Mientras el duque se ocupaba en esto, salió D. Juan de Austria de Baza con su campo para Galera, adonde puso su cerco enviando á reconocella; y considerando primero el daño que de un castillo que estaba en la parte alta les podia venir, se trató de minalla, y habiendo hecho algunas minas, les pusieron fuego, con que cayó un gran pedazo del muro con muerte de algunos de los moros cercados. Algunos soldados de los nuestros, de ánimos alboratados, arremetieron luego por medio del humo y confusion sin aguardar tiempo ni órden conveniente, á los cuales siguieron otros muchos y al fin gran parte del ejército, procurando embestir la fortaleza por el destrozo que las minas habian hecho, todo sin hacer efecto, por estar un peñon delante. Los enemigos estaban puestos en arma, y haciendo á su salvo mucho daño en los cristianos con muchas rociadas de arcabuces y flechas, sin ser necesaria la puntería, porque no echaban arma que diese en vacío, sin que esto fuese parte para hacer retirar los ánimos obstinados de los soldados, ni ninguna prevencion ni diligencia de oficiales y capitanes. Tanto que necesitó á D. Juan de Austria á ponerse con su persona al remedio del daño, y no con poco peligro de la vida; porque andando con suma diligencia y valor persuadiendo á los soldados que se retirasen sin olvidarse de las armas, fue herido en el peto con un balazo, que aunque no hizo daño en su persona, escandalizó mucho á todo el campo, particularmente á su ayo Luis Quijada que nunca le desamparaba, cuyas persuasiones obligaron á D. Juan á retirarse por el inconveniente que se sigue en un ejército del peligro de su general. Mas ordenó al capitan D. Pedro de Rios y Sotomayor que con diligencia hiciese retirar la gente porque no se recibiese mas daño; el cual entró por medio de los nuestros con una espada y rodela, á tiempo que se conocia alguna mejoría de nuestra parte, diciendo: Afuera, soldados, retirarse afuera, que así lo manda nuestro príncipe. Habia ya cesado algun tanto el alarido y voces, de suerte que se oían claro las cajas á recoger, y todo junto fue parte para que tuviese fin este asalto tan inadvertido. Aquí se mostró buen caballero D. Gaspar de Sámano y Quiñones; porque habiendo con grande esfuerzo y valentía subido de los primeros en el lugar mas alto del muro, y sustentado con la mano el cuerpo para hacer un salto dentro, le fueron cortados los dedos por un turco que se halló cerca de él, sin que esto le perturbase nada de su valor echó la otra mano y porfió á salir con su intento, y saltar del muro adentro, mas no dándole lugar los enemigos, le fue resistido de manera que dieron con él del muro abajo. No fue parte este daño para que á los nuestros les faltase voluntad de continuarle segunda vez otro dia, y así lo pidieron á D. Juan: el cual pareciéndole no ser bien poner su gente en mas riesgo con tan poco fruto, y tratádose en consejo mandó que hiciesen un par de minas para que en este tiempo se entretuviesen y descansasen los soldados. Los enemigos considerando su peligro cercano y la tardanza de socorro, despacharon á Abenabó pidiéndole favor, á lo cual Abenabó cumplió con solas esperanzas, porque la diligencia del duque en lo del Alpujarra le traía sobre aviso, temeroso y puesto en armas. Acabadas las minas mandó D. Juan que se encendiesen la una una hora antes que la otra. Hízose, y la primera rompió catorce brazas de muralla, aunque con poco daño de los cercados, por estar prevenidos en el hecho; y así seguros de mas ofensa se opusieron á la defensa de lo que estaba abierto, unos trayendo tierra, madera y fagina para remediarlo, y otros procurando ofender con mucha priesa de tiros continuos: y estando en esto sucedió luego la otra mina que derribando todo lo de aquella parte hizo gran estrago en los enemigos, y tras esto cargando la artillería de nuestra parte se comenzó el asalto muy riguroso; porque no teniendo los moros defensa que los encubriese y amparase, eran forzados á dejar el muro con pérdida de muchas vidas: adonde se mostró buen caballero por su persona D. Sancho de Avellaneda herido del dia antes, haciendo muchas muestras de gran valor entre los enemigos, hasta que de un flechazo y una bala todo junto murió. Siguióse la victoria por nuestra parte hasta que del todo se rindió Galera, sin dejar en ella cosa que la contrastase que todo no lo pasasen á cuchillo. Repartióse el despojo y presa que en ella habia, y púsose el lugar á fuego, y así por no dejar nido para rebelados, como porque de los cuerpos muertos no resultase alguna corrupcion: lo cual todo acabado ordenó D. Juan que el ejército marchase para Baza adonde fue recibido con mucho regocijo.

