Los ingleses, en tanto, se desenvuelven por el comercio, por el ejercicio del poder, por la inmigración y por la vida británica, tan llena de expansión y actividad. Agitan los ingleses la separación de la metrópoli y maldicen el día que vencieron a Montgomery, que les traía la independencia.
Montreal es un emporio de las peleterías del Norte, y los almacenes están llenos de la variedad infinita de producciones que forman este ramo. Después de haber visto aquella ciudad encantadora y que bajo las formas más modernas encierra la población más vieja, hube de dirigirme a Quebec, donde quería examinar una caserna que el gobierno inglés había establecido para recepción de inmigrantes irlandeses. Dáseles allí ración y ocupación diaria hasta que se les destina a los terrenos que se han señalado para las nuevas plantaciones. A veces creo que no debemos pensar en cosas nuevas, sino buscar dónde está ya realizada la idea que nos embarga. Traía desde Alemania el pensamiento de estas grandes hospederías, para acoger inmigrantes en nuestros países, y hablándole de ello a Astaburuaga en Nueva York, indicóme la existencia de ésta. Al tomar pasaje en San Lázaro abajo, vínome el remordimiento de aquella prodigalidad de dinero con que iba haciendo mis viajes, cual si fuera un príncipe ruso. Siete pesos debía costarme de ida y vuelta la excursión a Quebec, duplicado de Montreal, ciudad menos bella y pueblo menos virgen que el que había visto. ¡Siete pesos! Tomé un vapor para atravesar el San Lorenzo con asiento en el ferrocarril de la Pradera, que lleva a orillas del lago Champlain, camino de Nueva York, tomando a lo largo el larguísimo lago, viendo aproximarse las costas, alejarse o cruzarse puntas de tierra entrantes y ensenadas, variándose el panorama con una movilidad infinita, hasta que llega a Whitehall, donde se toma pasaje por un canal que conduce a Troya, desde donde el camino de hierro lleva a Boston, fin de mi excursión por este lado. Reasumamos la parte económica del viaje. De Búfalo a la cascada, camino de hierro, 1 peso, 22 millas. De Niágara Falls a Lewiston, camino de hierro, stage, 6 pesos, 31 millas. Lago Ontario a Montreal, vapor, 10 pesos. De Montreal a la Prairie, vapor y ferrocarril, 1 peso. De la Prairie, Lago Champlain a Whitehall, 1 peso; diligencia a Troya, 3 pesos; ferrocarril a Greenbush, 3 pesos.
BOSTON
La ciudad puritana, la Menfis de la civilización yankee, tenía 18.000 habitantes en 1790, 33.000 en 1810 y 114.360 en 1845. La ciudad está fundada sobre una península, cuyo istmo de una milla sirve de principal comunicación con el continente, si bien muchos puentes echados sobre la bahía interior establecen nuevas líneas de contacto. Suaves colinas accidentan el suelo y dan a la perspectiva puntos de vista agradables. Vive aún la encina a cuya sombra se reunieron los Peregrinos para darse las leyes fundamentales. En Boston se dictó aquella famosa ley de educación pública general y obligatoria de 1676, que ha preludiado a la habilitación del género humano. En Boston se reunieron en meetings los colonos y resolvieron no pagar el derecho del té, abstenerse del uso de esta infusión y arrojar al mar las cajas de té del estanco. En Boston se disparó el primer fusilazo en la guerra de la Independencia. En Boston están las escuelas públicas convertidas en templos por la magnificencia de su arquitectura, y cada viviente paga un peso anual por educar a los hijos de sus semejantes, y cada niño pobre consume al año siete pesos de renta pública para educarse. En Boston está la sede y el centro del unitarismo religioso, que propende a reunir en un centro común todas las subdivisiones de secta y elevar la creencia al rango de filosofía religiosa y moral. De Boston, en fin, salen esos enjambres de colonizadores que llevan al Far West las instituciones, la ciencia y la práctica del gobierno, el espíritu yankee y las artes manuales que presiden a la toma de posesión de la tierra. Cuatro líneas de vapores lo ligan con la Europa. Un ferrocarril corre la costa hasta Portland en el Maine; otro hasta Concordia lo pone en comunicación con el Estado de Nueva Hampshire; otro con Troya y sus líneas y canales afluentes; tres con Nueva York, completándose con líneas de navegación por mar o por la sonda de Long Island. Sus hoteles son el primor de los Estados Unidos y el Fremont Hotel pasa por superior a todos en elegancia y comfort.
Había llegado de noche y entregádome a ese sueño de ganapán que termina las trasnochadas e incomodidades de un afanoso viaje. A las tres de la mañana me despiertan golpes redoblados a mi puerta, y una risa prolongada y burlona que apenas podía contenerse. Acababa de llegar en la noche; alma nacida podía saber que ya me hallaba en Boston, y sin embargo, el burlón repetía muriéndose de risa: Abra, Sarmiento, soy yo.—¿Quién es yo?—Y creía hacerme desesperar.—Yo, Casaffoust.
