Ido D. Antonio, salió la gente de la comarca, cristianos viejos, á robar por los lugares, mujeres, niños, ganados; sobras de la de D. Antonio que fue como he dicho creido, por tenerse buen crédito de su persona, y por no tenerse bueno por entonces de los soldados en comun. Mas los enemigos persuadidos de los que habian huido de la Alpujarra, y libres de todos los embarazos, despojados de lo que se suele querer bien y dar cuidado, comenzaron á hacer la guerra descubiertamente, recoger las mujeres, hijos y vitualla que les habia quedado; fortificarse en sierra Bermeja y sierra de Istan; tomar la mar á las espaldas para recibir socorro de Berbería, y bajar hasta las puertas de Ronda; desasosegar la tierra, robar ganados, cautivar, matar labradores, no como salteadores, sino como enemigos declarados. Estaba como tengo dicho á la sazon el rey D. Felipe en Sevilla, suplicado por la ciudad, que viniese á recibir en ella servicio.
Sevilla es en nuestro tiempo de las célebres, ricas y populosas ciudades del mundo: concurren á ella mercaderes de todo poniente, especialmente del nuevo mundo que llamamos Indias, con oro, plata, piedras, esmeraldas, poco menores que las que maravillaba la antigüedad en tiempo de los reyes de Egipto: pero en gran abundancia, cueros y azúcar, y la yerba que sucede en lugar de púrpura, ó (por usar del vocablo arábigo y comun) carmesí; cochinilla la llaman los indios, donde ella se cria. Fue Sevilla la segunda escala que pobladores de España hicieron, cuando con el gran rey y capitan Baco (á quien llamaban Libero por otro nombre) vinieron á conquistar el mundo. La ocasion nos convida tratando de tan gran ciudad á declarar nuestra opinion, como en cosa tan dudosa por su antigüedad, acerca de la fundacion de ella, y del nombre de toda España. Dese la autoridad á los escritores, y el crédito á las conjeturas. Marco Varron, autor gravísimo, y diligente en buscar los principios de los pueblos, dice (segun Plinio refiere) que en España vinieron los persas, iberos y fenices, todas naciones de oriente, con Baco. Por este se entiende tambien haber sido hecha la empresa de la India, segun los escritos de Nono, poeta griego, que compuso de los hechos de Baco, y llamó Dionysiaca, porque se llamaba, demás del nombre de Baco, y Libero, Dionysio. Dice tambien Salustio en sus historias haber él mismo pasado en Berbería, y dado principio á muchas naciones: con este Baco vinieron capitanes hombres señalados, y mujeres que celebraban su nombre, uno de los cuales se llamó Luso; y una de las mujeres Lyssa, que dice el mismo Marco Varron haber dado el nombre á la parte de Portugal, que antiguamente llamaban Lusitania. Tuvo Baco un lugarteniente que dijeron Pan, hombre áspero y rústico, á quien la antigüedad honró por Dios de los pastores, ó quizá eran conformes en el nombre; pero por intervenir en las procesiones ó fiestas de Baco el Pan, se puede creer ser el mismo: este Pan, dice Varron que dió nombre á toda España, y lo mismo Appiano Alejandrino en sus historias, en el libro que llaman Español, y en griego Iberice. Panios quiere decir cosa de Pan; y el hi, que tiene delante, dice el artículo, que juntado con el panios, dirá la tierra ó provincia de Pan[55]: quedó á los españoles el vocablo griego, ni mas ni menos que los griegos lo pronuncian, ambiciosos de dar nombre en su lengua á las naciones hispánicas; y pronunciámoslo nosotros España: de aquí vino á decirse que Hispan, ó el Pan que los griegos llaman lugarteniente, fue sobrino de Hércules, y que dió el nombre á España. Lo cierto es que Baco dejó por aquella comarca