Hallábase Abenabó en Andarax resoluto de dejar al duque el paso de la Alpujarra, combatille los alojamientos, atajarle las escoltas, cierto que la gente cansada, hambrienta, sin ganancia, le dejaria. Este dicen que fue parecer de los turcos, ó que le tuviesen por mas seguro, ó que hubiesen comenzado á tratar con D. Juan de su tornada á Berbería, como lo hicieron, y no quisiesen despertar ocasiones con que se rompiese el tratado. Pero á quien considera la manera que en esta guerra se tuvo de proceder por su parte desde el principio hasta el fin, pareceránle hombres que procuraban detenerse, sin hacer jornada, por falta de cabezas y gente diestra, ó con esperanza de ser socorridos para conservarse en la tierra, ó de armada para irse á Berbería con sus mujeres, hijos, y haciendas: y así teniendo muchas ocasiones, las dejaron perder como irresolutos y poco pláticos. Partió de Orgiba el duque, despues de haberse detenido en fortificarla y esperar la entrada de D. Juan treinta dias, la vuelta de Poqueira: mas Abenabó, teniendo aviso que el duque partia, y que de Granada pasara una gruesa escolta al cargo del capitan Andrés de Mesa, con cuatrocientos soldados de guarda y algunos caballos, púsose delante en el camino que va á Jubiles por donde el duque habia de pasar, haciendo muestra de mucha gente, y tener ocupadas las cumbres: trabó una gruesa escaramuza con la arcabucería del duque, haciendo espaldas con cuasi seis mil hombres en cuatro batallas. Reforzó el duque la escaramuza apartando los enemigos con la artillería; y tomó el camino de Poqueira por el rodeo: los enemigos creyendo que el duque les tomaba las espaldas, desampararon el sitio: mas en el tiempo que duró la escaramuza acometieron á la escolta de Andrés de Mesa, en la cuesta de Lanjaron, Dali capitan turco y el Macox con mil hombres, y rompiéronla sin matar ó cautivar mas de quince: solo se ocuparon en derramar vituallas, matar bagajes, escoger y llevar otros cargados: pelearon al principio, pero poco; mataron el caballo á D. Pedro de Velasco, que aquel dia fue buen caballero y salvóse á las ancas de otro. Enviábale el rey á dar priesa en la salida del duque, y llevar relacion del campo, y mandar lo que se habia de hacer. Súpose de un moro á quien cautivaron tres soldados que solo siguieron el campo de Abenabó, como su intento solo habia sido entretener al duque: pero él luego que entendió el caso de Andrés de Mesa, mas por sospechas que por aviso, envió caballería que le hiciese espaldas, y llegaron á tiempo que hicieron provecho en salvar la gente ya rota, y parte de la escolta. Hecho esto se siguió el camino de los aljibes entre Ferreira y rio de Cadiar por el de Jubiles, y aquella noche tarde hizo alojamiento en ellos. Tenia la guardia Joaibi con quinientos arcabuceros, que viendo alojar los nuestros tarde y con cansancio y por esto con alguna desórden, dió en el campo, y túvole en arma gran parte de la noche, llegando hácia el cuerpo de guardia, y matando alguna gente desmandada, pero fue resistido sin seguillo, por no dar