El acento nasal de los yanquis, más pronunciado en el interior, viéneles de la lectura cotidiana de la Biblia; pero en despecho de estos pequeños inconvenientes, produce, por otra parte, resultados inmensos. La historia aunque trunca, los preceptos de la moral, las frases evangélicas, se pegan a la mente del lector; y la plática del pastor se refiere cual comentario a aquellos puntos que el oyente conoce y sobre cuya significación su ruda mente pedía esclarecimientos. La lluvia de la palabra cae entonces sobre terreno abierto y sediente, y no como la de nuestros predicadores ordinarios, que la arrojan al viento en las plazas públicas, condimentándolas no pocas veces con groserías para que sirvan éstas de mordiente al caer sobre las naturalezas brutas del pueblo. La polémica de las sectas da más animación y actualidad a estas lecturas, y la vida entera de un hombre no basta para penetrar en los misterios que encierra en inmenso catálogo su libro sagrado. Sesenta y siete colegios de teología difunden por toda la Unión la ciencia religiosa, mientras que alcanzan apenas a diez los consagrados a las leyes, produciendo, sin embargo, un número de más de veinte mil abogados. El número de obras originales sobre aquel punto es tres veces mayor en los Estados Unidos que el de otras consagradas a investigaciones de la ciencia. Esta peculiaridad nacional hará de aquel pueblo una entidad aparte en el mundo moderno.
Para mantener el fuego sagrado, hay en viaje permanente por las campañas remotas, millares de pastores viajeros, que pasan toda su vida en misión; hombres rudos y enérgicos que llevan a todas partes la agitación, despiertan los ánimos, excitándolos a la contemplación de las verdades eternas. Son éstos verdaderos ejercicios espirituales, como los de los católicos; más espirituales aún, pues, sin amedrentarlos con las penas del infierno, el pastor o los pastores reunidos en un mitin religioso, al aire libre o en algún galpón improvisado, sacuden las embotadas inteligencias de los campesinos, les presentan la imagen de Dios en formas grandiosas, inconcebibles; y cuando el estimulante ha producido su efecto, envían a las mujeres al bosque de un lado y a los hombres del otro, para que mediten a sus solas, se encuentren en presencia de sí mismos viendo su nada, su desamparo y sus defectos morales.
Los resultados de esta curación moral son extraños e inexplicables. Las mujeres entran en delirio, se tuercen y revuelcan por el suelo, echando espumarajos; lloran los hombres y aprietan los puños, hasta que, al fin, un himno religioso, entonado en coro, empieza, lentamente, a dulcificar aquellas santas amarguras; la razón recobra su imperio, la conciencia se aquieta y tranquiliza, y una profunda melancolía se pinta en los semblantes, mezclada de síntomas de bondad moral, como si hubiese robustecídose el sentimiento de lo justo con aquel vomitivo aplicado al espíritu. Los profanos que han presenciado estas escenas en las campañas, atribuyen aquellos efectos singulares de la palabra a la excitación que producen sobre el cerebro las ideas elevadas, en personas que por la monotonía de la vida aislada que llevan, pasan meses enteros sin experimentar emoción alguna de placer ni de dolor. Es aquel un drama entre Dios y la criatura, cuyas peripecias tienen despierto al auditorio que es la parte más activa de la representación. Acaso el cerebro tiene movimientos y revoluciones como otros órganos del cuerpo humano también. Pero en todo caso el habitante del Far West en nada se parece al bárbaro pastor o al labrador de nuestras campañas, pues que está abundantemente preparado para oir la palabra divina por la lectura de la Biblia y por los comentarios teológicos de los divinistas. Pero lo que de todo esto importa para mi objeto, es que mediante los ejercicios religiosos, las disidencias teológicas y los pastores ambulantes, aquella grande masa humana vive toda en fermentación, y la inteligencia de los más apartados habitantes de los centros se conserva despierta, activa, y con sus poros abiertos para recibir toda clase de cultura. A semejanza de una cuba, que no importa la calidad del líquido que encierre, se mantiene ajustada y apta para servir; mientras que si se le deja vacía, las duelas se tuercen, los arcos se aflojan y queda con la acción del tiempo y las fluctuaciones de la intemperie, inutilizada para siempre.
