D. Fernando el zaguer, á pensar en algun caso con que obligasen y necesitasen al pueblo á salir de tibieza, y tomar las armas. Juntáronse tercera vez las cabezas de la conjuracion y otras, con veinte y seis personas del Alpujarra á San Miguel en casa del Hardon, hombre señalado entre ellos, á quien mandó el duque de Arcos despues justiciar. Posaba en la casa del Carcí, yerno suyo: eligieron á D. Fernando de Valor por rey con esta solemnidad: los viudos á un cabo, los por casar á otro, los casados á otro, y las mujeres á otra parte. Leyó uno de sus sacerdotes, que llaman faquíes, cierta profecía hecha en el año de los árabes de... y comprobada por la autoridad de su ley, consideraciones de cursos y puntos de estrellas en el cielo, que trataba de su libertad por mano de un mozo de linaje real, que habia de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaria la de los cristianos. Dijo que esto concurria en D. Fernando, y concertaba con el tiempo. Vistiéronle de púrpura, y pusiéronle á torno del cuello y espaldas una insignia colorada á manera de faja. Tendieron cuatro banderas en el suelo, á las cuatro partes del mundo, y él hizo su oracion inclinándose sobre las banderas, el rostro al oriente (zalá la llaman ellos), y juramento de morir en su ley y en el reino; defendiéndola á ella, y á él, y á sus vasallos. En esto levantó el pie; y en señal de general obediencia postróse Aben Farax en nombre de todos, y besó la tierra donde el nuevo rey tenia la planta. Á este hizo su justicia mayor: lleváronle en hombros, levantáronle en alto diciendo: Dios ensalce á Mahomet Aben Humeya rey de Granada y de Córdoba. Tal era la antigua ceremonia con que elegian los reyes de la Andalucía, y despues los de Granada. Escribieron cartas los capitanes de la gente á los compañeros en la conjuracion; señalaron dia y hora para ejecutalla; fueron los que tenian cargos á sus partidos. Nombró Aben Humeya por capitan general á su tio Aben Jauhar, que partió luego para Cadiar, donde tenia casa y hacienda.

Pasaba el capitan Herrera á la sazon de Granada para Abra con cuarenta caballos, y vino á hacer la noche en Cadiar. Mas Aben Jauhar el zaguer, vista la ocasion tan á su propósito, habló con los vecinos persuadiéndoles que cada uno matase á su huésped. No fueron perezosos; porque pasada la media noche no hubo dificultad en matar muchos á pocos, armados á desarmados, prevenidos á seguros y torpes con el sueño, con el cansancio, con el vino: pasaron al capitan y á los soldados por la espada. Venida la mañana juntáronse, y tomaron lo áspero de la sierra, como gente levantada; donde ni hubo tiempo ni aparejo para castigallos. Este fue el primer exceso y mas descubierto con que los enemigos, ó por fuerza ó por voluntad fueron necesitados á tomar las armas sin otra respuesta de Berbería mas de esperanzas, y esas generales. Era entonces Selim el II, emperador de los turcos recien heredado, victorioso por la toma de Zigueto, plaza fuerte y proveida en Hungría: habia hecho nueva tregua con el emperador Maximiliano el II, concertándose con el sofí por la parte de Armenia, y por la de Suria con los jeques alárabes que le trabajaban sus confines, y con los genízaros, infantería que se suele desasosegar con la entrada de nuevo señor. Tenia en el ánimo las empresas que descubrió contra venecianos en Cipro, contra el rey de Túnez en Berbería; y que como no le convenia repartir sus fuerzas en muchas partes, así le convenia que las del rey católico estuviesen repartidas y ocupadas. Dícese, que en este tiempo vino del rey de Argel respuesta á los moriscos animándolos á perseverar en la prosecucion del tratado, pero excusándose de enviar el armada, con que esperaba órden de Constantinopla. El rey de Fez, como religioso en su ley, y del linaje de los Jarifes, tenidos entre los moros por santos, les prometió mas resuelto socorro. Todavía vinieron por medio de personas fiadas á tratar ambos reyes de la calidad del caso, de la posibilidad de los moriscos; y midiendo sus fuerzas de mar y tierra con las del rey de España, hallaron no ser bastantes para contrastalle: y aunque se confederaron, solo fue para que el rey de Argel hiciese la empresa de Túnez y Biserta, en tanto que el rey D. Felipe estaba ocupado en allanar la rebelion de Granada; y juntamente permitir que de sus tierras fuese alguna gente á sueldo en especial de moros andaluces, que se habian pasado á Berbería; y mercaderes pudiesen cargar armas, municiones, vitualla, con que los moriscos fuesen por sus dineros socorridos.