ocasion á la gente que se desordenase de noche. Dicen que si los enemigos aquella noche cargaran, que se corria peligro; porque la confusion fue grande, y la palabra entre la gente comun, viles, que mostraba miedo: mas valió el ánimo y la resolucion de la gente particular, y la provision del duque enderezada á deshacer los enemigos sin aventurar un dia de jornada: en que parecian conformarse Abenabó y él; porque cada uno pensaba deshacer al otro y rompelle con el tiempo y falta de vitualla, y salieron ambos con su pretension. Envió Abenabó á retirar al Joaibi, siguiendo el parecer de los turcos, y despues por bando público mandó, que sin órden suya no se escaramuzase, ni desasosegasen nuestro campo. Vino el duque á Jubiles por el camino de Ferreira, adonde halló el castillo desamparado, y comenzado á reparar, envió á D. Luis de Córdoba, y á D. Luis de Cardona, con cada mil infantes, y ciento y cincuenta caballos, que corriesen la tierra á una y otra parte, pero no hallaron sino algunas mujeres y niños: y llegó á Ujijar, sin dejar los moros de mostrarse á la retaguardia, y de allí sin estorbo á Valor, donde se alojaron.

Salió D. Juan de Baza la vuelta de Seron con intento de combatilla, y llegando con su campo á vista de Caniles, recibió cartas del duque pidiéndole con grande instancia la brevedad de su venida, proponiéndole ser toda la importancia para que hubiese fin la guerra del Alpujarra, dando por último remedio que se juntasen los dos campos, y cogiesen en medio á Abenabó. Pareciéndole á D. Juan este buen medio, sin mas detenerse caminó la vuelta del campo del duque, y marchando el suyo llegaron á vista de Seron, donde algunos pocos soldados desmandados viendo los moros tan puestos en defensa, no lo pudiendo sufrir, se movieron á quererlos combatir (contra el presupuesto de D. Juan) diciendo en alta voz: nuestro príncipe piensa vanamente, si pretende pasar de aquí sin castigar esta desvergüenza, y diciendo: Cierra, cierra, Santiago y á ellos, los siguieron otros muchos incitados de su ejemplo, y tras ellos toda la demás gente sin que valiese ninguna resistencia; y sin mas autoridad ni órden embistieron el lugar con tan grande ímpetu, que aunque salieron los moros de Tijola, no fue parte para que dejasen de allanar el lugar del primer asalto, y le metiesen á sacomano: aunque no les salió á algunos tan barata esta jornada, la cual lo poco que duró fue bien reñida, y adonde entre otros fue herido Luis Quijada de un peligroso balazo que le quitó la vida con grande sentimiento de D. Juan conforme al mucho amor que le tenia. No tuvo aun casi lugar D. Juan de atender á este sentimiento, provocado de mil moros que se metieron en Seron, y le dieron ocasion de mas batalla; y no la rehusando, volvió sobre ellos con deseo de acabar esta ocasion por acudir á las cosas del Alpujarra, lo cual hizo despues de algunas dificultades livianas con un asalto que fue el remate de esta vitoria. Este dia se señaló D. Lope de Acuña, mostrando bien el gran ser de que siempre estuvo acompañado en muchas ocasiones.