lugares del nombre de los que le seguian; y que dos veces vino el que llamaron Hércules, ó fuesen dos Hércules en aquella parte de España. El nombre pudo venir á Sevilla de haber sido poblada, cuando la segunda vez Hércules, ó fuese Baco, ó fuese Hércules tebano vino en España; y si así fue, presupuesto que en la lengua griega palin quiere decir otra vez, y hi, la, el nombre de Hispalis querrá decir la de otra vez, porque los griegos son fáciles en acabar en la letra s. Demás del concurso de mercaderes y extranjeros, moran en Sevilla tantos señores y caballeros principales, como suele haber en un gran reino; entre ellos hay dos casas ambas venidas del reino de Leon, ambas de grande autoridad y grande nobleza, y en que unos, ó otros tiempos no faltaron grandes capitanes: una la casa de Guzman duques de Medina Sidonia, que en tiempo antiguo fue poblacion de los de Tiro, poco despues de poblada Cádiz, destruida por los griegos y gente de la tierra, restaurada por los moros segun el nombre lo muestra; porque en su lengua medina quiere decir lo que en la nuestra puebla; como si dijésemos la puebla de Sidonia: este linaje moró gran tiempo en las montañas de Leon, y vinieron con el rey D. Alonso el VI á la conquista de Toledo, y de allí con el rey D. Fernando el III á la de Sevilla, dejando un lugar de su nombre, de donde tomaron el nombre con otros treinta y ocho lugares de que entonces eran ya señores. El fundador de la casa fue el que, guardando á Tarifa, echó el cuchillo con que degollaron á su hijo que tenia por hostaje, por no rendir él la tierra á los moros. La otra casa es de los Ponces de Leon, descendientes del conde Hernan Ponce que murió en el portillo de Leon, cuando Almanzor, rey de Córdoba, la tomó; dicen traer su orígen de los romanos que poblaron á Leon, y su nombre de la misma ciudad; duques en otro tiempo de Cádiz hasta el que escaló á Alhama, y dió principio á la guerra de Granada, y despues que sus nietos fueron en tutorías despojados del estado por los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, se llamaron duques de Arcos, que los antiguos españoles decian Arcobrica, poblacion de las primeras de España, antes que viniesen los de Tiro á poblar Cádiz. Los señores de aquestas dos casas siempre fueron émulos de aquella ciudad, y aun cabezas á quien se arrimaban otras muchas de la Andalucía: de la de Medina era señor D. Alonso de Guzman, mozo de grandes esperanzas; de la de Arcos D. Luis Ponce de Leon, hombre que en la empresa de Durlan habia seguido sin sueldo las banderas del rey D. Felipe, inclinado y atento á la arte de la guerra: á estos dos grandes encomendó el rey el sosiego y pacificacion de la sierra de Ronda, por tener á ella vecinos sus estados. Grandes llaman en España los señores á quien el rey manda cubrir la cabeza, sentar en actos y lugares públicos, y la reina se levanta del estrado á recibir á ellos y á sus mujeres, y les manda dar por honra cojin en que se sienten, ceremonias que van y vienen con los tiempos y voluntades de los príncipes; pero firmes en España en solas doce casas[56], entre las cuales estas dos son y fueron de grande autoridad. Despues que creció el favor y la riqueza, por merced de los reyes han acrecentádose muchas. Dió poder el rey á estos dos príncipes, para que en su nombre concertasen y recogiesen los moriscos, y les volviesen las mujeres, hijos y muebles, y los enviasen por España la tierra adentro; pues no habian sido partícipes en la rebelion, y lo sucedido habia sido mas por culpa de ministros que por la suya. Tenia el duque de Arcos una parte de su estado