El hotel Donegana, espacioso como nuestros claustros y arreglado en todo como los grandes hoteles norteamericanos, acoge al pasajero derrengado y mal traído, a merced de vagones, stages complementarios y vapores. El hong-hong no falta para triturarle al infeliz los nervios, si se obstina en dormir una hora más.
¡Montreal, qué joya para figurar en impresiones de viaje! Dumas ignora el tesoro que hay allí sepultado a sólo diez u once días de vapor de Francia. Es la ciudad más adelantada del mundo en cuanto a la aplicación y generalización de los medios más perfectos de construcción civil. Las casas son de piedra de cantería o ladrillo. Las techumbres están cubiertas de un manto de zinc, lo que da a la ciudad un aspecto reluciente. El pavimento de las calles todas es de palo a pique como el que se ha ensayado en París en frente de la Opera Cómica, y construído bajo el mismo principio, y las aceras son de tablones atravesados y montados sobre barrotes que permiten al agua escurrirse por debajo. Bajo este respecto Montreal es la ciudad más altamente civilizada que existe en el globo; pero hay un aspecto moral por donde es una curiosidad fósil digna de observación.
Sábese que el Alto y Bajo Canadá fué cedido a la Inglaterra por Luis XIV, al fin de las desastrosas guerras que amargaron el ocaso de sus días e hicieron pagar caro a la Francia el orgullo de sus reyes y la arrogancia de sus ejércitos; triste y merecido fin que tienen esos triunfos con que la fortuna engalana los primeros pasos de la vida de los tiranos. La vejez trae sus arrugas, la conciencia sus remordimientos, y el cansancio y la extenuación de los pueblos la debilidad que da reparación a los ofendidos. Con Napoleón repitióse el mismo cuento y con nuestro imbécil se reproducirá el mismo hecho, muy a expensas nuestras.
¡Vuelvo siempre a mis carneros! La población francesa de Montreal lloró, como Cartago condenada a la destrucción, el día en que se le anunció que había sido tratada como mercancía, entregada cual vil rebaño a la odiada Inglaterra. Pero, el llorar y el mesarse los cabellos en nada cambiaba la situación que la madre patria les hacía, y hubieron de resignarse a su suerte desamparada. Desde entonces se rompió el vínculo que los ligaba a la madre patria y no oyeron hablar más de la Francia. Sus revoluciones posteriores, la república, el imperio, la restauración y la casi restauración, han pasado sin que el vulgo sepa de tan grandes sucesos, sino de oídas, aquello más notable; pero sin sucesión, sin formar ya parte de la historia nacional.
Los libros franceses dejaron de penetrar en la colonia inglesa, y todo progreso en las ideas, toda novedad literaria o filosófica dejó para los infelices de ser continuación y consecuencia de aquel movimiento de ideas que comenzó en el reinado de Luis XIV y continuó con Rousseau, Voltaire y el siglo XVIII. Para los franceses de Montreal, pues, la Francia, la única Francia posible, es la Francia del gran rey con su corte de Versalles, su etiqueta y su lujo asiático; los únicos poetas, Corneille y Racine; las únicas glorias militares, las del gran Condé, Catinant, Villars y Turena. El canadiense es ceremonioso como un cortesano antiguo, y tan quisquilloso en punto a hidalguía, que la genealogía de las familias es allí espejo que no ha de empañar ni por el contacto mácula alguna. Viviendo bajo la dominación inglesa de un siglo a esta parte, las madres no enseñan a sus hijas el inglés, para ponerlas en la imposibilidad de oír a los odiosos opresores de su raza; cuando en las calles se pregunta a los paseantes algo en inglés, puede desfilar toda la población por delante, sin que haya una persona de origen francés que se dé por entendida de lo que se le pregunta. Hablad en francés y entonces las miradas se vuelven de todas partes, los semblantes sonríen y la buena voluntad y el deseo d’être agréable vese pintado en la blanda ondulación de cada músculo. “¡Ah! ¡señor, me decía un joven, con voz conmovida, viene usted de Francia; qué feliz es Vd.! ¡Oh, la Francia, nuestra patria! ¡Si supiera ella lo que ha hecho, entregándonos a los ingleses! Ya se ha arrepentido, ¿no es así? Porque ni aun en sus reproches querrían ofender a este tipo de la nacionalidad de su raza.
La religión se ha hecho un arma de oposición a los dominadores, y el catolicismo una trinchera adonde se ha acogido toda la vida de este pueblo desmembrado. El catolicismo cuan estable es en sus dogmas, ha marchado, sin embargo, con los siglos, y afectando nuevas formas, para adaptarse a las nuevas instituciones. Si queréis volver una página de un siglo de su historia y verlo tal cual era, después de salido de la Edad Media, id a Montreal y lo encontraréis en todo su primitivo candor, lleno de savia y de fuerza y concentrando en sí, como en España en tiempos de la reina Isabel, el patriotismo, el poder, y la fuente del heroísmo. Hacia la base del monte que da nominación a la ciudad, se levanta una hermosa casilla de ladrillo rodeada de árboles y colocada en una pequeña elevación del terreno que la hace más pintoresca. Esta casa, que me había llamado la atención, tiene tapiadas las puertas y está abandonada. Preguntando a un canadiense el motivo de lo que veía, “¡Que no sabe! me dijo, la casa del Judío. Y bien.—Del alma en pena, le revenant. Un judío (si esta apelación no es, como lo sospecho, todavía una muestra del viejo catolicismo) un judío era el dueño de esa casa. Una noche, tarde de la noche, oyóse un tiro. Al día siguiente los vecinos lo encontraron muerto, suicidado. Sus compatriotas quisieron ocupar la casa; pero el alma del condenado volvía a su habitación todas las noches, revolvía papeles, oíanse gemidos y ruidos de cadenas. En vano han querido después habitar la casa; esto hace ya veinte años, algunos vecinos pobres han intentado ocuparla. El alma del condenado vuelve; las luces se apagan solas, y comienzan los gemidos y el ruido de cadenas. La autoridad ha mandado al fin amurallar las puertas, por miedo que la casa se convierta en guarida de ladrones”.
