Luego que llegó á Granada, proveyó D. Juan otros capitanes de cuadrillas, que fueron Juan Carrillo Paniagua, Camacho, Reinaldos, y otros; y hecho esto, D. Juan con el duque y el comendador mayor se partió á Madrid; y de allí á la armada de la liga, dejando á D. Pedro de Deza, presidente de Granada, con título de capitan general, y en Almería por general de la infantería á D. Francisco de Córdoba, descendiente de aquella cama de Leones del conde D. Martin. Corrian la tierra á menudo las cuadrillas, metian en Granada moros y moras, y no habia semana que no hubiese cabalgada. Al entrar en la puerta de las Manos, hacian salva subiendo por el Zacatin arriba, hasta llegar á la chancillería; daban noticia al presidente para que viese lo que traían, y entregaban los moros en la cárcel, y de cada uno les daban veinte ducados, como está dicho: atenazaban y ahorcaban los capitanes y moros señalados, y los demás llevaban á galeras, que sirviesen al remo esclavos del rey.
Entre estos trujeron un moro natural de Granada llamado Farax: este como supiese la voluntad de Gonzalo el Jeniz, alcaide sobre los alcaides, y de sus sobrinos Alonso y Andrés el Jeniz, y otros muchos, que era de entregarse y reducirse, si se les concediese perdon, llamó á Francisco Barredo, dándole parte de la voluntad y propósito que muchos moros tenian, y aun de matar á su rey si no se quisiese reducir con ellos; para lo cual convenia que procurase verse con Gonzalo el Jeniz, que era uno de los que mas lo deseaban: sabido esto, Francisco Barredo se fue á las Alpujarras, y en llegando al presidio de Cadiar[59], sacó de una bóveda del castillo un moro que tenian preso, y le dió una carta para Gonzalo el Jeniz, en que le hacia saber la causa de su venida; que viese la órden que habia de tener para verse con él: recibida la carta respondió, que otro dia al amanecer, se viniese á un cerro media legua de Cadiar, y que adonde viese una cruz en lo alto le aguardase soltando la escopeta tres veces por contraseña: fue, y hecha la seña llegó el Jeniz, sus sobrinos, y otros moros, mostrando mucha alegría de velle: lo que trataron fue, que si le traía perdon del rey para él, y los que se quisiesen reducir, que les entregaria á Abenabó su rey muerto ó vivo: con esto se despidió, prometiéndoles de hacello y ponello por obra, y avisallos de la voluntad del rey: vino á Granada Francisco Barredo, dió cuenta al presidente de lo que habia pasado con Gonzalo el Jeniz, y lo que le habia prometido: dió el presidente aviso al rey; que visto lo que prometia el Jeniz le concedió perdon á él, y á todos los que con él viniesen: vino la cédula real al presidente, que visto que no habia quien con veras lo pudiese hacer, hizo llamar á Barredo, y entregándole la cédula le pidió con las veras y recato que en tal negocio convenia lo hiciese.
Recibida la cédula, se partió, y llegó á Cadiar con el moro que antes habia llevado la carta: avisóle como tenia lo que pedia, que se viese con él en el sitio y lugar que antes se habian visto: llegado el Jeniz, y vista la cédula y perdon la besó, y puso sobre su cabeza: lo mismo hicieron los que con él venian: y despidiéndose de él, fueron á poner en ejecucion lo concertado. Francisco Barredo se volvió al castillo de Verchul, porque allí le dijo el Jeniz que le aguardase; Gonzalo el Jeniz y los demás acordaron para hacello á su salvo, que seria bien que uno de ellos fuese á Abdalá Abenabó, y de su parte le dijese que la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Verchul, porque tenia que platicar con él cosas que convenian á todos. Sabido por Abenabó, vino aquella noche á las cuevas solo con un moro de quien se fiaba mas que de ninguno; y antes que llegase á las cuevas despidió veinte tiradores que de ordinario le acompañaban, todo á fin de que no supiesen adonde tenia la noche: saludóle Gonzalo el Jeniz diciéndole: Abdalá Abenabó, lo que te quiero decir es, que mires estas cuevas; que están llenas de gente desventurada, así de enfermos, como de viudas y huérfanos; y ser las cosas llegadas á tales términos, que si todos no se daban á merced del rey, serian muertos y destruidos; y haciéndolo, quedarian libres de tan gran miseria. Cuando Abenabó oyó las palabras del Jeniz, dió un grito que pareció se le habia arrancado el alma, y echando fuego por los ojos le dijo: ¡Cómo, Jeniz! ¿para esto me llamabas? ¿Tal traicion me tenias guardada en tu pecho? No me hables mas, ni te vea yo; y diciendo esto, se fue para la boca de la cueva: mas un moro que se decia Cubayas, le asió los brazos por detrás, y uno de los sobrinos del Jeniz le dió con el mocho de la escopeta en la cabeza, y le aturdió; y el Jeniz le dió con una losa y le acabó de matar: tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas le echaron la cueva abajo, y esa noche le llevaron sobre un macho á Verchul, adonde hallaron á Francisco Barredo y á su hermano Andrés Barredo: allí le abrieron y sacaron las tripas, hinchiendo el cuerpo de paja. Hecho esto, Francisco Barredo requirió á los soldados del presidio y á su capitan, que le diese ayuda y favor para llevarle á Granada: visto el requerimiento le acompañaron; y en el camino encontraron con doscientos y cincuenta moros de paz, que sabida la muerte de Abenabó, y el nuevo perdon que el rey daba, llegaron á reducirse. Vinieron á Armilla, lugar de la Vega, y allí le pusieron caballero en un macho de albarda, y una tabla en las espaldas, que sustentaba el cuerpo, que todos le viesen; los moros de paz iban delante, y los soldados y Francisco Barredo detrás. Llegados á Granada, al entrar de la plaza de Bibarrambla, hicieron salva; lo propio en llegando á la chancillería; allí á vista del presidente le cortaron la cabeza, y el cuerpo entregaron á los muchachos, que despues de habello arrastrado por la ciudad, lo quemaron: la cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad, la que dicen puerta del Rastro, colgada de una escarpia á la parte de dentro, y encima una jaula de palo, y un título en ella que decia:
ESTA ES LA CABEZA DEL
TRAIDOR DE ABENABÓ.
NADIE LA QUITE
SO PENA DE MUERTE.
Tal fin hizo este moro, á quien ellos tuvieron por rey despues de Aben Humeya: los moros que quedaban, unos se dieron de paz, y otros se pasaron á Berbería; y á los demás las cuadrillas, y la frialdad de la sierra, y mal pasar los acabó; y feneció la guerra y levantamiento.
Quedó la tierra despoblada y destruida: vino gente de toda España á poblarla, y dábanles las haciendas de los moriscos con un pequeño tributo que pagan cada un año: á Francisco Barredo le hizo el rey merced de seis mil ducados, y que estos se los diesen en bienes raices de los moriscos, y una casa en la calle de la Águila, que era de un mudejar echado del reino: despues pasó en Berbería algunas veces á rescatar cautivos, y en un convite le mataron.
FIN DE LA GUERRA DE GRANADA.