Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como pudieres, que despues cenaremos.

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije: señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.

Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa, porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido, convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.

Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar.

Hecha la cama y la noche venida, díjome: Lázaro, ya es tarde, de aquí á la plaza hay un gran trecho: tambien en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche capean, pasemos como podamos, y mañana viniendo el dia, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveido, antes he comido estos dias por allí fuera; mas ahora hacerlo hemos de otra manera. Señor, de mi, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aun mas, si es menester, sin comer. Vivirás mas sano, me respondió; porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco. Si por esa via es, dije entre mi, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenerla toda mi vida.

Acostóse en la cama, poniendo por cabezera las calzas y el jubon, y mandóme echar á sus pies; lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de risar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no habia libra de carne: y tambien como aquel dia no habia comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenia amistad. Maldíjeme mil veces (Dios me lo perdone) y á mi ruin fortuna allí lo mas de la noche; y lo peor, no osándome revolver por no despertarle, pedia á Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida levantámonos, y comienza á limpiar y sacudir sus calzas y jubon, sayo y capa, y yo que le servia de pelillo, y vísteseme muy á su placer despacio, echéle aguamanos. Peinóse, y púsose su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponia, díjome, ¡ó si supieses, mozo, que pieza es esta! no hay marco de oro en el mundo por el que yo la diese: mas así ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó á ponerle los aceros tan prestos como esta los tiene: y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo, vesla aquí, yo me obligo con ella á cercenar un copo de lana. Y yo, dije entre mí, con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.

Tornóla á meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y á veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: Lázaro, mira por la casa en tanto que voy á oir misa, y haz la cama, y vé por la vasija de agua al rio que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar. Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera, pensara ser muy cercano pariente al Conde de Arcos, ó á lo menos camarero que le daba de vestir. ¿Á quién no engañara aquella buena disposicion y razonable capa y sayo? ¿y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el dia con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trajo un dia y noche en el arca de su seno, do no se le podia pegar mucha limpieza? ¿y hoy lavándose las manos y cara, á falta de paño de manos, se hacia servir de la halda del sayo? nadie por cierto lo sospechara. ¡O señor, y cuántos de aquestos debeis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufririan!

Así estaba yo á la puerta, mirando y considerando estas cosas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Tornéme á entrar en casa, y en un credo la anduve toda alto y bajo sin hacer represa ni hallar en qué.