Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podia poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo. Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenia, y parecióme lo mas seguro meterla de noche en la boca, porque ya desde que viví con el ciego, la tenia tan hecha bolsa, que me acaeció tener en ella doce ó quince maravedís todo en medias blancas, sin que me estorbase el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remedio que no me buscaba muy á menudo. Pues así como digo, metia cada noche la llave en la boca, y dormia sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella.
Quisieron mis hados, ó por mejor decir, mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debia tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que ya durmiendo echaba, salia por lo hueco de la llave que de cañuto era, y silbaba (segun mi desastre quiso) muy recio: de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la culebra; y cierto lo debia parecer. Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó á mi con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vió, pensó que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mio se habia venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo, y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descarga en la cabeza tan gran golpe, que sin ningun sentido y muy mal descalabrado me dejó. Como sintió que me habia dado, segun yo debia hacer gran sentimiento con el fiero golpe; contaba él que se habia llegado á mi, y dándome grandes voces y llamándome procuró recordarme. Mas como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me habia hecho; y con mucha priesa fue á buscar lumbre; y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien que de aquella manera que debia estar al tiempo que silbaba con ella. Espantado el matador de culebras que podria ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego á probarla, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: el raton y culebra que me daban guerra y me comian mi hacienda, he hallado.
De lo que sucedió en aquellos tres dias siguientes ninguna seña daré, porque los tuve en el vientre de la ballena; mas esto que he contado, oí (despues que en mi torné) decir á mi amo, el cual á cuantos allí venian, lo contaba por extenso. Al cabo de tres dias, yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada, y llena de aceites y ungüentos, y espantado dije: ¿qué es esto? Respondióme el cruel sacerdote: á fe que los ratones y culebras que me destruían, ya los he cazado. Y miré por mi, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal. Á esta hora entró una vieja que ensalmaba y los vecinos, y comiénzanme á quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo; y como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y dijeron: pues ha tornado en su acuerdo, placerá á Dios no será nada. Tornaron de nuevo á contar mis cuitas y á reirlas, y yo pecador á llorarlas. Con todo esto diéronme de comer que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar: y así de poco en poco á los quince dias me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre y medio sano. Luego otro dia que fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera, y puesto en la calle díjome: Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no mio; busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego, y santiguándose de mi, como si yo estuviera endemoniado, se volvió á meter en casa y cerrar su puerta.
Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él.
De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me cerró la herida.
Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?
Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije: si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento, decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.
De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega, de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban, aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras. Finalmente ella parecia casa encantada.
Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.