Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo á todo el mas correr que pude para mi casa; y entrando en ella, cierro á grande priesa, invocando el ausilio y favor de mi amo, abrazándome de él, que me venga á ayudar y á defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: ¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has, porqué cierras la puerta con tal furia? O señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto. ¿Cómo así, respondió él? Aquí arriba le encontré, dije yo, y venia diciendo su mujer: ¡marido y señor mio, adónde os llevan! ¡á la casa lóbrega y obscura, á la casa triste y desdichada, á la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen. Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenia porque estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenia ya yo echada el aldaba á la puerta, y puesto el hombro en ella por mas defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habian de meter en casa. Y luego que fue ya mas harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: verdad es, Lázaro, segun la viuda iba diciendo, tu tuviste razon de pensar lo que pensaste; mas pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.

Dejadlos, señor, acaben de pasar la calle, dije yo. Al fin vino mi amo á la puerta de la calle, y ábrela esforzándome; que bien era menester segun el miedo y alteracion, y me tornó á encaminar.

Mas aunque comimos bien aquel dia, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres dias torné en mi color; y mi amo muy risueño todas las veces que se acordaba de aquella mi consideracion.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos dias, y en todos deseando saber la intencion de su venida y estada en esta tierra, porque desde el primer dia que con él asenté, le conocí ser extranjero por el poco conocimiento y trato que con los naturales de ella tenia. Al cabo se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un dia que habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su historia, y díjome ser de Castilla la Vieja, que habia dejado su tierra no mas de por no quitar el bonete á un caballero, vecino suyo. Señor, dije yo, si él era lo que decis y tenia mas que vos, no errábais en quitárselo primero, pues decis que él tambien os lo quitaba. Si es, y si tiene, y tambien me le quitaba él á mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano. Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo, y que tienen mas. Eres muchacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el dia de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues hágote saber, que yo soy, como ves, un escudero; mas vótote á Dios, si al conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algun negocio, ó atravesar otra calle, si la hay antes que llegue á mi, por no quitársele: que un hidalgo no debe á otro que á Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide de un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un dia deshonré en mi tierra á un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba, me decia: mantenga Dios á vuestra merced. Vos, D. Villano Ruin, le dije yo, ¿porqué no sois bien criado? manténgaos Dios, me habeis de decir, como si fuese quien quiera. De allí adelante de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debia. ¿Y no es buena manera de saludar un hombre á otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios? Mira, mozo, dijo él, á los hombres de poca arte dicen eso, mas á los mas altos como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced: ó por lo menos, bésoos, señor las manos, si el que me habla es caballero. Y así de aquel de mi tierra que me atestaba de mantenimiento, nunca mas le quise sufrir, ni sufriria á hombre del mundo del rey abajo, que manténgaos Dios, me diga. Pecador de mi, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufre que nadie se lo ruegue. Mayormente, dijo, que no soy tan pobre que no tenga en mi tierra un solar de casas, que á estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella costanilla de Valladolid, valdrian mas de doscientos mil maravedís, segun se podrian hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar que á no estar derribado, como está, daria cada año mas de doscientos palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba á mi honra: y vine á esta ciudad, pensando que hallaria un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo, mas es gente tan limitada, que no les sacará de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla tambien me ruegan, mas servir á estos es gran trabajo, porque de hombre os habeis de convertir en malilla, y sino anda con Dios, os dicen: y las mas veces son los pagamentos á largos plazos, y las mas ciertas comido por servido. Ya cuando quieren reformar conciencia, y satisfaceros vuestros sudores, sois librado en la recámara en un sudado jubon, ó raida capa ó sayo. Ya cuando asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria; ¿pues por ventura no hay en mi habilidad para servir y contentar á estos? Por Dios si con él topase, muy gran privado suyo pienso que fuese, y que mil servicios le hiciese, porque yo sabria mentirle tan bien como otro, y agradarle á las mil maravillas; reirle mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo: nunca decirle cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no matarme por no hacer bien las cosas que él no habia de ver, y ponerme á reñir, donde él lo viese, con la gente de su servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que á él tocaba; si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos agudos para encenderle la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese, y por el contrario ser malicioso mofador; hablar mal de los de casa y de los de fuera; pesquisar y procurar saber vidas ajenas, para contárselas, y otras muchas galas de esta calidad, que hoy dia se usan en palacio, y á los señores de él parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrecen y tienen en poco, y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar. Y con estos los astutos usan, como digo, el dia de hoy de lo que yo usaria; mas no quiere mi ventura que le halle.

De esta manera lamentaba tambien su adversa fortuna mi amo, dándome relacion de su persona valerosa. Pues estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja; el hombre le pide el alquiler de la casa, y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce ó trece reales. Y él les dió muy buena respuesta, que saldria á la plaza á trocar una pieza de á dos, y que á la tarde volviesen. Mas su salida fue sin vuelta; por manera que á la tarde ellos volvieron, mas fue tarde: yo les dije, que aun no era venido.

Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino; mas á estotra puerta. Las mujeres les responden: veis aquí su mozo, y la llave de la puerta. Ellos me preguntaron por él, y díjeles que no sabia adonde estaba, y que tampoco habia vuelto á casa, desde que salió á trocar la pieza, y que pensaba que de mi y de ellos se habia ido con el trueco. Luego que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano, y he aquí que los dos vuelven luego con ellos, y toman la llave y llámanme, y llaman testigos y abren la puerta, y entran á embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa, y halláronla desembarazada como he contado, y dícenme: ¿qué es de la hacienda de tu amo? ¿sus arcas y paños de pared, y alhajas de casa? No sé yo eso, les respondí. Sin duda, dicen ellos, esta noche lo deben de haber alzado y llevado á alguna parte. Señor alguacil, prended á este mozo, que él sabe donde está. En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubon, diciéndome; muchacho, tu eres preso, si no descubres los bienes de este amo tuyo. Yo como en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar, sí, habia sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado, para que mostrase el camino al que no veía; yo tuve mucho miedo, y llorando prometíle decir lo que me preguntaban. Bien está, dicen ellos: pues dí lo que sabes y no hayas temor. Sentóse el escribano en un poyo para escribir el inventario, preguntándome que tenia. Señores, dije yo, lo que este amo mio tiene, segun él me dijo, es un muy buen solar de casas, y un palomar derribado. Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga, hay para reintegrarnos de la deuda: ¿Y á qué parte de la ciudad tiene eso, me preguntaron? En su tierra, les respondí. Por Dios que está bueno el negocio, dijeron ellos, ¿y á dónde es su tierra? De Castilla la Vieja me dijo que él era, les dije. Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo: bastante relacion es esta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor fuese. Las vecinas que estaban presentes dijeron: señores, este es un niño inocente, y ha pocos dias que está con ese escudero, y no sabe de él mas que vuestras mercedes, sino cuanto el pecadorcico se llega aquí á nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y á la noche se va á dormir con él.

Vista mi inocencia, dejáronme dándome por libre: y el alguacil y el escribano piden al hombre y á la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido; porque ellos alegaron no ser obligados á pagar, pues no habia de qué, ni se hacia el embargo. Los otros decian, que habian dejado de ir á otro negocio que les importaba mas por venir á aquel. Finalmente despues de dadas muchas voces, al cabo carga un porqueron con el viejo alfamar de la vieja, y aunque no iba muy cargado, allá iban todos cinco dando voces: no sé en que paró. Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos; y bien se empleaba, pues al tiempo que habia de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.

Así como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha: pues señalándose todo lo que podia contra mi, hacia mis negocios tan al revés, que los amos que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mi.