Abenabó, visto que el duque de Sesa estaba en el corazon de la Alpujarra, repartió su campo y la gente de vecinos que traía consigo; puso ochocientos hombres entre el duque y Orgiba, para estorbar las escoltas de Granada; envió mil con Mojajar á la sierra de Gador, y á lo de Andarax, Adra, y tierra de Almería: seiscientos con Garral á la sierra de Bentomiz, de donde habia salido D. Antonio de Luna, dejando proveido el fuerte de Competa, para correr tierra de Velez; envió parte de su gente á la sierra Nevada y el Puntal, que corriesen lo de Granada: quedó él con cuatro mil arcabuceros y ballesteros, y de estos traía los dos mil sobre el campo del duque, que con la pérdida de la escolta estaba en necesidad de mantenimientos: pero entretúvose con fruta seca, pescado y aceite, y algun refresco que Pedro Verdugo le enviaba de Málaga, hasta que viendo por todas partes ocupados los pasos: mandó al marqués de la Favara, que con mil hombres y cien caballos, y gran número de bagajes atravesase el puerto de la Ravaha, y cargase de vitualla en la Calahorra: porque fuese dos veces nombrada con hambre y hierro en daño nuestro; adonde habia hecha provision, y tan poco camino que en un dia se podia ir y venir. Dicen que el marqués rehusó la gente que se le daba, por ser la que vino de Sevilla, pero no la jornada; y siendo asegurado que fuese cual convenia, partió antes de amanecer con las compañías de Sevilla, y sesenta caballos de retaguardia: y él con trescientos infantes y cuarenta caballos de vanguardia; los embarazos de bagajes, y bagajeros, enfermos, esclavos en medio; la escolta guarnecida de una y otra parte con arcabucería. Mas porque parece que en la gente de Sevilla se pone mácula, siendo de las mas calificadas ciudades que hay en el mundo, hase de entender, que en ella como en todas las otras se juntan tres suertes de personas: unas naturales, y estos cuasi así la nobleza como el pueblo son discretos, animosos, ricos, atienden á vivir con sus haciendas ó de sus manos; pocos salen á buscar su vida fuera, por estar en casa bien acomodados: hay tambien extranjeros, á quien el trato de las Indias, la grandeza de la ciudad, la ocasion de ganancia ha hecho naturales, bien ocupados en sus negocios, sin salir á otros; mas los hombres forasteros que de otras partes se juntan al nombre de las armadas, al concurso de las riquezas, gente ociosa, corrillera, pendenciera, tahura, hacen de las mujeres públicas ganancia particular, movida por el humo de las viandas; estos como se mueven por el dinero que se da de mano á mano, por el sonido de las cajas, listas de las banderas; así facilmente las desamparan, con el temor de ellas en cualquier necesidad apretada, y á veces por voluntad: tal era la gente que salió en guardia de aquella escolta. El marqués, sin noticia de los enemigos ni de la tierra, sin ocupar lugares ventajosos, y confiado que la retaguardia haria lo mismo, como quien llevaba en el ánimo la necesidad en que dejaba el campo, y no que la diligencia fuera de tiempo es por la mayor parte dañosa comenzó á caminar aprisa con la vanguardia: pero los últimos que aun sin impedimento suelen de suyo detenerse y hacer cola, porque el delantero no espera, y estorba á los que le siguen, y el postrero es estorbado, y espera; abrieron mucho espacio entre sí, y la escolta hizo lo mismo entre sí y la vanguardia. Mas Abenabó, incierto por donde caminaria tanto número de gente, mandó al alcaide Alarabi, á cuyo cargo estaba la tierra del Zenette, que siguiese con quinientos hombres (Zenette llaman aquella provincia, ó por ser áspera, ó por haber sido poblada de los Zenettes; uno de cinco linajes alárabes que conquistaron á África y pasaron en España, que es lo mas cierto). Partió el Alarabi su gente en tres partes, él con cien hombres quiso dar en la escolta: al Piceni de Guejar con doscientos ordenó que acometiese la retaguardia por la frente: y al Martel del Zenette con otros doscientos la rezaga de la vanguardia, entrando entre la escolta y ella, al tiempo que él diese en la escolta; y en caso que no le viesen cargar con toda la gente, que estuviesen quedos y emboscados, dejándola pasar. Los nuestros parándose á robar pocas vacas y mujeres, que por ventura los enemigos habian soltado para dividirlos y desordenarlos, fueron