Pero abra Vd. paso, todavía para un elemento civilizador, el más activo que mantiene la vida en aquellos pueblos, religioso, político, industrial, lleno del espíritu antiguo de las colonias, como, asimismo, accesible a todos los progresos de la inteligencia moderna, el descendiente de los viejos peregrinos, el heredero de sus tradiciones de resignación y de endurecimiento al trabajo manual, el elaborador de las grandes ideas sociales y morales que constituyen la nacionalidad norteamericana, el habitante, en fin, de los Estados de la Nueva Inglaterra, Maine, New Hampshire, Massachusetts, etc. He aquí la raza bramínica de los Estados Unidos. Como los bramanes descendiendo de las montañas del Himalaya, los habitantes de aquellos antiguos Estados, se diseminan hacia el Oeste de la Unión, educando con su ejemplo y sus prácticas a los pueblos nuevos que surgen sin pericia y sin ciencia sobre la faz de la tierra apenas desmontada. Recuerda Vd. que los peregrinos eran ciento cincuenta sabios, pensadores, fanáticos, entusiastas, políticos, emigrados y probados por todas las calamidades que pueden caer sobre los hombres; recuerda Vd., sin duda, que no quisieron que con ellos se embarcase un sirviente al alejarse de las costas de la Europa, resueltos como estaban a labrar la tierra con sus propias manos y no reconocer desigualdades sociales en la nueva patria que iban a buscar en la América: recuerda Vd., que se sentaron todos debajo de una encina de donde hoy está Boston, y después de dar gracias al Dios de Israel por su feliz arribo, discutieron las leyes que se darían para gloria de Jehová y su libertad personal; recuerda Vd., por fin, que esos hombres en aquella época establecieron escuelas públicas, obligando a cada padre, tutor o patrón de niños, a darles educación elemental para el espíritu y un oficio manual para el sustento del cuerpo. Pues bien, los hijos de aquella escogida porción de la especie humana, son aun hoy los mentores y los directores de las nuevas generaciones. Créese que más de un millón de familias descienden, en toda la Unión de aquella noble estirpe. Ellos han impreso en la fisonomía del yankee aquella plácida bondad que se nota en la clase más educada. Ellos llevan a toda la Unión la aptitud manual que hace de un norteamericano una maestranza ambulante; la energía férrea para luchar con las dificultades y vencerlas; y la aptitud moral e intelectual que lo pone al nivel, si no en la línea superior, a lo mejor de la especie humana. Estos emigrantes del Norte disciplinan las poblaciones nuevas, les inyectan su espíritu en los mítines que presiden y provocan; en las escuelas, en los libros, en las elecciones y en la práctica de todas las instituciones norteamericanas. Las grandes empresas de colonización y ferrocarriles, los bancos y las sociedades, ellos las inician y llevan a cabo. Así es que la barbarie producida por el aislamiento de los bosques, y la relajación de las prácticas republicanas, introducidas por los emigrantes, encuentran en los descendientes de los puritanos y peregrinos un dique y un astringente. Hay, pues, flujo y reflujo, entre estas dos fuerzas contrarias; y por más que fuera rápida la dilatación de la Unión y la mezcla y yuxtaposición de los pueblos, ellos acabarían, al fin, por dar homogeneidad al todo y conservarle el tipo original y nuevo, tradicional y progresivo que distingue a aquel pueblo. ¿Sucede cosa igual en el resto del mundo en formas tan perceptibles y constantes?
Acaso, creerá Vd. que aquellos instrumentos de pulimento y purificación nacional, a fuer de herederos de las antiguas creencias de los peregrinos, mantienen la inmovilidad de las ideas y constituyen una secta aparte. Bajo el aspecto religioso, los Estados Unidos presentan el mismo espectáculo que las costumbres, y que la superficie de la tierra. En ninguna parte del mundo puede decirse con más propiedad que Dios está hecho a imagen y semejanza de los hombres. Los norteamericanos tienen de Dios las ideas elevadas que de su esencia nos han transmitido los hebreos por medio del cristianismo; pero las sectas religiosas y las prácticas se adaptan allí a la inteligencia popular, descienden a una especie que llamaría fetichismo si tuviese por símbolos ídolos o manitúes; y se eleva hasta la filosofía pura, el deísmo, sin perder su carácter profundamente religioso, y aun sin salir de las grandes fórmulas morales del cristianismo. Como en todos los pueblos eminentemente religiosos, hay hoy en este momento en los Estados Unidos, santos, profetas, enviados de Dios, descensión y ascensión visible del Espíritu Santo, y comunión entre el cielo y la tierra. Hay religiones nuevas, que están naciendo y prometiendo absorber toda la tierra; los mormones, son de ayer, y sus inspirados y pontífices hacen milagros; testigo de ello que durante mi residencia en los Estados Unidos, un profano descubrió que la luz pálida que arrojaba el semblante del santo varón, procedía de una fricción que se había dado con fósforo. El venerable pontífice no se dió por vencido, diciendo que todos los milagros habían sido preparados así, ni sufrió en lo menor la fe y fervor de los creyentes, que hoy ascienden a más de ciento cincuenta mil.
