El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito, y puestas las manos y mirando al cielo dijo así: Señor Dios, á quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y á quien nada es imposible, antes todo posible; tu sabes la verdad, y cuan injustamente yo soy afrentado. En lo que á mi toca, yo le perdono, porque tu, Señor, me perdones. No mires aquel, que no sabe lo que hace ni dice: mas la injuria á ti hecha, te suplico y por justicia te pido, no disimules, porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, dando crédito á las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará de hacer. Y pues es con tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no le desimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta manera, que si es verdad lo que aquel dice y que yo traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra, do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo, y aquel persuadido por el demonio (por quitar y privar á los que están presentes de tan gran bien) dice maldad, tambien sea castigado, y de todos conocida su malicia.

Apenas habia acabado su oracion el devoto señor mio, cuando el negro alguacil cae de su estado, y da tal golpe en el suelo, que la iglesia toda hizo resonar; y comenzó á bramar y echar espumarajos por la boca y torcerla, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquellos suelos á una parte y á otra. El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos á otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos dicen: el Señor le socorra y valga; otros: bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.

Finalmente algunos que allí estaban, y á mi parecer no sin harto temor, se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas á los que cerca de él estaban. Otros le tiraban por las piernas y tenian reciamente, porque no habia mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase: y así le tuvieron un gran rato; porque mas de quince hombres estaban sobre él, y á todos daba las manos llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.

Á todo esto el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces que en la iglesia habia, no eran parte para apartarle de su divina contemplacion. Aquellos buenos hombres llegaron á él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer á aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase á las cosas pasadas ni á sus dichos malos, pues ya de ellos tenia el pago; mas si en algo podia aprovechar para librarle del peligro y pasion que padecia, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues á su peticion y venganza el Señor no alargó el castigo.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró, y miró al delincuente y á todos los que al rededor estaban, y muy pausadamente les dijo: buenos hombres, vosotros nunca habíais de rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado. Mas pues él nos manda, que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicar, que le cumpla lo que nos manda, y su Magestad perdone á este que le ofendió, poniendo en su santa fe obstáculo. Vamos todos á suplicarle. Y así bajó del púlpito y encomendóles, que muy devotamente suplicasen á nuestro Señor tuviese por bien de perdonar á aquel pecador, y volverle en su salud y sano juicio, y lanzar de él el demonio, si su Magestad habia permitido que por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar con los clérigos comenzaban á cantar con voz baja una letanía, y viniendo él con la cruz y agua bendita, despues de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos, que casi nada se le parecia sino un poco de blanco, comienza una oracion no menos larga que devota, con la cual hizo llorar á toda la gente, como suelen hacer en los sermones de la pasion de predicador y auditorio devoto; suplicando á nuestro Señor, pues no queria la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que á aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados. Y esto hecho, mandó traer la bula y puso en la cabeza, y luego el pecador del alguacil comenzó poco á poco á estar mejor y tornar en sí. Y luego que fue bien vuelto en su acuerdo, echóse á los pies del señor comisario, y demandóle perdon, confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer el daño y vengarse del enojo, lo otro y mas principal, porque el demonio recibia mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo le perdonó, y fueron hechas las amistades; y á tomar la bula hubo tanta priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella; marido y mujer, hijos é hijas, mozos y mozas.

Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos: y cuando á ellos llegábamos, no era menester sermon ni ir á la iglesia; que á la posada la venian á tomar, como si fueran peras que se dieran de balde: de manera que en diez ó doce lugares de aquellos alrededores donde fuímos, echó el Señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermon. Cuando hizo el ensayo, confieso mi pecado que tambien fuí de ello espantado, y creí que así era como otros muchos. Mas con ver despues la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacian del negocio, conocí como habia sido industriado por el industrioso é inventivo de mi amo; y aunque muchacho, cayóme mucho en gracia, y dije entre mi: ¿cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la inocente gente?

Finalmente estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé tambien hartas fatigas.


Como Lázaro se asentó con un capellan, y lo que con él pasó.

Despues de esto asenté con un maestro de pintar panderos, para molerle los colores; y tambien sufrí mil males.