acometidos del Alarabi con solos cuatro arcabuceros por la escolta, cargados de otros treinta que les hacian espaldas, y puestos en confusion: tras esto cargó el resto de la gente del Alarabi, que rompió del todo la escolta, sin hacer resistencia los que iban á la defensa. Dió el Piceni en la caballería, que era de retaguardia, la cual rompió, y ella la infantería; lo mismo hizo Martel con los últimos de la vanguardia del marqués al arroyo de Vayarzal, lo uno y lo otro tan callando, que no se sintió voz ni palabra. Iba el Piceni ejecutando la retaguardia de manera, que parecia á los nuestros que lo vian ir ejecutando al Martel. Siguieron este alcance sin volver la caballería, ni rehacerse la infantería hasta cerca de la Calahorra, todos á una, matando el Alarabi enfermos y bagajeros, y desviando bagajes; llegó el arma con el silencio y miedo de los nuestros al marqués tan tarde, que no pudo remediar el inconveniente, aunque con veinte caballos y algunos arcabuceros procuró llegar: murieron muchos enfermos que iban en la escolta, muchos de los moros y bagajeros; entre estos y soldados cuasi mil personas: quitaron setenta moriscas cautivas, y lleváronse mas de trescientas bestias sin las que mataron; cautivaron quince hombres, no perdieron uno, aconteció esta desgracia en 16 de abril. Llevó el marqués las sobras de la gente rota y lo demás de lo que pudo salvar á la Calahorra, y reformándose de gente en Guadix, salió adonde estaba D. Juan. Los enemigos, habiendo puesto la presa en cobro, quedaron seis dias en el paso y por la sierra.

Mas el duque entendiendo la desgracia, y el poco aparejo de proveerse por la parte de Guadix, fiando poco de la gente, quiso acercarse mas á la mar por haber vitualla de Málaga; y por ser el abril entrado, y dar el gasto á los panes, quitar á los enemigos el paso para Berbería, vino á Verja ya despues de haber talado la cogida en el Alpujarra: y hizo lo mismo en el campo de Dalias, donde tenian las esperanzas de cebada y grano. Al alojar en Verja hubo una pequeña escaramuza, en que murieron de los nuestros algunos; de los moros segun ellos cuarenta. Mas la hambre y poca ganancia, y el trabajo de la guerra, y la costumbre de servir á su voluntad y no á la de quien los manda, pudo con los soldados tanto, que sin respeto de que hubiesen sido bien tratados de palabra, y ayudados de obra, con dinero, con vitualla, quitando lo uno y lo otro á la gente de su casa, y á veces á su persona, se desranchaban como habian hecho con el marqués de Velez: pero acostumbrado á ver y sufrir semejantes vueltas en los soldados, vino de Verja á Adra, donde tuvo mas vitualla, aunque no mas sosiego con la gente: parecíales desacato culparle, y volvianse contra D. Juan de Mendoza, y decian palabras sin causa; acriminábanle la muerte de un soldado de quien hizo justicia como juez, porque debia ser loado; amenazaban, protestaban de no quedar á su gobierno; excusábanse de D. Juan que ya andaba entre ellos recatado: no dejaban de poner bolatines (llaman ellos bolatines, las cédulas que de noche esparcen con las quejas contra sus cabezas cuando andan en celo para amotinarse, en que declaran su ánimo, y mueven los no determinados con quejas y causas de sus cabezas); saliéronse de Adra trescientos arcabuceros, ó fuese, segun ellos publicaban, haciendo escolta á un correo: y dando en los enemigos fueron los doscientos y treinta muertos por el alcaide Alarabi y el Mojajar, y cautivos setenta: no se supo mas de lo que los moros refieren, y que entendiendo de uno de los cautivos como nuestro campo habia desalojado de Ujijar con pérdida y desórden, y dejado municiones escondidas, sacaron de un aljibe cantidad de plomo, municiones y embarazos. En el mismo tiempo mataron los moros, que Abenabó enviaba la vuelta de Bentomiz, gente de sus casas que iban á Salobreña, y entre ellos mercaderes italianos y españoles, tomándoles el dinero: y los que envió hácia Granada cautivaron peleando con muchas heridas á D. Diego Osorio, que venia con despachos del rey para D. Juan y el duque, en que se trataba la resolucion de la guerra, y concierto que se habia platicado con los moros y turcos por mano del Habaqui; matáronle veinte arcabuceros de escolta, y él tuvo manera como soltarse; y aunque herido, vino sin las cartas á Adra.

