Concluyo de todo esto, mi buen amigo, en una cosa que hará pararse los pelos de horror a los buenos yanquis, y es que marchan derecho a la unidad de creencias y que un día no muy remoto la Unión presentará al mundo el espectáculo de un pueblo católico devoto, sin forma religiosa aparente, filósofo sin abjurar el cristianismo, exactamente como los chinos han concluído por tener una religión sin culto, cuyo grande apóstol es Confucio, el moralista que con el auxilio de su razón dió con el axioma: No hagas lo que no quieras que te hagan a ti mismo, añadiéndole este sublime corolario: y “sacrifícate por la masa”.

Si tal sucediera, y debe suceder, cuán grande y fecundo habrá de ser para la humanidad el experimento hecho en aquella porción que dará por resultado la dignificación del hombre por la igualdad de derechos, la elevación moral por la desaparición de las sectas religiosas que ahora lo subdividen, enérgico por las facultades físicas, y eminentemente civilizado por la apropiación a su existencia y bienestar de todos los progresos de la inteligencia humana. Norteamericano es el principio de la tolerancia religiosa que está inscripto en todas las constituciones y pasado ya a axioma vulgar; en Norte América fué por primera vez pronunciada esta palabra que debía restañar la sangre que la humanidad ha derramado a torrentes, y venido destilando hasta nosotros desde los primeros tiempos del mundo. Católicos, cuáqueros, calvinistas, todas estas variantes de una misma fe, venían a las colonias norteamericanas, a yuxtaponerse, sin mezclarse, prevaleciendo los odios que había engendrado la lucha en la Europa. Los padres peregrinos eran los más celosos exclusivistas, porque habían atravesado el mundo, dice Bancroft, para gozar el privilegio de vivir por sí mismos. La guerra religiosa, la persecución había ya estallado entre aquellos miserables restos de un naufragio común, despedazándose entre sí, en lugar de prestarse mutuo auxilio y amparo para resistir a la desgracia. Perseguían en Europa los anglicanos a los disidentes; los católicos a los herejes; quemaban a porfía la Inquisición y Calvino, papas y reyes, mahometanos y cristianos, de manera que usted no sabía adónde darse vuelta sin riesgo de que lo hiciesen biftec. En Febrero de 1631, llegó a América un joven maestro lleno del espíritu de Dios, y dotado de preciosos dones. Llamábase Rogerio Williams. Tenía entonces poco más de treinta años; pero su alma había madurado ya una doctrina que le aseguró la inmortalidad, al mismo tiempo que su aplicación ha dado paz religiosa al mundo americano. Era puritano y venía huyendo de la persecución de la Inglaterra; pero sus agravios personales no habían sido parte a obscurecer su clara inteligencia. La profundidad de su espíritu le había descubierto la naturaleza de la intolerancia, y él, sólo él, llegó al principio que es su único remedio efectivo. Anunció su principio bajo la simple proposición de santidad de conciencia. El magistrado civil podía reprimir el crimen, pero jamás dar reglas a la opinión; castigar los delitos, pero nunca violar la libertad del alma. Esta nueva contenía en sí misma una reforma completa de la jurisprudencia teológica, borrando del código de las leyes el delito de felonía por no conformidad; extinguiendo las hogueras que por tanto tiempo había tenido encendidas la persecución; derogando toda ley que hiciese obligatoria la observancia religiosa; aboliendo los diezmos y toda contribución forzosa para el sostén de la iglesia; dando igual protección a toda forma de fe religiosa, sin permitir que la autoridad del gobierno civil se alistase contra la mezquita del musulmán, contra el altar del adorador del fuego, la sinagoga judía, o la catedral romana.

Los principios de Roger Williams lo pusieron en perpetua lucha con el clero y gobierno de Massachussetts. Williams no pactaba con la intolerancia, porque decía: la doctrina de la persecución por causas de conciencia es evidente y lamentablemente contraria a la doctrina de Cristo Jesús.

Los magistrados insistían en exigir la presencia de todo hombre en el oficio divino, Williams reprobaba la ley, mirando como una abierta violación de los derechos de un hombre compelerlo a unirse con aquellos de creencia diversa; arrastrar al templo a los incrédulos o mal querientes, era santificar la hipocresía. Una alma incrédula, añadía, está muerta en pecado, y forzar al indiferente en una creencia a entrar en otra, es como mudar de mortajas a un cadáver. Nadie debe ser obligado a adorar, por mantener una creencia, sin su propio consentimiento.

Qué, le contestaban los puritanos, ¿el trabajador no merece su salario?—Que se lo pague el que lo ocupa, replicaba el heresiarca de la tolerancia. Su perspicacia le hizo desde entonces prever la influencia de sus principios en el gobierno de las sociedades. En los últimos días de su vida confirmó sus primeras ideas diciendo: “será un acto de misericordia y de justicia para las naciones esclavizadas romper el yugo de la opresión del alma, como es de fuerza obligatoria, hacer que todos y cada interés y conciencia preserven la libertad y la paz comunes”[4].

