Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, donde se muestran búfalos vivos y se venden esponjas de mar y coral petrificados, que se desprenden del suelo en que está la cascada. Aquello fué fondo de mar en otro tiempo.
Distínguese esta caída de las otras del mundo en que está situada en el centro de una llanura, sin que a primera vista se descubra la causa de su existencia. Descendiendo, empero, hacia Ontario, el fenómeno se explica fácilmente. El lago Erie está en el centro de una plataforma espaciosísima sin accidente alguno. Este llano es la superficie superior de una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nivel que hay entre uno y otro lago es de 300 pies; y la caída del río Niágara que los une entre sí, debe hacerse necesariamente en el borde del banco o meseta superior, que está no lejos de las márgenes del Ontario. Pero la caída se encuentra siete millas más arriba, y la roca está excavada en un profundo zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues, cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lentamente en marcha hacia el Erie, adonde llegará un día. Bastaría fijar, por medio de la observación, la distancia que avanza al año la catarata, derrumbando o carcomiendo la roca que le sirve de lecho, para sacar una parte de la cronología del globo. Según el geólogo Lyell, admitiendo que solo un pie retroceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queenston. Pero modifican este cálculo las diferencias de la altura de la caída en cada uno de los lugares de su estación, y la diversa resistencia que han debido oponerle la mayor o menor adherencia de las rocas que va encontrando. La primera vez que un europeo ha descripto la cascada, ha sido en 1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levantaron de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero las observaciones geológicas no comienzan sino de una época muy reciente. Desde 1815 adelante las dos caídas han ido alterando su forma por el derrumbe de enormes trozos de rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha perdido algunos acres de terreno.
Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del lugar de la caída, el lecho antiquísimo del río sobre la superficie de la tierra y aun a mayor altura de la que hoy tiene el Niágara. Las conchillas fluviátiles que se encuentran en bancos de residuos en la isla de la Cabra, se hallan perteneciendo a las mismas especies y épocas, en una línea hacia el Ontario que señala la dirección que llevaba el río. Tenemos, dice este geólogo, en el costado de los barrancos que va dejando el Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero significativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años que separa el tiempo presente de la época en que el Niágara corría por muchas millas más al Norte sobre la superficie de la plataforma. Este cronómetro nos muestra cómo los dos sucesos que creemos coetáneos, la desaparición de los mastodontes y la época de la primera población de la tierra por el hombre, pueden estar a distancias infinitamente remotas una de otra. El geólogo, añade, puede cavilar sobre estos acontecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, olvida la presencia de la catarata misma, y deja de percibir el movimiento de sus aguas, ni oye su estampido al caer en el profundo abismo. Pero, así que sus pensamientos vuelven al momento presente el estado de su espíritu, las sensaciones despertadas en su corazón se hallarán en perfecta armonía con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo rodea.
[5] Fluye por siempre, cubierta con tu glorioso ropaje de terror y de beldad. Puso Dios sobre tu frente el iris, y una nube envuelve cual manto tus pies. Te dió su voz de trueno con poder de hablarle eternamente, sellando el labio humano, condenado a guardar silencio, contentándose con derramar sobre tu altar el incienso de su hija, adoración del terror.
CANADA
El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la cascada bajo un punto de vista nuevo. Beautiful! Beautiful! decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos y de otras industrias. ¿Se imagina usted—me decía—que pueden usarse motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita? Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías a Europa o a Nueva York. Beautiful! Beautiful! añadía, extasiado en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo que los yankees están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y pueblan los bosques.
Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques todavía despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, sin poderse uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por aquellas soledades desamparadas, se pasa a uno de Stages, diligencias que remiendan intervalos sin rieles, y en Queenston va a alojarse a bordo del vapor que espera el tren para descender el Ontario, tocando en Oswego, boca del canal que liga este lago con el canal que une el Ontario con el Hudson. Van Buren, el expresidente, promoviendo la abertura de este canal auxiliar, dió valor a unos terrenos que poseía en las inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento de egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo sistema de comunicaciones acuáticas de que he hablado en otro lugar.
El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y las mozas envueltas en cachemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque. El paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en aquellos inimitables cuadros del Ultimo Mohicano. Ya he dicho a Vd. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto. Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón un sentimiento extraño, que no había experimentado ni en París. Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yankee, y ver si podría arrimar a la cascada alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica de qué?... Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había visto en algunas aldeas de España, Fábrica de fósforos. ¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más en ello.
Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un punto que se llama Thousand Islands, las mil islas, que no son menos las que están aglomeradas en un corto espacio. La escena fluvial más bella que la Europa presenta es el Rin desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había recorrido hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por Utrecht va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí por La Haya se desciende a Rotterdam para tomar el Escalda, que conduce a Amberes y a Bruselas. Embellecen el Rin las tradiciones alemanas, los castillos feudales que aún coronan las alturas; las ciudades renanas que ostentan la estatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia. Fluye el río silencioso por entre quebradas sañudas y obscuras, sale a explayadas que espacian la vista y enseñan las agujas de las iglesias de las aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y casi rastreros por los faldeos de las circunvecinas montañas. Más allá, y aproximándose a la Holanda, el terreno baja, el río se ensancha, los molinos de viento se suceden a los castillejos, y los ciénagos holandeses requieren los canales que surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques que oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, superior en el nivel.
En el San Lorenzo, la naturaleza, desnuda de todo atavío de arte humano, se presenta a luchar con toda comparación posible. Aquí la escena se dilata hasta donde la vista alcanza, sin encontrar, sin embargo, objeto que introduzca la monotonía. El pasaje por entre las mil islas es un sueño de hadas. Era el otoño, y los árboles de la flora americana estaban ya matizados de colores de ópalo, amarillo y púrpura, que tanto codician los pintores para las escenas rústicas. Hay la encina norteamericana y otros árboles que se tiñen de rojo puro, y tan subido que desde leguas atraen la mirada por su extrañeza. De este ropaje estaban vestidas las islas, grandes algunas como para contener una aldea, y tan pequeñas otras que parecían una canastilla de flores flotando sobre las aguas. El San Lorenzo vuelve a hacer rápidos saltos de distancia en distancia, lo que da a sus aguas cristalinas un blanco esmaltado y sin espuma, por estar a mucha profundidad las rocas que quiebran el agua. La corriente del río se presenta, entonces, como un ancho reguero de plata, accidentado por aquellas cucas islas que traen al espectador alborotado, cambiando la escena a cada paso, agrupándose en formas y en cadencias caprichosas, descubriendo nuevos horizontes a cada paso, hasta no entenderse en el laberinto que forman. Cuando el vapor va a entrar en los rápidos, el maquinista detiene el motor, la corriente de aquel canal de molino arrebata el buque, y el piloto con mano firme lo endilga por entre los escollos y remansos que se forman en aquella catarata continua. No sé si me han engañado; sesenta millas hacemos, díjonos el piloto, mirando sin pestañear un pasaje difícil que teníamos por delante. El tren expreso entre Manchester y Liverpool hacía también 60 millas. Llégase a Kingston, ciudad del Alto Canadá, cómpranse manzanas por hacer alguna cosa, y la noche mediante, llégase a Montreal, la ciudad francesa de esta parte de las colonias británicas.