en la serranía de Ronda, que hubo su casa por desigual recompensa de Cádiz, en tiempo de tutorías; parecióle por aprovechar llegarse á Casares, lugar suyo, y dende mas cerca tratar con los moros: envió una lengua que fue y volvió no sin peligro; lo que trajo es, que á ellos les pesaba de lo acontecido; que por personas suyas vendrian á tratar con el duque, donde y como él mandase, y se reducirian y harian lo que se les ordenase con ciertas condiciones. Esto afirmaron en nombre de todos el Alarabique y el Ataifar, hombres de gran autoridad y por quien ellos se gobernaban; bajó el Alarabique y el Ataifar á una hermita fuera de Casares, y con ellos una persona en nombre de cada pueblo de los levantados. Mas el duque, por escandalizarlos menos y mostrar confianza, vino con pocos: osadía de que suelen suceder inconvenientes á las personas de tanta calidad. Hablóles, persuadióles con eficacia, y ellos respondieron lo mismo, dando firmados sus capítulos; y con decir que daria aviso al rey, se partió de ellos; mas antes que la respuesta del rey volviese, le vino mandamiento, que juntando la gente de las ciudades de la Andalucía vecinas á Ronda, estuviese á punto para hacer la guerra, en caso que los moros no se quisiesen reducir: mandó apercibir la gente de Andalucía y de los señores de ella, de á pie y de á caballo, con vitualla para quince dias, que era lo que parecia que bastase para dar fin á esta guerra: en el entretanto que la gente se juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui en sierra Bermeja[57], que los moros llaman Gebalhamar, adonde en tiempos pasados se perdieron D. Alonso de Aguilar y el conde de Ureña; D. Alonso señalado capitan, y ambos grandes príncipes entre los andaluces: el de Ureña abuelo suyo de parte de su madre; y D. Alonso bisabuelo de su mujer. Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la montaña; provision necesaria por la poca seguridad en acontecimientos de guerra, y poca certeza de la fortuna. Comenzaron á subir la sierra, donde se decia que los cuerpos habian quedado sin sepultura: triste y aborrecible vista y memoria: habia entre los que miraban nietos y descendientes de los muertos, ó personas que por oidas conocian ya los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la vanguardia con su capitan por la escuridad de la noche, lugar harto extendido y sin mas fortificacion que la natural, entre el pie de la montaña y el alojamiento de los moros; blanqueaban calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, desparcidos, segun, como, y donde habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas, y bajas, y aportilladas: iban señalando los pláticos de la tierra donde habian caido oficiales, capitanes, y gente particular: referian como y donde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y D. Pedro de Aguilar, hijo mayor de D. Alonso: en que lugar y donde se retrajo D. Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida que el Ferí, cabeza de los moros le dió primero en la cabeza y despues en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos: yo soy D. Alonso; las que el Ferí le respondió cuando le heria: tú eres D. Alonso, mas yo soy el Ferí de Benastepar, y que no fueron tan desdichadas las heridas que dió D. Alonso, como las que recibió. Lloráronle amigos y enemigos, y en aquel punto renovaron los soldados el sentimiento; gente desagradecida, sino en las lágrimas. Mandó el general hacer memoria por los muertos, y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos ó por extraños; y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.