Ya D. Juan trataba con calor la reduccion de los moros, y la ida de los turcos á Berbería: mas algunos de los ministros (ó que les pareciese hacer su parte, y prevenir las gracias á D. Juan, ó que mas facilmente se podia acabar, cuanto por mas partes se tratase con ellos) metiéronse á platicar de conciertos (dicen que algunos sobresanadamente) y dejaban de condenar la manera del trato que D. Juan traía, holgando que se publicasen por concedidas las condiciones que los enemigos pedian, aunque exorbitantes. Por otra parte en Granada cuanto á la guerra se procedia con toda seguridad en el gobierno del presidente; pero cuanto á la paz con licencia, en el tratamiento que se hacia á los moriscos reducidos, y que venian á reducirse, y poniendo algunos impedimentos, y mostrando celos de D. Alonso Menegas, enviaban moriscos á toda Castilla: sacaban los ministros muchos para galeras, denostaban á los que se iban á rendir, y por livianas causas los daban por cautivos, su ropa perdida; trataban del encierro como perjudicial, ayudábanse por vias indirectas del cabildo de la ciudad que estaba oprimido y sujeto á la voluntad de pocos, todo en ocasion de estorbo: no dando cuenta particular á D. Juan para que él la diese al rey, haciendo cabeza de sí mismos, escribiendo primero por su parte con palabras sobresanadas, tocaban á veces en su autoridad, ó fuese (segun el pueblo) para que las armas no les saliesen de las manos, ó ambiciones de su opinion, por excluir toda manera de medios, que no fuese sangre, ofendidos que pasase algo sin darles cuenta particular. Los efectos manifiestos daban licencia para que fuesen juzgados diversamente, y todos en daño del negocio; y aun añadian que estando el rey en Córdoba, no faltaba atrevimiento para escribir trocadamente, y hacer negociacion del estorbo, sospechando él alguna cosa: atrevimiento que suele acontecer á los que andan por las Indias, con los que desde España los gobiernan; por donde hay mas que maravillar de la disimulacion que los reyes tienen cuando siguen sus pretensiones, que pasan por los estorbos sin dar á entender que son ofendidos.

Tenia el duque avisos ansí por espías como por cartas tomadas, que los turcos se armaban para socorrer á Abenabó, por la parte de Castil de Ferro, aunque pequeño, á propósito para desembarcar gente, y por el aparejo de la Rambla juntarse seguramente con los enemigos. Parecíale que si esto se hacia, deshaciéndose por horas de su gente, podia ser ofendido, ó á lo menos encerrado con poca reputacion nuestra, y mucha de ellos. Acordó combatir aquella plaza y los enemigos, si viniesen á socorrerla; y trujo por mar de Almería piezas de batir, púsose sobre ella, repartió los cuarteles, vinieron las galeras en ayuda y para impedir el socorro de Argel, encomendó la batería al marqués de la Favara, que puso diligencia en asentarla. Llegóse y combatió por mar con las galeras, y por tierra con tanta priesa, que abrió portillo para batalla. Murieron dentro algunos con la artillería, y entre los principales Leandro; á cuyo cargo estaba el castillo, sin otro daño nuestro mas del poco que sus piezas hicieron en una galera. Los soldados turcos y moros que estaban á la defensa, que eran cincuenta y dos, desconfiados del socorro de Berbería, sus armas en las manos y una mujer consigo, salieron por la batería y nuestras centinelas, con la escuridad de la noche y confusion de la arma, guiándolos Mevaebal, su capitan, que dos dias antes habia entrado. Es fama (que de los nuestros procedió) que de ellos murieron doce, pero no se vieron en nuestro campo, y refieren los moros que todos llegaron al de Abenabó, algunos de ellos heridos. Desamparado Castil de Ferro envió por la mañana á D. Juan de Mendoza y al marqués de la Favara y otros, que se apoderasen de él. Hallaron dentro algunos viejos, y berberíes, y turcos mercaderes, hasta veinte hombres, y diez y siete mujeres de moriscos que las tenian para embarcar, alguna ropa, veinte quintales de bizcocho, y la artillería que antes estaba en el castillo poca y ruin. Entendióse por uno de estos moros que estándole batiendo llegaron catorce galeras de turcos con socorro, y se tornaron oyendo el ruido de la artillería. Sonó la toma de Castil de Ferro, tanto por el aparejo y la importancia del sitio, por haber sido perdido y recuperado, por ser en ocasion que los enemigos venian á darle socorro, cuanto por la calidad del hecho.

