Tranquilizado con estas ideas, paseéme holgadamente en Londres, recorriendo despacio la línea de ferrocarriles, que por Birmingham, Manchester, conduce a Liverpool donde paré ocho días con el joven argentino emigrado D. N. de la Riestra y establecido de muchos años en una casa de comercio. Embarquéme en el Montezuma, buque de gran calado, paquete de vela que hacía once millas a la menor brisa, y que llevaba cuatrocientos ochenta emigrantes irlandeses a Norte América. Mi poco ejercicio en el inglés me hizo tratar de cerca a una familia judía que hablaba el francés. Una vez, al salir de la cámara, como no acertase a abrir la puerta, un pasajero me dijo en español: tire usted que está abierta. Era Mr. Ward, de la casa de Huth Gruning de Valparaíso, y desde entonces pude creerme, gracias a sus deferencias, libre de perderme, desconocido en el nuevo mundo que iba a visitar. Un senador de los Estados Unidos regresaba de Europa, y conocía a Mr. Horace Mann, el célebre secretario del Board de Instrucción Pública de Massachusetts, y como llovida del cielo me venía una carta de introducción para este eminente maestro, pudiendo en ella Mr. Ward responder que conocía la misión y la idoneidad del recomendado. Mi camino se aclaraba, poco a poco, y todo temor, salvo el de flaquearme la bolsa, iba por grados desapareciendo.
La vida de mar es poco contábile. Por las tardes me acercaba a la cubierta, a donde salían como ratas de sus cuevas los infelices irlandeses, desnudos, macilentos, animada su existencia por la esperanza de ver, en la tierra prometida, el término de sus miserias. Emigraban viejas sexagenarias, y un ciego mendigo tocaba por las tardes la zampoña, para que bailasen damas mugrientas, chupadas y desmelenadas, con galopines en cueros o cubiertos de andrajos, lo que no estorbaba que se agrupase en torno de aquellas parejas con figuras de convalecientes de hospital, un público con trazas de turba de casas de corrección. Habíales entrado la gana de morirse y seis u ocho cadáveres se arrojaban al mar algunos días, sin que el baile de la tarde estuviese por eso menos concurrido.
Llegamos al fin a la rada de Nueva York, que por sus ensenadas y profundidad, como por la belleza del paisaje, recuerda, con colores más suaves y formas menos grandiosas, la de Río de Janeiro. La vista de esta naturaleza plácida despierta involuntariamente en el ánimo el recuerdo de los caracteres de Wáshington y de Franklin, prosaicos, comunes, sin brillo, pero grandes en su sencillez, good-natured sublimes a fuerza de buen sentido, de laboriosidad y honradez. Iba preparado al espectáculo, y no me sorprendieron ni las colinas hermosísimas cubiertas de bosques, ni las caletas, canales y ensenadas que rodean la ciudad, llenas de barcas y cruzadas por centenares de vapores. Nueva York es el centro de la actividad norteamericana, el desembarcadero de los emigrantes europeos, y por tanto, la ciudad menos americana en su fisonomía y costumbres de las que presenta la Unión. Barrios enteros tienen calles estrechísimas y desaseadas, alineadas de casas de mezquina apariencia. Los cerdos son personajes obligados de las calles y escondrijos, donde nadie les disputa sus derechos de ciudadanía. Ocupa el centro de la parte más hermosa de la ciudad el Broad-Way, la calle ancha que toca por un extremo en Garden Castle, y en su desenvolvimiento enseña Trinity Church, templo gótico de hermosa arquitectura y de cierta magnificencia, cosa rara en los Estados Unidos. Ha sido construído por acciones, como todas las grandes empresas norteamericanas. Hay en el Broad-Way hermosos edificios particulares, un bazar en mármol blanco, que se cree no tiene rival en Europa, y un teatro en construcción para ópera italiana. En una hora conté en el Broad-Way 480 carruajes entre ómnibus, carros y coches que pasaban frente a la ventana de mi Boarding-house. Por la noche dábase el Hernani en un teatro improvisado en Garden Castle, y allí nos reunimos seis sudamericanos: Osma del Perú; el joven Alvear argentino; el señor Carvallo y su secretario de legación, mi amigo Astaburuaga, y un recién llegado, que a poco se introdujo en la conversación, preguntando: ¿conocen ustedes a un señor Sarmiento, que debe haber llegado de Europa? Era don Santiago Arcos, quien, reconociéndome por el tal, me dijo que venía desde Francia en mi seguimiento, que desde allí seríamos inseparables hasta Chile, y que éramos amigos, muy amigos de mucho tiempo, acompañando estas palabras con aquel reir de buena voluntad que tiene, y que haría desarmar la extrañeza más quisquillosa.