Alpujarra llaman toda la montaña sujeta á Granada, como corre de levante á poniente prolongándose entre tierra de Granada y la mar, diez y siete leguas en largo, y once en lo mas ancho, poco mas ó menos: estéril y áspera de suyo, sino donde hay vegas; pero con la industria de los moriscos (que ningun espacio de tierra dejan perder), tratable y cultivada, abundante de frutos y ganados y cria de sedas. Esta montaña como era principal en la rebelion, así la escogieron por sitio en que mantener la guerra, por tener la mar donde esperaba socorro, por la dificultad de los pasos y calidad de la tierra, por la gente que entre ellos es tenida por brava. Habian ya pensado rebelarse otras dos veces antes, una jueves santo, otra por setiembre de este año: tenian prevenido á Aluch Alí con el armada de Argel; mas él entendiendo que el conde de Tendilla estaba avisado y aguardándole en el campo, volvió, dejándose de la empresa, con el armada á Berbería. En fin á los veinte y tres de diciembre, luego que sucedió el caso de Cadiar, la misma gente con las armas mojadas en la sangre de aquellos pocos, salieron en público; movieron los lugares comarcanos y los demás de la Alpujarra, y rio de Almería, con quien tenian comun el tratado, enviando por corredores, y para descubrir los ánimos y motivo de la gente de Granada y la Vega, á Farax Aben Farax con hasta ciento y cincuenta hombres, gente suelta y desmandada, escogida entre los que mayor obligacion y mas esfuerzo tenian. Ellos recogiendo la que se les llegaba, tomaron resolucion de acometer á Granada, y caminaron para ella con hasta seis mil hombres mal armados, pero juntos y con buena órden, segun su costumbre.

En España no habia galeras: el poder del rey ocupado en regiones apartadas, y el reino fuera de tal cuidado, todo seguro, todo sosegado: que tal estado era el que á ellos parecia mas á su propósito. Los ministros y gente en Granada mas sospechosa, que proveida; como pasa donde hay miedo y confusion. Pero fue acontecimiento hacer aquella noche tan mal tiempo, y caer tanta nieve en la sierra que llaman Nevada y antiguamente Soloria, y los moros Solaira; que cegó los pasos y veredas cuanto bastaba, para que tanto número de gente no pudiese llegar. Mas Farax con los ciento y cincuenta hombres poco antes del amanecer entró por la puerta alta de Guadix, donde junta con Granada el camino de la sierra, con instrumentos y gaitas, como es su costumbre. Llegaron al Albaicin, corrieron las calles, procuraron levantar el pueblo haciendo promesas, pregonando sueldo de parte de los reyes de Fez y Argel, y afirmando que con gruesas armadas eran llegados á la costa del reino de Granada: cosa que escandalizó y atemorizó los ánimos presentes; y á los ausentes dió tanto mas en que pensar, cuanto mas lejos se hallaban: porque semejantes acaecimientos, cuanto mas se van apartando de su principio, tanto parecen mayores, y se juzgan con mayor encarecimiento. ¡Y qué en un reino pacífico, lleno de armas, prudencia, justicia, riquezas; gobernado por el rey que pocos años antes habia hecho en persona el mayor principio que nunca hizo rey en España; vencido en un año dos batallas; ocupado por fuerza tres plazas al poder de Francia; compuesto negocio tan desconfiado como la restitucion del duque de Saboya; hecho por sus capitanes otras empresas; atravesado sus banderas de Italia á Flandes (viaje al parecer imposible), por tierras y gentes, que despues de las armas romanas nunca vieron otras en su comarca; pacificado sus estados con victorias, con sangre, con castigos; dentro, en el reposo, en la seguridad de su reino, en ciudad poblada por la mayor parte de cristianos, tanto mar en medio, tantas galeras nuestras; entrase gente armada con espadas de tantos hombres por medio de la ciudad, apellidando nombres de reyes infieles enemigos! Estado poco seguro es el de quien se descuida, creyendo que por sola su autoridad nadie se puede atrever á ofendelle. Los moriscos, hombres mas prevenidos que diestros, esperaban por horas la gente de la Alpujarra: salian el Tagari y Monfarrix, dos capitanes, todas las noches al cerro de Santa Helena por reconocer; y salieron la noche antes con cincuenta hombres escogidos, y diez y siete escalas grandes, para juntándose con Farax entrar en el Alhambra; mas visto que no venian al tiempo, escondiendo las escalas en una cueva se volvieron, sin salir la siguiente noche, pareciéndoles, como poco pláticos de semejantes casos, que la tempestad estorbaria á venir tanta gente junta, con que pudiesen ellos y sus compañeros poner en ejecucion el tratado del Alhambra; debiéndose esperar semejante noche para escalarla. Mas los del Albaicin estuvieron sosegados en las casas, cerradas las puertas, como ignorantes del tratado, oyendo el pregon; porque aunque se hubiese comunicado con ellos, no con todos en general ni particularmente; ni estaban todos ciertos del dia (aunque se dilató poco la venida), ni del número de la gente, ni de la órden con que entraban, ni de la que en lo por venir temian. Díjose, que uno de los viejos abriendo la ventana, preguntó: cuantos eran, y respondiéndole: seis mil, cerró, y dijo: pocos sois, y venis