¡Y la luz fué! Desde Williams acá unos más pronto, otros más de mala gana y refunfuñando, han tenido que apagar sus tizoncitos y dejarse de esa bufonada de mal género que consiste en quemar hombres para mayor honra y gloria de Dios.

No tengo con qué acabar cuando yo entro en el campo de la teología; me vuelvo yankee como usted ve, y hasta gangoso me pongo al leer estos razonamientos. Pero mal que le pese, tengo aún que apuntar una de las fuerzas de regeneración, propaganda y auxilio al moroso que tienen en movimiento la inteligencia en Norte América y fuerzan a marchar adelante a los rezagados. Su origen y su forma es religiosa, si bien sus efectos se hacen sentir en todos los aspectos sociales. Hablo del espíritu de asociación religiosa y filantrópica, que pone en actividad millares de voluntades para la consecución de un fin laudable y consagra caudales gigantescos a la prosecución de su obra. En este punto el norteamericano se ha creado necesidades espirituales tan dispendiosas e imprescindibles como las del cuerpo mismo, y esta provisión de necesidades del ánimo, aquel tiempo, trabajo y dinero empleado en dejar satisfecho un deseo, una preocupación, muestra cuán activa es la vida moral de aquel pueblo. ¿Quién pudiera ser más infatigable propagandista que el católico exclusivo para quien no hay salvación fuera de la iglesia, y está en posesión de una verdad, de que ve a tantos millares de sus semejantes extraviados? Preguntadle al clero más intolerante cuánto dinero gasta de su bolsillo para proseguir la reducción de los infieles, la moralización de las masas. Poquísimo, por desgracia, y ese poco no es debido al sentimiento religioso que lo anima, sino a las cualidades personales y a las predisposiciones de ánimo del que se consagra a las obras de propaganda y filantropía. ¿A quién le ha ocurrido en la América española intentar una cruzada contra la borrachera? En Estados Unidos se cuentan ya por millares los propagandistas celosos de la templanza, y por cientos de miles los que han subscripto la obligación de no probar licores, hasta que la raza humana se cure de esta enfermedad que desbarata toda economía y destruye toda moralidad.

El norteamericano satisface deberes, y llena necesidades de su corazón y de su espíritu con su dinero; y si hubiera de formar su presupuesto anual de gastos diría 100 en comer y vestir, 20 en propagar las buenas ideas religiosas, 10 para obras de filantropía, 50 para fines políticos, 20 para civilización de los bárbaros. Así distribuída la inversión del fruto del trabajo, se permite la libertad de mostrarse egoísta, duro e interesado.

La Sociedad americana de templanza data desde 1826 y ya en 1835 había en el país ocho mil sociedades, con millón y medio de miembros. La caridad por los borrachos no se limita a buenos ejemplos. Cuatro mil destiladores de aguardientes desmontaron sus alambiques, ocho mil comerciantes se abstuvieron de vender licores, y mil doscientos buques se hicieron a la vela sin provisión de aguardiente. La legislatura de Massachusetts prohibió la venta de líquidos alcohólicos por menos de 15 galones. The tract society, que tiene por objeto moralizar las clases ambulantes, como los marineros y otros, publicó en 1835 cincuenta y tres millones de páginas. La Sociedad americana de escuelas dominicales, formada en 1824, recolectaba diez años después 136.855 pesos en un año, había hecho 600 publicaciones diversas, y estaba en contacto con 16.000 escuelas, 115.000 maestros, cerca de 800.000 discípulos.

La Sociedad bíblica americana ha recibido desde su fundación hasta ahora poco, dos millones y medio de pesos, y abandonado a la circulación cerca de cuatro millones de ejemplares de la Biblia. Omito hablar a Vd. de las misiones en el Occidente, en cuyos países una sola de ellas mantiene 308 misioneros, 478 escuelas, 17 imprentas, 4 fundiciones de tipos para imprimir libros en idiomas ignorados aun de nombre en Europa. Los resultados de las misiones americanas en Sandwich los conocemos todos para que haya de detenerme sobre ellos, pues mi ánimo al recordar todas estas sociedades es sólo hacer sensible una de las muchas fuerzas civilizadoras que están en continua acción para mejorar moral, religiosa y políticamente la condición del pueblo. No es raro ver un banquero como Girard, que deja millón y medio de duros para que se funde un colegio en que se eduquen jóvenes bajo ciertas condiciones por él prescriptas, y otros filántropos que, como Franklin, dejen un fondo para que dentro de dos siglos se disponga de los intereses capitalizados. En todo este enorme y complicado trabajo nacional, verá Vd. predominar una grande idea, la igualdad; un sentimiento, el religioso, depurado de las formas exteriores; un medio, la asociación, que es el alma y la base de toda la existencia nacional e individual de aquel pueblo.