Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un dia en la Iglesia mayor, un capellan de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un buen asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé á echar agua por la ciudad.

Este fue el primer escalon que yo subí para venir á alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada dia á mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba por mi, y todo lo demás entre semana de treinta maravedís. Fueme tan bien en el oficio, que al cabo de cuatro años que le usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para vestirme muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubon de fustan viejo, y un sayo raido de manga tranzada y puerta, y una capa que habia sido frisada, y una espada de las viejas primeras de Cuellar. Luego que me vi en hábito de hombre de bien, dije á mi amo se tomase su asno que no queria mas seguir aquel oficio.


Como Lázaro asienta con un alguacil, y de lo que le acaeció con él.

Despedido del capellan, asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso, mayormente que una noche nos corrieron á mi y á mi amo á pedradas y á palos unos retraidos; y á mi amo que esperó, trataron mal, mas á mi no me alcanzaron.

Con esto renegué del trato. Y pensando en qué modo de vivir haria mi asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme, y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen: en el cual el dia de hoy yo vivo y resido á servicio de Dios y de vuestra merced. Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas perdidas; acompañar á los que padecen persecuciones por justicia, y declarar á voces sus delitos: pregonero, hablando en buen romance. Hame sucedido tan bien y yo le he usado tan facilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano; tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino á vender ó algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar provecho.

En este tiempo viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y visto por mi que de tal persona no podia venir sino bien y favor, acordé de hacerlo, y así me casé con ella; y hasta ahora no estoy arrepentido, porque fuera de ser buena hija, diligente y servicial, tengo en mi señor Arcipreste todo favor y ayuda: y siempre en el año le da en veces al pie de una carga de trigo, por las pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las calzas viejas que deja, é hízonos alquilar una casilla á par de la suya. Los domingos y fiestas casi todas las comíamos en su casa: mas malas lenguas que nunca faltaron, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué: que ven á mi mujer irle á hacer la cama y guisarle de comer. Y mejor les ayude Dios que ellos dicen la verdad, porque además de no ser ella mujer que se pague de estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá, que el me habló un dia muy largo delante de ella, y me dijo: Lázaro de Tormes, quien ha de mirar á dichos de malas lenguas, nunca medrará. Digo esto, porque no me maravillaria, alguno viendo entrar en mi casa tu mujer y salir de ella. Ella entra muy á tu honra y suya, y esto te lo prometo. Por tanto no mires á lo que pueden decir, sino á lo que te toca, digo, á tu provecho. Señor le dije, yo determiné de arrimarme á los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso, y aun por mas de tres veces me han certificado, que antes que conmigo casase habia parido tres veces, hablando con reverencia de vuestra merced, porque está ella delante. Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros: y despues tornóse á llorar y á echar mil maldiciones sobre quien conmigo la habia casado: en tal manera que quisiera ser muerto, antes que se me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca mas en mi vida mentarle nada de aquello, y que yo holgaba y habia por bien de que ella entrase y saliese de noche y de dia, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes. Hasta el dia de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes cuando alguno siento que quiere decir algo de ella, le atajo y le digo: mira, si sois mi amigo, no me digais cosa que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar, mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo mas quiero, y la amo mas que á mi, y me hace Dios con ella mil mercedes y mas bien que yo merezco, que yo juraré sobre la hostia consagrada, que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo, y quien otra cosa me dijere, me mataré con él. De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mismo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes regocijos y fiestas, como vuestra merced habrá oido.