Vista la importancia del lugar, si los enemigos le ocupasen, envió dende á poco el duque una bandera de infantería, que entrase en el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolucion del rey que concedia á los moros cuasi todo lo que le pedian que tocaba al provecho de ellos, y comenzaron algunos á reducirse; pero con pocas armas, diciendo, que los que en su campo quedaban no se las dejaban traer. Habia entre los moros uno llamado el Melqui, hombre atrevido y escandaloso, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la inquisicion ido y vuelto á Tituan: este, ó que le parecia que perdia el crédito de hasta entonces, ó que fuese obligado al príncipe de Tituan, juntó el pueblo, que ya estaba resoluto á reducirse, disuadiéndole, y afirmando lo que con ellos trataba el Alarabique ser engaño y falsedad, haber recibido del duque nueve mil ducados, vendido por precio su tierra, su costa, y los hijos, mujeres y personas de su ley: venidas las galeras á Gibraltar, la gente levantada, las cuerdas en las manos á punto, con que los principales habian de ser ahorcados: y el pueblo atado y puesto perpetuamente al remo, para sufrir hambre, frio y azotes, y seguir forzados la voluntad de sus enemigos, sin esperanza de otra libertad sino la muerte. Tuvieron estas palabras y la persona tanta fuerza, que se persuadió el pueblo ignorante, y tomando las armas hicieron pedazos al Alarabique, y á otro compañero suyo berberí, que era de la misma opinion: con esto mudaron de propósito, y quedaron mas rebeldes que estaban: algunos que quisieran reducirse, estorbados por el Melqui con guardas, y espantados con amenazas, dejaron de hacello: los de Benahabiz, lugar de importancia en aquella montaña, enviaron por el perdon del rey con propósito de reducirse; llevólo un moro llamado el Barcoquí, juntamente con carta del duque para Marbella, y los que guardaban el fuerte de Montemayor, que tuviesen cuenta con él y sus compañeros, acompañándolos hasta dejarlos en lugar seguro: mas la gente ó por codicia de algo (si lo llevaban) ó por estorbar la reduccion, con que cesaria la guerra, hiciéronlo tan al contrario, que mataron al Barcoquí: esta desórden mudó á los de Benahabiz, y confirmó la razon del Melqui de manera, que no fue parte el castigo que el duque hizo de ahorcar y echar en galeras los culpados, para estorbar el motin general. Apercebida la gente, vino el duque á Ronda, donde hizo su masa, y salió con cuatro mil infantes y ciento cincuenta caballos, á ponerse algo mas camino que dos leguas de la sierra de Istan, donde los enemigos le esperaban fortificados; lugar asperísimo y dificultoso de subir, las espaldas á la mar; dejando en Ronda á Lope Zapata, hijo de D. Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros que viniesen á reducirse: vinieron pocos ó ningunos escandalizados del caso del Barcoquí, y espantados, porque en Ronda y Marbella el pueblo habia rompido la salvaguardia del duque y fe del rey, matando cuasi cien moros al salir de los lugares. No le pareció al duque detenerse á hacer el castigo; pero envió por juez al rey, que castigó los culpados como convenia; y él caminó á la Fuenfria, donde se encendió fuego en el campo, que puso en cuidado, ó fuese echado por los enemigos, ó por descuido de alguno: el autor y el fuego cesó por industria y diligencia del duque.
El dia siguiente con mil infantes y alguna caballería reconoció el fuerte de los enemigos desde la sierra de Arboto puesta en frente de él, juntamente con el alojamiento y el lugar de la agua: y aunque se mostraron los enemigos algo mas abajo fuera de su fuerte, no fueron acometidos; ansí por ser cerca de la noche, como por esperar á Arévalo de Suazo con la gente de Málaga. Entretanto puso su guardia en la sierra de Arboto con harta contradiccion de los enemigos; porque juntamente acometieron el alojamiento del duque, y trabaron una escaramuza tan larga que duró tres horas, no muy apriesa, pero bien extendida: eran ochocientos hombres arcabuceros y ballesteros, y algunos con armas enhastadas: mas visto que con dos banderas de arcabuceros les tomarian la cumbre, se retiraron á su fuerte con poco daño de los nuestros, y alguno de los suyos. Reforzóse la guardia de aquel sitio, por ser de importancia, con otras dos banderas; y era ya llegado Arévalo de Suazo con dos mil infantes de Málaga y cien caballos, con que se tomó resolucion de combatir los enemigos en