Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro y doy conmigo en el rio, donde en una huerta vi á mi amo en gran requesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta; antes muchas tienen por estilo de irse á las mañanicas del verano á refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos de lugar. Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron de él que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frio de bolsa cuanto caliente del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó á turbarse en la plática, y á poner excusas no válidas. Ellas que debian ser bien instituidas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que era. Yo que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné con mucha diligencia como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné á casa, de la cual pensé barrer alguna parte que bien era menester, mas no hallé con qué.

Púseme á pensar que haria, y parecióme esperar á mi amo hasta que el dia demediase, y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fue mi esperanza. Desde que vi ser las dos y no venia, y la hambre me aquejaba, cierro la puerta y pongo la llave do mandó y tórnome á mi menester con baja y enferma voz; é inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo á pedir pan por las puertas y casas mas grandes que me parecia. Mas como yo este oficio le hubiese mamado en leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego le aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no habia caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenia otras tantas libras de pan enfiladas en el cuerpo, y mas de otras dos en las mangas y senos. Volvíme á la posada, y al pasar por la tripería, pedí á una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas. Cuando llegué á casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entré, vínose para mi, y pensé que me queria reñir la tardanza; mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme de do venia; yo le dije: señor, hasta que dieron las dos, estuve aquí; y desde que vi que vuestra merced no venia, fuíme por esa ciudad á encomendarme á las buenas gentes, y hanme dado esto que veis. Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía. Á lo cual él mostró buen semblante, y dijo: pues esperado te he á comer, y desde que vi que no veniste, comí, mas tu haces como hombre de bien en eso, que mas vale pedirlo por Dios que no hurtarlo, y así él me ayude como ello me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives conmigo, por lo que toca á mi honra; aunque bien creo que será secreto, segun lo poco que en este pueblo soy conocido; nunca á él yo hubiera de venir. De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo; que maldito aquel que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de darla. Ahora pues, come pecador, dijo él, que si á Dios place, presto nos veremos sin necesidad, aunque te digo que despues que en esta casa entré, nunca bien me ha ido, debe de ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que á los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser sin duda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mia.

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por gloton, callé la merienda, y comienzo á cenar y morder en mis tripas y pan. Disimuladamente miraba al desventurado señor mio, que no partia sus ojos de mis faldas, que á aquella sazon servian de plato. Tanta lástima haya Dios de mi, como yo habia de él, porque sentí lo que sentia, y muchas veces habia por ello pasado, y pasaba cada dia. Pensaba si seria bien convidarle, mas por haberme dicho que habia comido, temíame no acetaria el convite. Finalmente yo deseaba que el pecador ayudase á su trabajo del mio y se desayunase, como el dia antes hizo; pues habia mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé á comer, él se andaba paseando. Llegóse á mí, y díjome, dígote, Lázaro que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi á hombre, y que nadie te lo ve hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga. La muy buena que tu tienes (dije yo entre mi) te hace parecer la mia hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abria camino para ello, y díjele; señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada, que no habrá á quien no convide con su sabor. ¿Uña de vaca es? preguntó él. Si señor, le dije yo. Dígote, dijo él, que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisan que así me sepa. Pues pruebe, señor, dije yo, y verá que tal está. Póngole en las uñas la otra y tres ó cuatro raciones de pan de lo mas blanco. Asentóseme al lado, y comienza á comer, como aquel que lo habia ganado, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.

Con almodrote, decia, es este singular manjar. Con mejor salsa lo comes tu, respondí yo paso. Por Dios, dijo él, que me ha sabido, como si no hubiera hoy comido bocado. Así me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mi. Pidióme el jarro del agua, y díselo como lo habia traido. Es señal, que pues no le faltaba el agua, que le habia á mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuímos á dormir, como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho ó diez dias, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado á papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.

Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que habia tenido, y buscando mejoría, viniese á topar con quien no solo no me mantuviese, mas á quien yo habia de mantener.

Con todo le queria bien, con ver que no tenia ni podia mas, y antes le habia lástima que enemistad: y muchas veces, por llevar á la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal: porque una mañana levantándose el triste en camisa, subió á lo alto de la casa á hacer sus menesteres, y en tanto yo por salir de sospecha desenvolvíle el jupo y las calzas que á la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso, hecha cien dobleces, y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese tenido mucho tiempo. Este, decia yo, es pobre, y nadie da lo que no tiene: mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que con dárselo Dios á ambos, al uno de mano besada, y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre. Aquellos es justo desamar, y aqueste es de haber mancilla. Dios me es testigo, que hoy dia cuando topo con alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que á aquel le vi sufrir, al cual con toda su pobreza holgaria de servir mas que á los otros, por lo que he dicho. Solo tenia de él un poco de descontento; que quisiera yo que no tuviera tanta presuncion, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subia su necesidad. Mas segun me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, que aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar: el Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

Pues estando yo en tal estado pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como aquel año esta tierra fuese estéril de pan, acordó el Ayuntamiento, que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad; con pregon, que el que de allí adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así ejecutando la ley, desde á cuatro dias que el pregon se dió, vi llevar una procesion de pobres azotando por las cuatro calles: lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme á demandar. Aquí viera, quien verlo pudiera, la abstinencia de mi casa, la tristeza y silencio de los moradores de ella; tanto que nos acaeció estar dos ó tres dias sin comer bocado ni hablar palabra. Á mi diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodon, que hacian botones y vivian á par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que la laceria que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.

Y no tenia tanta lástima de mi como del lastimado de mi amo, que en ocho dias maldito el bocado que comió; á lo menos en casa bien los estuvimos sin comer: no sé yo como ó donde andaba, y que comia; y verle venir á mediodia la calle abajo, con estirado cuerpo mas largo que galgo de buena casta; y por lo que tocaba á su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no habia en casa, y salia á la puerta escarbando los que nada entre sí tenian, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: malo está de ver, que la desdicha de esta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste y obscura, mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo se acabe este mes por salir de ella.

Pues estando en esta afligida y hambrienta persecucion, un dia, no sé por cual dicha ó ventura, en el poder de mi amo entró un real, con el cual vino á casa tan ufano, como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió diciendo; toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano: vé á la plaza, y merca pan, vino y carne; quebremos el ojo al diablo. Y mas te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar mas en cumpliendo el mes. Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré. Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno, mas tal vista tiene, y tal obscuridad y tristeza. Vé y ven presto, y comamos hoy como condes. Tomo mi real y jarro, y á los pies dándoles priesa, comienzo á subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna, que ningun gozo me venga sin zozobra? Y así fue este, porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearia que fuese mejor y mas provechosamente gastado, dando infinitas gracias á Dios que á mi amo habia hecho con dinero, á deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos, y gente en unas andas traían. Arriméme á la pared por darles lugar, y así que el cuerpo pasó, venia luego á par del féretro una que debia ser la mujer del difunto, cargada de luto y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando á grandes voces, y diciendo: ¡marido y señor mio, adónde me os llevan! ¡á la casa triste y desdichada, á la casa lóbrega y obscura, á la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: ¡ó desdichado de mi! para mi casa llevan este muerto.