Yo escuchaba maravillado este cuento, que me traía a la memoria escenas de mi infancia, oyendo horripilado historias de ánimas y aparecidos, y miraba a mi hombre de hito en hito para ver si creía realmente lo que me estaba contando, y si no concluía como algunos clérigos en Roma que le enseñan a uno la mesa con tres patas en que almorzaba Jesucristo con San Pedro y San Juan, y que concluyen por reírse de la conseja cuando uno les pone cierta cara. Esta vez, empero, había en la voz y en lo profundo de los ojos del narrador tal convicción, que mostrar duda siquiera habría sido desmoralizarlo, porque la sencillez de su espíritu, la sanción dada por todos, aun por la autoridad, a esta tradición, no le habrían dejado sospechar que hubiera ningún ser racional que dudase de la posibilidad de tales sucesos.
Sobrevino el domingo y me dirigí a la catedral para visitarla. Jamás había podido imaginarme espectáculo más imponente. Habíame enfriado Roma con su Semana Santa y sus ceremonias. San Pedro es en esos días, como siempre, un suntuoso desierto. Los romanos preguntan: ¿Ha estado Vd. en San Pedro? ¿Ha visto al Papa?—Ellos no van nunca a la gran basílica y pocas veces a las demás iglesias. Si en Roma sucede eso, imagínese lo que sucederá en Francia, España y el resto de la Italia. No recuerdo dónde he encontrado en diversas iglesias tres sacerdotes que decían misa sin un solo oyente o alguna vieja mendiga por todo acompañamiento.
En la gótica catedral de Montreal había ese domingo de quince a veinte mil almas oyendo la misa mayor. La población católica no se desobliga del precepto, sino oyendo la misa episcopal, pontificada con una pompa sencilla, servida por setenta y dos acólitos, monacillos y oficiantes que pude contar por los bonetes en forma de conos truncados y altos de una tercia que llevaban los oficiantes. No ofreciendo suficiente espacio el pavimento de la catedral para tanto concurso, se han adaptado a las naves exteriores dos anchas galerías salientes que hacen dos corridas de palcos por ambos lados de la iglesia; y las cuatro y el piso estaban llenos. Predicaba a la sazón el cura la plática doctrinal; un profundo silencio reinaba en aquella inmensa congregación, y una señora que me veía de pie, con los ojos y con la mano me invitaba cortésmente a tomar asiento a su lado, en las lunetas de madera que cubren toda la superficie del vasto edificio, más ancho que la catedral de Santiago. Esto que veía entonces, sucedía siempre y las acomodaciones de la iglesia me lo decían demasiado.
Al día siguiente encontré en las calles larga procesión de niños en dos filas y precedido por una cruz con paño llevada por un clérigo, que se dirigían a la iglesia cantando en coro las alabanzas, seguidos del cura y sotacuras, a oír la misa diaria, antes de entrar a las clases. El cura, como fué práctica en los antiguos tiempos, es el maestro de escuela de la parroquia, y los sotacuras son sus ayudantes si es numerosa. Adoctrínalos con amor en todas las creencias; fortifícalos contra toda innovación peligrosa y contra toda tibieza que pueda dar entrada en sus almas al odiado protestantismo de sus amos. Así el catolicismo se ha endurecido y reconcentrado para hacer frente a la destitución de la raza y del idioma, y se apega a las añejas prácticas y aun a las supersticiones más frívolas por no dar su brazo a torcer. Todo esto es santo, bello, tierno, patriótico y ortodoxo, sin duda. Pero, ¡ah, que está de Dios que no ha de haber cosa cumplida en este mundo! Los católicos de Montreal poseen y cultivan una ignorancia desesperante. Alejados de la administración, porque temen contaminarse si aceptan empleos, viven ajenos de todo movimiento de la vida pública. Al lado de los yankees, gobernados por la Inglaterra, no poseen ninguna industria, cultivan mal la tierra, y la pobreza, la obscuridad, la nulidad y la miseria los viene cercenando y estrechando de todas partes. Hoy vende una familia patricia su casa que compra un comerciante inglés, y mañana sus hijos están en la indigencia, y como no tienen ni instrucción ni habilidad manual, concluyen sus nietos por ser mozos de cordel o domésticos. Calcúlase que en un siglo más habrá desaparecido este pueblo, incapaz de vivir en la sociedad actual y obstinado por patriotismo en perpetuar un modo de ser que lo aniquila lentamente.