su fuerte al otro dia: á la parte del norte que la subida era mas difícil, envió el duque á Pedro Bermudez con ciento y cincuenta infantes, que tomase las dos cumbres, que suben al fuerte con dos banderas de arcabuceros, haciéndoles espaldas con el rostro á la mano derecha Pedro de Mendoza con otra tanta gente y la mesma órden, dejando entre sí y Pedro Bermudez una parte de la montaña que los moros habian quemado, porque las piedras que desde arriba se tirasen corriesen por mas descubierto, y con menos estorbo: Arévalo de Suazo con la gente de su cargo se seguia á la mano derecha, y con dos banderas de arcabucería delante: mas á mano derecha de Arévalo de Suazo, Luis Ponce de Leon con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino menos embarazado que los otros. El duque escogió para sí con el artillería y caballería y mil y quinientos infantes, el lugar entre Pedro de Mendoza y Arévalo de Suazo, como mas desembarazado, así mas descubierto: mandó á Pedro de Mendoza con mil infantes y algun número de gastadores, que fuese adelante aderezando los pasos para la caballería, y que todos al pasar se cubriesen con la falda de la montaña y quebrada hácia el arroyo, que á un tiempo comenzasen á subir igualmente y á pequeño paso, guardando el aliento para su tiempo; quedaba con esta órden la montaña cercada, sino por la parte de Istan, que no podia con la aspereza recibir gente. Víanse unos á otros, y todos se podian cuasi dar las manos: quedó resoluto combatir los enemigos otro dia á la mañana. Mas los moros viendo que Pedro de Mendoza estaba mas desviado, y en parte donde no podia con tanta diligencia ser socorrido, acometiéronle al caer de la tarde con poca gente y desmandada, trabando una escaramuza de tiros perdidos. Pedro de Mendoza, confiado de sí mismo, soldado de mucho tiempo y no tanta experiencia, pudiendo guardar la órden y contentarse con estar quedo y sin peligro, saltó á la escaramuza con demasiado calor. Deshízose la gente por la montaña arriba sin órden, sin guardar unos á otros: y los moros unas veces retirándose, otras reparándose, parecian ir cerrando á los nuestros: visto el peligro y no pudiéndolo ya estorbar Pedro de Mendoza (ó fuese recelo ó desconfianza de su poca autoridad con la gente, aunque la habia tenido para meterla delante), envió á avisar al duque, pero á tiempo que puesto que hubiese enviado á retirarla tres capitanes, fue necesitado á tomar lo alto para reconocer el lugar: el duque con los que con él se hallaban y los que pudo retirar, atravesó donde estaban los que subian, y valió tanto su autoridad, que la gente desmandada se detuvo, y los moros que ya habian comenzado á desemboscarse y se mostraban á los enemigos, vista la determinacion del duque se recogieron á su fuerte, en ocasion de que estaba cerca la noche, y la gente de Pedro de Mendoza cansada y desordenada, y se temian de algun desastre, especialmente los que traían á la memoria el acontecimiento de D. Alonso de Aguilar por los mismos términos.
Hallóse el duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas, y los moros puestos en órden de cargar á la gente que subia, y que era imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desórden; y con la gente que traía consigo y la que habia recogido, todo á un tiempo acometió á los enemigos, y pegóse con el fuerte de manera, que fue de los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos á Rioverde, otros á la vuelta de Istan, otros á la de Monda, y otros á la de sierra Blanquilla; dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas: embarazo de guerra, y gente inútil que les comian los bastimentos, quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas: todavía envió á seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa ni vitualla; y visto que todos se habian esparcido, y que la montaña quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia á la gente de Málaga con órden de correr la tierra á una y otra parte, pasó con la resta de su campo á Istan, y envió cuatro compañías sin banderas: el efecto que hicieron las tres, fue quemar dos barcas grandes que tenian fabricadas para pasar á Tituan: la cuarta con su capitan Morillo, á quien el duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la órden, dió en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la tierra llaman Alborno, á vista de Istan; y seguido, y rota la gente se retiró: era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de arcabuces, y con sospecha de lo que podia ser, se ordenó al capitan Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente. Mas llegando á vista de los enemigos contentóse con solo recoger algunos que huían, y estuvo sin pasar adelante, ó fuese temiendo alguna emboscada (aunque el lugar era gran trecho descubierto), ó arrepentido de la demasiada diligencia del dia antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de la compañía y su capitan peleando. El mismo dia, los moros que andaban repartidos encontraron con el alcaide de Ronda, y capitan Ascanio, que con ciento y cincuenta soldados y otra gente habia salido sin órden y sabiduría del duque, como hombres que no estaban á su cargo; matáronlos con la mayor parte de la compañía: el mismo acometimiento hicieron contra un correo, que partió del campo para Granada con escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en Monda. Entendiendo pues el duque que por la sierra andaba cuantidad de moros, envió órden á Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga tornase á Monda; y á D. Sancho de Leiva, general de las galeras de España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba á su cargo; y á Pedro Bermudez que viniese con la de Ronda, y él con la que habia quedado se vino á esperarlos á Monda: de donde junta la gente partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró D. Alonso de Leiva, hijo de D. Sancho, con ochocientos soldados de Galera. Entendíase que los moros esperaban á una legua, y con este presupuesto ordenó el duque á Pedro Bermudez, que con mil arcabuceros de los de su cargo tomase la mano izquierda, y á D. Alonso con la gente que habia tenido fuese derecho á Hojen por un monte que dicen el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachin, tierra de grande aspereza: con esta órden se llegó á un tiempo al lugar donde los enemigos habian estado, y de allí bajando hasta llegar á vista de la Fuengirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente, y sobras de comida (porque los moros recelándose que serian descubiertos se habian esparcido como es su costumbre, y extendido por todas las montañas) dió el duque licencia á D. Alonso que tornase á embarcarse; y á Arévalo de Suazo á Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió á Monda y de allí á Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman Barbesola: mas el que agora llamamos Monda, pienso que fue poblado de los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen señas y muestras mas claras de haber sido la antigua Monda, siguiendo los moros que conquistaron á España su antigua costumbre, de pasar los moradores de unos lugares á otros con el nombre del lugar que dejaban: en Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traidos de Monda la vieja; y en torno de ella, la campaña, atolladeros, y pantanos en el arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.
Habia ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran obligados á servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que los moros ponian en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa, mujeres y niños, en esparcirse pocos á pocos en las montañas, y gran parte de ellos pasar á Berbería, donde con cualquier aparejo tenian la traviesa corta y mas segura, no podian ser seguidos con ejército formado, y el que habia se iba poco á poco deshaciendo: pareció consejo de necesidad enviar la gente á sus casas, y el duque volver á Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras de ellos en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte; mas detuvo la gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servian á su costa, sin sueldo, ni raciones, dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox, Guaro, Cartagima, Jubrique, y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Habia ya el rey avisado al duque como se determinaba á un tiempo sacar los moros de Granada á poblar Castilla, y que estuviese apercebido para cuando le llegase la órden de D. Juan de Austria. Cuando esto pasaba, llegaron las cartas de D. Juan en que decia como la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre; encomendábale el secreto hasta el dia que el bando se publicase, apercebíale para la ejecucion en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que el duque hinchiese la persona que le pareciese mas á propósito.