presto, dando á entender que habian primero de comenzar por el Alhambra, y despues venir por el Albaicin, y con las fuerzas del rey de Argel. Tampoco se movieron los de la Vega, que seguian á los del Albaicin; especialmente no oyendo la artillería del Alhambra que tenian por contraseño. Habia entre los que gobernaban la ciudad emulacion y voluntades diferentes; pero no por esto así ellos como la gente principal y pueblo, dejaron de hacer la parte que tocaba á cada uno. Estúvose la noche en armas; tuvo el conde de Tendilla el Alhambra á punto, escandalizado de la música morisca, cosa en aquel tiempo ya desusada; pero avisado de lo que era, con mejor guardia. El marqués, aunque no tenia noticia del contraseño que los moros habian dado á la gente de la Vega, y él le tenia dado á la gente de la ciudad, que en la ocasion habia de disparar tres piezas; temiendo que si se hacia pensasen los moros que estaba en aprieto, y acometiesen el Alhambra, en que habia poca guardia, mandó que ningun movimiento se hiciese, ni se pidiese gente á la ciudad; que fue la salvacion del peligro, aunque proveido á otro propósito; porque acudiendo los moriscos de la Vega al contraseño, necesitaban á los del Albaicin á declararse y juntarse con ellos, y como descubiertos combatir la ciudad. Bajó el conde á la plaza nueva y puso la gente en órden: acudieron muchos de los forasteros y de la ciudad, personas principales, al presidente D. Pedro de Deza por su oficio, por el cuidado que le habian visto poner en descubrir y atajar el tratado, por su afabilidad, buena manera generalmente con todos, y algunos por la diferencia de voluntades que conocian entre él y el marqués de Mondejar. Este, con solos cuatro de á caballo y el corregidor, subió al Albaicin, mas por reconocer lo pasado, que suspender el daño que se esperaba, ó asosegar los ánimos que ya tenia por perdidos, contento con alargar algun dia el peligro; mostrando confianza, y gozar del tiempo que fuese comun á ellos, para ver como procedian sus valedores; y á él para armarse y proveerse de lo necesario, y resistir á los unos y á los otros. Hablóles: «encareció su lealtad y firmeza, su prudencia en no dar crédito á la liviandad de pocos y perdidos, sin prendas, livianos; hombres que con las culpas ajenas pensaban redimir sus delitos ó adelantarse. Tal confianza se habia hecho siempre, y en casos tan calificados de la voluntad que tenian al servicio del rey, poniendo personas, haciendas y vidas con tanta obediencia á los ministros; ofreciéndose de ser testigo, y representador de su fe y servicios, intercediendo con el rey para que fuesen conocidos, estimados y remunerados.» Pero ellos respondiendo pocas palabras, y esas mas con semblante de culpados y arrepentidos que de determinados, ofrecieron la obra y perseverancia que habian mostrado en todas las ocasiones; y pareciéndole al marqués bastar aquello sin quitalles el miedo que tenian del pueblo, se bajó á la ciudad. Habia ya enviado á reconocer los enemigos; porque ni del propósito, ni del número, ni de la calidad de ellos, ni de las espaldas con que habian entrado se tenia certeza, ni del camino que hacian. Refirieron que habiendo parado en la casa de las Gallinas, atravesaban el Genil la vuelta de la sierra; puso recaudo en los lugares que convenia; encomendó al corregidor la guardia de la ciudad; dejó en el Alhambra donde habia pocos soldados mal pagados, y estos de á caballo, el recaudo que bastaba, juntando á este los criados y allegados del conde de Tendilla, personas de crédito y amistades en la ciudad. Él con la caballería que se halló, siguió á los enemigos llevando consigo á su yerno y hijos[44]: siguiéronle, parte por servir al rey, parte por amistad, ó por probar sus personas, por curiosidad de ver toda la gente desocupada y principal que se hallaba en la ciudad. Salió con la gente de su casa el conde de Miranda D. Pedro de Zúñiga[45], que á la sazon residia en pleitos, grande, igual en estado y linaje: eran todos pocos, pero calificados. Mas los enemigos, visto que los vecinos del Albaicin estaban quedos, y los de la Vega no acudian; con haber muerto un soldado, herido otro, saqueado una tienda y otra como en señal de que habian entrado, tomaron el camino que habian traido, y por las espaldas de la Alhambra prolongando la muralla, llegaron á la casa que por estar sobre el rio llamaban los moros Dar-al-huet, y nosotros de las Gallinas, segun los atajadores habian referido. Pararon á almorzar, y estuvieron hasta las ocho de la mañana; todo guiado por Farax para mostrar que habia cumplido con la comision, y acusar á los del Albaicin ó su miedo ó su desconfianza, y aun con esperanza que llegada la gente de la Alpujarra harian mas movimiento. Pero despues que ni lo uno ni lo otro le sucedió, acogióse al camino de Nigueles arrimándose á la falda de la montaña, y puesto en lo áspero, caminó haciendo muestra que esperaba. Pocos de la compañía del marqués alcanzaron á mostrarse, y ninguno llegó á las manos por la aspereza del sitio; aunque le siguieron por el paso del rio de Monachil hasta atravesar el barranco, y de allí al paraje de Dilar, por donde entraron sin daño en lo mas áspero.