La prima donna cantó por añadidura, el jaleo, dirigiendo a nuestro grupo desde las tablas palabras en español que le fueron contestadas con una cuchufleta de manolo, de manera que estaba, por decirlo así, en país de lengua castellana y de relaciones antiguas, pues que al joven Osma lo había conocido en España, y vuéltolo a encontrar en Londres, si no me engaño. Hasta las antiguas glorias de la patria y sus actuales miserias encontraba allí representadas en el general Alvear, con quien, allanadas ciertas dificultades de etiqueta, y merced a reticencias convencionales, pasé tres días oyéndolo hablarme de los pasados tiempos. El general Flores, del Ecuador, había también recalado por allí, asaz mohino y cariacontecido, de lo que nos divertíamos Osma y yo por los malos ratos que le habíamos dado en Madrid.
Nueva York es la capital del más rico de los Estados americanos. Su municipalidad sería, por su magnificencia, comparable sólo al Senado romano, si no fuese ella misma compuesta de un Senado y una Cámara de Diputados que legislan sobre el bien de medio millón de ciudadanos. Sólo la de Roma le ha precedido en la construcción de gigantescas obras de utilidad pública, si bien de los restos de los famosos acueductos que traían el agua a la ciudad eterna, ninguno ha vencido dificultades tan grandes, ni empleado medios más adelantados. El acueducto de Croton ha costado a la ciudad de Nueva York trece millones de pesos; prodúcele una renta anual de seiscientos mil, y sus habitantes pueden en el cuarto piso de sus casas disponer de cuanta agua necesitan torciendo una llave. El acueducto de Croton comienza en el río Croton, que corre a cinco millas del Hudson en un condado vecino. El dam o depósito de agua, que de él se ha formado para dar igualdad a la masa de aguas, tiene 250 pies de largo, 70 de ancho en el fondo, 7 arriba, y 40 de alto, construído todo de piedra y cemento. Forma un lago dentro de estas paredes de granito, cuya área cubre cuatrocientos acres de terreno, conteniendo 500 millones de galones de agua. Desde este gran depósito parte el acueducto perforando las montañas, o sostenido por arcadas sobre los valles como los acueductos romanos de Segovia y la Sabinia, dejando bajo puentes altísimos paso a los torrentes que atraviesa. Antes de llegar al río Harlem, trae así recorridas treinta y tres millas. El acueducto es de piedra, ladrillo y cemento, abovedado por arriba y por abajo, con 6 pies 3 pulgadas de ancho abajo, y 7 pies 8 pulgadas en lo alto de las murallas del costado, y 8 pies 5 pulgadas de alto. Lleva desde 13 y media pulgadas por milla, y descarga 60 millones de galones de agua cada veinte y cuatro horas. Sobre el río Harlem pasa en un magnífico puente de piedra de 1450 pies de largo con 14 pilares, ocho de los cuales sostienen arcos de ochenta pies de abertura, y otros de cincuenta, con superposiciones de 114 pies sobre el nivel del agua. El canal pasa aquí en tubos de hierro colado que dos hombres alcanzarán apenas a abrazar. El receptáculo que recibe las aguas en la calle 86, a 58 millas del de Croton, cubre 35 acres, y contiene 150 millones de galones. El depósito de distribución sobre el monte Murray, calle 40, cubre cuatro acres, es de piedra y cemento y a cuarenta y cinco pies sobre el nivel de la calle, y contiene veinte millones de galones. Desde allí se distribuye el agua por toda la ciudad en tubos de hierro, colocados en la tierra a suficiente profundidad para que el agua no se hiele en el invierno. Los tubos de 6 a 36 pulgadas de diámetro miden 170 millas; el agua sube a los pisos de las casas, y hay otros tubos para volver a la tierra las aguas sucias. El derecho que la Municipalidad cobra sobre el agua basta para pagar el interés de 13 millones de capital invertido, los salarios de los empleados y dejar una utilidad anual de más de medio millón, ahorrando a los vecinos los millones que gastaban antes en proveerse de agua de calidad menos exquisita que la de Croton.