Echando el bando, mandó recoger en el castillo de Ronda los moros de paces con su ropa, hijos, y mujeres, y en la patente hinchió el nombre de Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, ordenándole con seiscientos hombres de guarda llevar cuasi mil y doscientas personas que serian los reducidos, hasta dejallos en Illora; para que juntos fuesen á Castilla con otros de la Vega de Granada. Era ya entrado el mes de noviembre, con el frio y las aguas en mayor cuantidad; los enemigos creyendo que por ir los rios mayores, y las avenidas en las montañas dificultar mas los pasos, ellos podian extenderse por la tierra, y nuestra gente ocupada en labrar la suya, se juntaban con dificultad: en todas partes y á todas horas desasosegaban la tierra de Ronda y Marbella, cautivando labradores, llevando ganados, y salteando caminos hasta cuasi las puertas de Ronda: acogíanse en las vertientes de Rioverde, á quien los antiguos llamaban Barbesola, del nombre de la ciudad que agora llamamos Marbella, y de allí en las cumbres y contorno de sierra Blanquilla. El duque por el menudear de los avisos, y por excusar los daños, que aunque no fuesen señalados eran continuos, por castigar los enemigos que habian en Rioverde y en la sierra del Alborno muerto nuestra gente: porque de la Alpujarra por una parte, y por otra con la vecindad de Berbería no se criase en aquella montaña nido; determinó rematar la empresa, combatir los enemigos, y desarraigallos ó acaballos del todo; salió de Ronda con mil y quinientos arcabuceros de la guardia de ella, y gente de señores, y mil de sus vasallos, y con la caballería que pudo juntar improvisamente: mas antes que llegase, entendió por avisos de espías, y algunos que se pasaron de los enemigos, que el número poco mas ó menos era de tres mil; los dos mil de ellos arcabuceros gobernados por el Melqui, hombre entre ellos diligente, animoso, y ofendido, ido y venido á Tituan; que tenian atajados los pasos con grandes piedras, árboles atravesados; que estaban resolutos de morir defendiendo la sierra: ordenó á Pedro de Mendoza que con seiscientos arcabuceros caminase derecho á la boca del Rioverde, por el pie de la sierra; y á Lope Zapata, con otros seiscientos á Gaimon, á la parte de las viñas de Monda: iban estos dos capitanes el uno del otro media legua, y entre ambos iba el duque con el resto de la infantería y caballería; ordenó á Pedro Bermudez, y á Cárlos de Villegas que estaba á la guarda de Istan y Hojen, con dos compañías y cincuenta caballos, que se saliesen á un mismo tiempo y con doscientos arcabuceros tomasen lo alto de la sierra, y las espaldas de los enemigos; que Arévalo de Suazo partiese de Málaga, y con mil y doscientos soldados y cincuenta caballos acudiese á la parte de Monda. Todos á un tiempo partieron á la noche para hallarse á la mañana con los enemigos; mas ellos avisados por un golpe de arcabuz que habian oido entre la gente de Setenil, mudáronse del lugar, mejorándose á la parte de Pedro de Mendoza que era el postrero, por tener la salida mas abierta comenzó á subir el duque, y Pedro de Mendoza que estaba mas cerca á pelear con igualdad, y ellos á mejorarse. El duque, aunque algo apartado, oyendo los golpes de arcabuz, y visto que se peleaba por aquella parte de Pedro de Mendoza se mejoró; y por la ladera descubriendo la escaramuza, con la caballería y con lo que pudo de arcabucería, acometió los enemigos; llevando cerca de sí á su hijo, mozo cuasi de trece años, D. Luis Ponce de Leon, cosa usada en otra edad en aquella casa de los Ponces de Leon, criarse los muchachos peleando con los moros y tener á sus padres por maestros: porfiaron algun tanto los enemigos; mas no pudiendo resistir, tomaron lo alto de la sierra, y de allí se repartieron á unas y otras partes. Murieron mas de cien hombres y entre ellos el Melqui su capitan; y si Pedro Bermudez y Villegas salieran á la hora que se les ordenó, hiciérase mayor efecto. Habido este buen suceso, repartió el duque la gente que pudo por cuadrillas para seguir el alcance; cautivaron á las mujeres, y niños, y ropa que les habia quedado; mataron en este seguimiento otros ochenta. Quedaron los moros tan escarmentados, que ni por engaño ni por fuerza los pudieron hallar juntos en parte de la montaña, y buscaron tambien la sierra que llaman de Daidin, y el mismo duque repartió el campo en cuadrillas, pero tampoco se hallaron personas juntas: con esto, él se tornó á Ronda, y aquella guerra quedó acabada, la tierra libre de los enemigos, parte muertos, y parte esparcidos, ó idos á Berbería.