Una noche en Nápoles tomaba helados en un café con un joven francés. Como viese entrar a un individuo, dije a mi compañero en francés: Aquel joven es americano, del mediodía, es de Buenos Aires. ¿Hay, realmente, un tipo nacional argentino? Rugendas sabe reproducirlo con el lápiz, y yo esta vez acertaba a conocer por la fisonomía a un compatriota. Acercóse con reserva, miróme con frecuencia y al fin se aventuró a decirme: “Creo, señor, haberle oído que soy americano”. En efecto, era porteño, uno de esos caracteres enérgicos que se abren paso en el mundo por su propio esfuerzo. Salido joven de su país, se había establecido en Río de Janeiro, pasado a Valparaíso, Bolivia y Lima, y últimamente asentádose en la América Central, donde, habiendo engrosado su fortuna, había empezado a creer que el mundo no estaría satisfecho si él no lo recorría. Despedímonos en Nápoles y nos encontramos de nuevo en Roma. Allí tomó él para Trieste y yo debía salir más tarde para Florencia. Al entrar en un café en Venecia, Casaffoust nos tapó la puerta; acababa de desembarcar. No debíamos vernos más. El día que llegué a París lo encontré de manos a boca en el bulevar América. En el hotel donde un mes después fuí a alojarme en Londres, encontré a Casaffoust, que comía a la sazón. ¡Era éste un fantasma que me perseguía! Después de cruzar los brazos uno y otro para contemplarnos con extrañeza, nos echábamos a reír de esta singularidad. Desde Londres partió al fin para Belice en el Istmo, desde donde debía arribar a Costa Rica. No quiso dirigirse, como yo se lo aconsejaba, a los Estados Unidos. La noche que llegaba yo a Boston, partía él del mismo hotel, y mientras pagaba su cuenta, leía en el libro de pasajeros, abierto ante sus ojos, D. F. Sarmiento, entre los últimos llegados. Suspendió su viaje, acompañóme dos días, y nos separamos prometiéndonos con las mayores veras, no volvernos a encontrar más, porque aquella tenacidad me iba ya dando que pensar. Esta vez lo hemos cumplido: no nos hemos visto más.
El principal objeto de mi viaje era ver a Mr. Horace Mann, el secretario del Board de Educación, el gran reformador de la educación primaria, viajero como yo en busca de métodos y sistemas por Europa y hombre que al fondo inagotable de bondad y de filantropía reunía en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo saber. Vivía fuera de Boston, y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme a Newton East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos largas horas de conferencias en dos días consecutivos. Contóme sus tribulaciones y las dificultades con que su grande obra había tenido que luchar, por las preocupaciones populares sobre educación, y los celos locales y de secta, y la mezquindad democrática que deslucía las mejores instituciones. La legislatura misma del Estado había estado a punto de destruirle su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación, cediendo a los móviles más indignos, la envidia y la rutina. Su trabajo era inmenso y la retribución escasa, enterándola él en su ánimo con los frutos ya cosechados y el porvenir que abría a su país. Creaba allí, a su lado, un plantel de maestras de escuela que visité con su señora, y donde, no sin asombro, vi mujeres que pagaban una pensión para estudiar matemáticas, química, botánica y anatomía, como ramos complementarios de su educación. Eran niñas pobres que tomaban dinero anticipado para costear su educación, debiendo pagarlo cuando se colocasen en las escuelas como maestras; y como los salarios que se pagan son subidos, el negocio era seguro y lucrativo para los prestamistas. Gracias a sus desvelos, el Estado de Massachusetts, de que es Boston la capital, contenía en 1846, en las trescientas nueve ciudades y villas que lo forman, 3475 escuelas públicas, con 2589 maestros hombres y 5000 maestras, asistidas por 174.084 niños. Observe Vd. que el número de maestros de escuelas es mayor en este Estado que el monto total del ejército permanente de Chile, y el tercio del de todos los Estados Unidos.
La población del Estado es de 737.700 habitantes, y los niños en estado de asistir a la escuela, 203.877.
Las rentas destinadas para sostener la educación pública son 650.000 pesos, recolectados por contribución de escuelas[6]. Además de las escuelas hay en Massachusetts 77 colegios públicos incorporados, con 3700 estudiantes y 1091 colegios y escuelas particulares, con 24.318 discípulos, los cuales pagan 277.690 pesos por la enseñanza que reciben.
Además de estas pasmosas sumas, cada localidad posee fondos cuyos productos están especialmente destinados a la enseñanza. Estos fondos producían quince mil pesos de censo, a los que se añadían más de ocho mil pesos de sobrantes de rentas ordinarias que eran aplicadas por la administración a este santo objeto.