En el mismo tiempo envió D. Juan á D. Antonio de Luna con mil y quinientos infantes de la tierra, las compañías del duque de Sesa y Alcalá, y la caballería de los duques de Medina Sidonia y Arcos, para que asegurase la tierra de Velez Málaga contra los que en Frijiliana se habian recogido. Salió de Antequera con esta gente, mas con poco trabajo, escaramuzando á veces, unas con ventaja suya, otras de los moros, comenzó un fuerte en Competa, legua y media de Frijiliana, lugar que fue donde antiguamente se juntaban de la comarca en una feria, y por esto le llamaban los romanos Compita, agora piedras y cimientos viejos, como quedaron muchos en el reino de Granada: otro hizo en el Saliar; y con haber enviado mil hombres á correr el rio de Chillar, y tornado con poca presa y pérdida igual, dejando en los fuertes cada dos compañías, volvió la gente á Antequera, y él á su casa con licencia. Recogióse el duque con su campo en Adra esperando en que pararia la plática que se traía con el Habaqui, donde fue proveido de Málaga por Pedro Verdugo bastantemente, y con algun regalo. Pasaban seguras las escoltas de su campo al de Don Juan; pero los soldados, gente libre y disoluta, á quien por entonces la falta de pagas y vitualla habia dado mas licencia, y quitado á los ministros el aparejo de castigarlos, estaban con igual descontentamiento en la abundancia que en la hambre; huían como, y por donde, y siempre que podian; de tantas compañías quedaron solos mil y quinientos hombres, los mas de ellos particulares y caballeros que seguian al duque por amistad; con ellos mantenia y aseguraba mar y tierra. Tornó el rey á Córdoba por Jaen y por Ubeda y Baeza, remitiendo la conclusion de las cortes para Madrid donde llegó.

No era negocio de menos importancia y peligro lo de la sierra de Ronda, porque estaba cubierto, y los ánimos de los moriscos con la misma indignacion que los de la Alpujarra y rio de Almería y Almanzora: montaña áspera y difícil, de pasos estrechos, rotos en muchas partes, ó atajados con piedras mal puestas, y árboles cortados y atravesados; aparejos de gente prevenida. El consejo mas seguro pareció al rey, antes que se acabasen de declarar, asegurarse, sacándolos fuera de la tierra con sus familias como á los demás. Para esto mandó á D. Juan que enviase á Don Antonio de Luna con la gente que le pareciese, y que por halagos y con palabras blandas, sin hacerles fuerza ni agravio, ó darles ocasion de tomar las armas, los pusiese en tierra de Castilla adentro, enviando con ellos guarda bastante. Recibida la órden de D. Juan partió D. Antonio de Antequera á 20 de mayo, llevando consigo dos mil y quinientos infantes de guarda de aquella ciudad, y cincuenta caballos. Era toda la gente que D. Antonio sacó de Ronda cuatro mil y quinientos infantes, y ciento y diez caballos. El dia que partió, envió á Pedro Bermudez, á quien el rey habia enviado á la guardia de aquella ciudad, para que con quinientos infantes en Jubrique, pueblo de importancia y lugar á propósito, estuviese haciendo espaldas á los que habian de sacar los moriscos: juntamente repartió las compañías por otros lugares de la tierra; dándoles órden que en una hora todos á un tiempo comenzasen á sacar los moros de sus casas. Partieron el sol levantado á las ocho horas de la mañana. Mas los moros, que estaban sospechosos y recatados, como descubrieron nuestra gente, subiéronse con sus