Pues estando en tal afliccion, que le plegue al Señor librar de ella á todo fiel cristiano; y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor; un dia que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo habia ido fuera del lugar, llegó acaso á mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado á mi por la mano de Dios en aquel hábito, y preguntóme si tenia algo que adobar.
En mi tenias bien que hacer; y no haríais poco, si me remediáseis, dije paso que no me oyó. Mas como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu santo, le dije, tio una llave de esta arca he perdido, y temo mi señor me azote: por vuestra vida veais, si en estas que traeis, alguna hay que le haga, que yo os lo pagaré. Comenzó á probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo á ayudarle con mis flacas oraciones: cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arca: y abierta, díjele: yo no tengo dinero que daros por la llave, mas tomad de ahí el pago. El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció; y dejándome mi llave, se fue muy contento, dejándome mas á mí. Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida; y aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba llegar.
Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel habia llevado; y otro dia saliendo de casa, abro mi paraiso panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta: y comienzo á barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar de allí en adelante la triste vida, y así estuve con ello aquel dia y otro gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego al tercero dia me vino la terciana derecha, y fue que veo á deshora al que mataba de hambre sobre nuestra arca, volviendo y revolviendo y tornando contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oracion, devociones y plegarias decia san Juan y ciégale.
Despues que estuvo un gran rato echando la cuenta, por dias y dedos contando, dijo: si no tuviera á tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habian tomado de ella panes; pero de hoy mas, solo por cerrar puerta á la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos, nueve quedan y un pedazo. Nuevas malas te dé Dios, dije entre mí; parecióme con lo que dijo, pasarme el corazon con saeta de montero, y comenzóme el estómago á escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa, y yo por consolarme abro el arca, y como vi el pan, comencéle á adorar (no osando recibirle), contélos, si á dicha el lacerado se errara; y hallé su cuenta mas verdadera que yo quisiera. Lo mas que yo pude hacer, fue dar en ellos mil besos: y lo mas delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquel pasé aquel dia, no tan alegre como el pasado.
Mas como la hambre creciese, mayormente que tenia el estómago hecho á mas pan aquellos dos ó tres dias ya dichos, moria de mala muerte; tanto que otra cosa no hacia en viéndome solo, sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas el mismo Dios que socorre á los afligidos, viéndome en tal estrecho, trajo á mi memoria un pequeño remedio, que considerando entre mi, dije: este arcon es viejo, grande y roto por algunas partes; aunque con pequeños agujeros, puédese pensar que ratones entrando en él hacen daño á este pan. Sacarlo enteramente, no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre. Y comienzo á desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban, tomo uno y dejo otro: de manera que en cada cual de tres ó cuatro desmigajo su poco, y despues como quien toma grajea, lo comí y algo me consolé. Mas él como viniese á comer y abriese el arca, vió el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habian hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos le suelen hacer. Miró toda el arca de un cabo á otro, y vióla ciertos agujeros por do sospechaba habian entrado, llamóme diciendo: Lázaro, mira que persecucion ha venido aquesta noche por nuestro pan. Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué seria. ¿Qué ha de ser? dijo él; ratones que no dejan cosa á vida. Pusímonos á comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien; que me cupo mas pan que la laceria que me solia dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo: cómete eso, que el raton cosa limpia es. Y así aquel dia añadiendo la racion del trabajo de mis manos ó de mis uñas, por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca. ¿O señor mio? dije yo entonces; ¡á cuánta miseria, fortuna y desastres estamos expuestos los nacidos! ¡y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba, con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que alegre y de buena aventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando á este lazaredo de mi amo, y poniéndole mas diligencia de la que él de suyo se tenia (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella carecen), ahora cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta á mi consuelo y la abriese á mis trabajos.
Así lamentaba yo en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos y tablillas dió fin á sus obras, diciendo: ahora, dueños traidores ratones, os conviene mudar propósito que en esta casa mala medra teneis.
De que salió de su casa, voy á ver la obra, y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por donde pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho; y vi los dos ó tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados; y de ellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy lijeramente á uso de esgrimidor diestro.
Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta hambre, noche y dia estaba pensando la manera que tenia para sustentar el vivir: y pienso para hallar estos negros remedios que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario con la hartura; y así era por cierto en mi. Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando como me podria valer y aprovechar del arca, sentí que mi amo dormia, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito, y habiendo en el dia pensado lo que habia de hacer, y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme á la triste arca, y por do habia mirado tener menos defensa, la acometí con el cuchillo, que á manera de barreno de él usé: y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazon, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca, y al tiento de pan que hallé partido, hice segun de suso está escrito. Y con aquello algun tanto consolado, tornando á cerrar me volví á mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacia mal, y echábalo al no comer: y así seria, porque cierto en aquel tiempo no me debian de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.
Otro dia fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del agujero que yo habia hecho, y comenzó á dar al diablo los ratones y decir: ¿qué diremos á esto? nunca haber sentido ratones en esta casa sino ahora. Y sin duda debia de decir verdad, porque si casa habia de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquella de razon habia de ser, porque no suelen morar donde no hay que comer. Torna á buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas para taparlos. Venida la noche y su reposo, luego era puesto en pie con mi aparejo, y cuantos él tapaba de dia, destapaba yo de noche.
En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se debió de decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente parecíamos tener á destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejia de dia, rompia yo la noche. Y en pocos dias y noches pusimos la pobre dispensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar, mas coraza vieja de otro tiempo que no arca la llamara, segun la clavazon y tachuelas que sobre sí tenia. De que vió no aprovecharle nada su remedio, dijo: esta arca está tan maltratada, y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá raton de quien se defienda, y va ya tal que si andamos mas con ella, nos dejará sin guarda; y aun lo peor es, que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de otros tres ó cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, es armar por dentro á estos ratones malditos. Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que á los vecinos pedia, continuo el gato estaba armado dentro del arca: lo cual era para mi singular ausilio, porque puesto el caso que yo no habia menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas de queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo. Como hallase el pan ratonado y el queso comido, y no cayese el raton que lo comia, dábase al diablo y preguntaba á los vecinos que podria ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no caer ni quedar dentro el raton, y hallar caida la trampilla del gato. Acordaron los vecinos no ser el raton el que este daño hacia, porque no podria menos de haber caido alguna vez. Díjole un vecino: en nuestra casa yo me acuerdo que solia andar una culebra, y esta debe de ser sin duda; y lleva razon, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase á salir. Cuadró á todos lo que aquel dijo, y alteró mucho á mi amo; y de allí en adelante no dormia tan á sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roia el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que á la cabecera (desde que aquello le dijeron) ponia, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. Á los vecinos despertaba con el estruendo que hacia, y á mi no dejaba dormir. Íbase á mis pajas y trastornábalas y á mi con ellas, pensando que se iba para mi, y se envolvia en mis pajas ó en mi sayo, porque le decian que de noche acaecia á estos animales buscando calor irse á las cunas donde están criaturas, y aun morderlas y hacerlas peligrar. Yo las mas veces hacia del dormido, y en la mañana decíame él: ¿esta noche, mozo, no sentiste nada? pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti á la cama, que son muy frias y buscan calor. Plegue á Dios que no me muerda, decia yo, que harto miedo la tengo. De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que la culebra, ó el culebro por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca: mas de dia mientras estaba en la iglesia ó por el lugar, hacia mis saltos.