Hay religiones danzantes, y los fieles, después de haber oído la oración del pastor, se lanzan a bailar hasta que el numen del baile se despierta, y el cuerpo se lanza a hacer cabriolas frenéticas, e indescriptibles. Entonces créese iluminado el paciente, que cae al fin extenuado y demente. Como he visto en el baile Mabille, de París, a la Reina Pomaré, la Rigolette, y otras celebridades hacer diabluras, no me dejo atrapar fácilmente por estas manifestaciones del Espíritu Santo. Sobre estas capas inferiores del culto en los Estados Unidos descuellan disidencias cristianas más respetables, tales como baptistas, metodistas, presbiterianos, congregacionalistas, cristianos, episcopalistas, luteranos, alemanes reformados, católicos romanos, amigos, universalistas, unitarios y otras sectas, entre las cuales yo incluiría los deístas puros; pues, tal es el espíritu religioso y tolerante de aquel país, que la negación de toda religión, lo que nosotros llamamos la impiedad, forma una secta aparte contra la cual nadie levanta la voz. Como una muestra de las proporciones que guardan estas divisiones, apuntaré que los baptistas tienen 1.130 iglesias y 4.907 pastores; los episcopalistas 950 iglesias, servidas por 849 pastores; los católicos 912 iglesias con 545 sacerdotes; los unitarios 200 iglesias con 174 pastores, guardando todos los demás una proporción descendente, según su colocación.
He dicho tolerante en el sentido genuíno que los americanos dan a esta palabra. Las sectas religiosas, forman en los Estados Unidos verdaderas cofradías y naciones religiosas, no obstante estar entremezcladas en las ciudades y en los campos. El médico, el escribano, el proveedor de carne, el boticario de la casa, y aun el botero, han de ser de la misma creencia de quien lo ocupa. Hay guerra sorda, proselitismo, en este sentido. Pero la tolerancia se muestra en la impasibilidad con que un metodista oiría contradecir sus dogmas por un católico y viceversa; porque en los Estados Unidos los católicos que profesan por dogma la intolerancia religiosa, son como aquellos tigres sin uñas ni dientes que solemos criar en las casas. No se ha oído hasta ahora que un católico haya mordido a nadie en Estados Unidos, donde hallan muy buena la libertad religiosa de que disfrutan a sus anchas, no sin salvar almas todos los años de los engaños falaces del tentador.
Este caos religioso, aquellas cien verdades contradictorias están, a su vez, sufriendo una elaboración, lenta, es verdad, pero segura, ascendente. Mientras la barbarie mormónica hace sus progresos la filosofía religiosa de los descendientes de los peregrinos viene de alto abajo descendiendo hasta las profundidades de la sociedad, acercando las distancias que separan todas las disidencias, echando entre ellas blandas ligaduras que concluyen por estrecharlas, y que terminarán al fin en absorberlas en el unitarismo, secta nueva, panteísta, en cuanto admite todas las disidencias y respeta todos los bautismos, por cuyo intermedio se ha transmitido la gracia, y elevándose a regiones más encumbradas, desprendiéndose de toda interpretación religiosa, concluye por reunir en un sólo abrazo a judíos, mahometanos y cristianos, prescindiendo de milagros y ministerios, como cosas que no cuadran con la forma orgánica que Dios ha dado al espíritu humano, y clasificándolos en el número de las figuras de la retórica. La moral del cristianismo como expresión y regla de la vida humana, como punto de reunión asequible y aceptable por todas las naciones, he aquí el único dogma que admiten, como la virtud y la humanidad el único culto y la única práctica que prescriben a los creyentes.
Esta filosofía religiosa se extiende con rapidez en los seis Estados de Nueva Inglaterra, tiene su centro en Boston, la Atenas norteamericana, y como propagadores a los hombres más sabios de los Estados.
Como Vd. ve, el espíritu puritano ha estado en actividad durante dos siglos, y marcha a darse conclusiones pacíficas, conciliadoras, obrando siempre el progreso sin romper en guerra con los hechos existentes, trabajándolos sin destruirlos violentamente, como lo emprendió la filosofía nacida del catolicismo en el siglo XVIII, y que tan poco camino ha hecho. Si recuerda el espíritu religioso que campea en los escritos de Franklin, notará que estas manifestaciones tienen antecedentes en la filosofía de buen sentido que inició aquel grande hombre práctico.