armas á la montaña, desamparando casas, mujeres, hijos y ganados: comenzaron á robar los soldados (como es costumbre), cargarse de ropa, hacer esclavos toda manera de gente, hiriendo, matando sin diferencia á quien daba alguna manera de estorbo. Vista por los moros la desórden, bajaban por la sierra, mataban los soldados, que codiciosos y embebidos con el robo desampararon la defensa de sí mismos y de sus banderas: iba esta desórden creciendo con la escuridad de la noche: mas Pedro Bermudez, hombre usado en la guerra, dejando alguna gente en la iglesia de Jubrique á la guarda de las mujeres, niños y viejos, que allí tenia recogidos, escogió fuera del lugar sitio fuerte donde se recogiese: entraron los moros en el lugar, y combatiendo la iglesia sacaron los que en ella estaban encerrados, quemándola con los soldados sin que pudiesen ser socorridos: luego acometieron á Pedro Bermudez, que perdió cuarenta hombres en el combate, y hubo algunos heridos de una y otra parte, y con tanto se acogieron los enemigos á la sierra.

Vista por D. Antonio la desórden, y lo poco se habia hecho, retiró las banderas con hasta mil y doscientas personas; pero con muchos esclavos y esclavas, ropa y ganado en poder de los soldados, sin ser parte para estorbarlo: recogióse á Ronda, donde, y en la comarca la gente públicamente vendia la presa, como si fuera ganada de enemigos. Deshízose todo aquel pequeño campo, como suelen los hombres que han hecho ganancia, y temen por ello castigo; pues enviando la gente que sacó de Antequera á sus aposentos, y cuasi las mil y doscientas personas á Castilla sin hacer mas efecto, partió para Sevilla á dar al rey cuenta del suceso. Cargaban á D. Antonio los de Ronda y los moros juntamente: los de Ronda, que habiendo de amanecer sobre los lugares, habia sacado la gente á las ocho del dia, y que la habia dividido en muchas partes; que habia dado confusa la órden dejando libertad á los capitanes: los moros, que les habian quebrantado la seguridad y palabra del rey que tenian como por religion ó vínculo inviolable; que estando resueltos de obedecer á los mandamientos de su señor natural, les habian por este acatamiento y sacrificio que hacian de sus casas, mujeres y hijos, y de sí mismos, robado y dejado por hacienda y libertad, las armas que tenian en las manos, y la aspereza y esterilidad de la montaña, donde por salvar las vidas se habian acogido, aparejados á dejarlo todo, si les restituían las mujeres y hijos, y viejos cautivos, y ropa que con mediana diligencia pudiese cobrarse. Habia tantos interesados, que por solo esto fueron tenidos por enemigos; no embargante que se hallase haberse movido provocados y en defension de sus vidas. Excusábase D. Antonio con haber repartido la gente como convenia por tierra áspera y no conocida; poderse caminar mal de noche; que partida la gente, á ciegas, deshilada, facilmente pudiera ser salteada y oprimida de enemigos avisados, pláticos en los pasos, y cubiertos con la escuridad de la noche; la gente libre, mal mandada, peor disciplinada, que no conoce capitanes ni oficiales, que aun el sonido de la caja no entendian; sin órden, sin señal de guerra, solamente atentos al regalo de sus casas, y al robo de las ajenas: fueron admitidas las razones de D. Antonio por ser caballero de verdad y de crédito, y dada toda la culpa á la desórden de la gente, confirmada ya con muchos sucesos en daño suyo.