He querido tratar tan particularmente de esta guerra de Ronda; lo uno porque fue varia en su manera, y hecha con gran sufrimiento del capitan general, y con gente concejil, sin la que los señores enviaron, y la mayor parte del mismo duque de Arcos: y aunque en ella no hubo grandes rencuentros, ni pueblos tomados por fuerza, no se trató con menos cuidado y determinacion, que las de otras partes de este reino; ni hubo menos desórdenes que corregir cuando el duque la tomó á su cargo: guerra comenzada, y suspendida por falta de gente, de dineros, de vitualla, tornada á restaurar sin lo uno y sin lo otro: pero sola ella acabada del todo, y fuera de pretensiones, emulaciones, ó envidias. Lo otro por haberse en tiempos antiguos recogido en aquellas partes las fuerzas del mundo, y competido César, y los hijos de Pompeyo, cabezas de él, sobre cual quedaria con el señorío de todo, hasta que la fortuna determinó por César, dos leguas de donde está agora Ronda, y tres de la que llamamos Monda, en la gran batalla cerca de Monda la vieja, donde hoy dia, como tengo dicho, se ven impresas señales de despojos, de armas y caballos; y ven los moradores encontrarse por el aire escuadrones; óyense voces como de personas que acometen: estantiguas llama el vulgo español á semejantes apariencias ó fantasmas, que el vaho de la tierra cuando el sol sale ó se pone forma en el aire bajo, como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y semejanzas.
Estaba D. Juan en Granada con el duque[58] y el comendador mayor, acudiendo á lo que se ofrecia, y por dar remate á cosas, y fin de los enemigos que quedaban, ordenó que el comendador mayor con la gente que se pudo juntar, parte de la propia ciudad, y parte de los que se habian venido de su campo, y del campo del duque, que por todos serian siete mil personas, llevasen delante, y ante todas las cosas bastimento y municion que bastase para dos meses, y que esto se guardase en Orgiba; y con esta prevencion partió el campo la vuelta de la Alpujarra. Llegados á Lanjaron, por mandado del general se dió un rebato falso, porque la gente no estuviese descuidada; otro dia llegaron á Orgiba, y en ella reposó el campo tres dias, tomando la órden que se habia de tener para hallar los enemigos, porque andaban esparcidos por la tierra. El cuarto dia salió la gente hechas dos mangas de á mil hombres cada una, con órden que la una, de la otra fuese desviada cuatro leguas, guiando la una á la mano derecha y la otra á la siniestra, y el resto del campo por medio: de esta suerte corrieron la tierra hasta llegar á Pitres de Ferreira, y dejando allí presidio de quinientos hombres, pasaron adelante hasta Portugos, y allí dejaron cien hombres, y en Cadiar trescientos con el capitan Berrío. Aquí tuvo nuevas el comendador mayor que los moros se habian retirado al Cehel, costa de la mar, por ser tierra áspera y de muchos jarales: mandó á D. Miguel de Moncada que con mil y doscientos hombres corriese aquella tierra; halló parte de ellos, y matando siete moros, cautivó doscientas personas entre moras y muchachos, y ropa y despojos: perdió solo un soldado que engañado de una mora le hizo entender que en una choza tenia mucha riqueza, y al entrar en ella le dió con una almarada por debajo del brazo, y lo mató. Volvió D. Miguel con la cabalgada á Cadiar donde quedó el campo; de aquí envió el comendador mayor mil hombres á Ujijar de la Alpujarra, para que en ella hiciesen presidio, y dejando en él trescientos soldados fuesen á Donduron, y dejasen allí una compañía de cien hombres con su capitan, y en Ayator otros ciento, y en Berja otros ciento, con órden que todos corriesen la tierra cada dia, dejando guarda en los presidios. Mandó á D. Lope de Figueroa, que con mil y quinientos infantes y algunos caballos corriese el rio de Almería y toda aquella sierra, con el Bolodui y tierra de Gueneja, y que juntando consigo la gente que salia de Almería: corriese la tierra de Jerez á Fiñana, y rio de Almanzora: volvió á Granada, dejando presidio en las Guajaras altas y bajas, y en Velez de Benaudalla, y en todos los presidios bastimento y municion para algunos dias.