Hacían más gratas las emociones que el examen de la grande obra del acueducto me causaba, los inteligentes comentarios, y las explicaciones de incidentes prolijos que a medida que recorríamos los hermosos alrededores de Nueva York, me iba haciendo don Manuel Carvallo, enviado extraordinario de Chile en Wáshington. La solicitud de este amigo, pues desde entonces nos hemos dado este nombre, me sacaba de aquella especie de desamparo en que creía encontrarme entre los pueblos del Norte de América, de lo que había sufrido moralmente y mucho en el norte de Europa. Con él visité el Saint-James-College de los Jesuítas, donde estudiaban varios jóvenes chilenos, las fábricas de caotchouc, donde se confeccionaban puentes militares impermeables y equipos completos de campaña, como asimismo todo aquello que en monumentos, construcciones y establecimientos merecía ser conocido del viajero.
Con su simpático secretario Astaburuaga emprendíamos las correrías de detalle, sazonadas por recuerdos de Chile, y animadas por la comunicativa causerie de dos amigos que vuelven a verse después de algunos años. Llevóme a visitar el cementerio Greenwood, separado de Nueva York por un canal.
Abraza el cementerio un espacio inmenso de terreno en el estado de naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad de aspecto que cambia a medida que se penetra en su solitario recinto. Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aún las aguas de las lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para carruajes serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo; las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y arbustos, y en lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos, arbolillos graciosos de los que forman la variada flora norteamericana. Allí, en el seno de la Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados a discreción por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron dejar algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra de una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; una linterna de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un vallecito, entre arbolillos vistosos, se muestra un templete griego, depositario de un sarcófago. ¿No es cierto que este sistema de cementerios a la rústica, verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de plácida melancolía, aligerada por la contemplación de la Naturaleza, volviéndole a ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que disponga sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas existencias? Al menos esta impresión me causaba la vista, desde alguna parte elevada del cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York coronada de humo, y Brooklyn su vecina, la Bahía hermosa con sus grupos de buques cual bosque de invierno, y los estrechos agitados por la marea que levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infinito e imagen imperfecta de la inmensidad.
El santuario de mi peregrinación era Boston, la reina de las escuelas de enseñanza primaria, si bien cuando objetos de estudio nos llevan a un punto, es permitido hacer un rodeo en busca de sitios pintorescos. Para ir a Boston, pues, porque está al naciente del Hudson, dispuse mi derrotero por Búfalo que está exactamente al Oeste. La cascada de Niágara y los célebres lagos estaban de por medio, y no había que trepidar en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino para contados días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la mañana para Albany (144 millas, un peso) a donde llegué a la tarde, pocos momentos antes de la partida del tren de Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo 469 millas en vapor o camino de hierro, y tres días de marcha, con descansos de un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y almorzar.
El Hudson es poética, histórica y comercialmente hablando, el centro de vida de los Estados Unidos. Camino de Boston, de Montreal, de Quebec, de Búfalo, del Niágara y de los lagos; arteria principal por donde fluyen los productos del Canadá, Vermont, Massachusetts, Jersey y el estado de Nueva York; sus aguas están de continuo literalmente cubiertas de naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como en las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan como exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo una feria de buques amarrados a sus costados que levantan con sus quillas una verdadera marea a su frente. Catorce naves cargadas preceden y siguen al motor, ocupando una ancha superficie del río. Los vapores de transporte asumen en los ríos norteamericanos la forma y la elevación de casas flotantes de dos pisos, con azotea y corredores.