Para más ilustración de mi asunto, añadiré a Vd. que este Estado sólo tiene siete mil quinientas millas cuadradas o treinta leguas de ancho sobre sesenta y tres de largo. En este reducido espacio hay, como he dicho, más de setecientos mil habitantes, dueños de trescientos millones de pesos.
Usted ve, mi querido amigo, que estos yankees tienen el derecho de ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cuatrocientos pesos de capital por persona, una escuela o colegio para cada doscientos habitantes, cinco pesos de renta anual para cada niño, y además los colegios; esto para preparar el espíritu. Para la materia o la producción tiene Boston una red de caminos de hierro, otra de canales, otra de ríos, y una línea de costas; para el pensamiento tiene la cátedra del evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos y revistas; y para el buen orden de todo, la educación de todos sus funcionarios, los meetings frecuentes por objeto de utilidad y conveniencia pública y las sociedades religiosas, filantrópicas y otras que dan dirección e impulso a todo. ¿Puede concebirse cosa más bella que la obligación en que está Mr. Mann, secretario del Board de Educación, de viajar una parte del año, convocar a una reunión educacional a la población de cada aldea y ciudad adonde llega, subir a la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria, demostrar las ventajas prácticas que de su difusión resultan, estimular a los pobres, vencer el egoísmo, allanar dificultades, aconsejar a los maestros y hacer las indicaciones, proponer las mejoras en las escuelas que su ciencia, su bondad y su experiencia le sugieren?
En los alrededores de Boston, a distancia de doce millas, unido a la ciudad por un camino de hierro para las personas y por un canal para las materias primas, está Lowell, el Birmingham de la industria norteamericana. Aquí como en todas las cosas, brilla la soberana inteligencia de este pueblo. ¿Cómo luchar con la fabricación inglesa, producto de ingentes capitales empleados en las fábricas, y de salarios ínfimos pagados a un pueblo miserable y andrajoso? Dícese que las fábricas aumentan el capital, en razón de la miseria popular que producen. Lowell es un desmentido a esta teoría. Ningunas ventajas o escasísimas llevan a los ingleses en el costo de la materia prima; pues, tanto vale llevar a Londres o a Boston por mar las balas de algodón de la Florida; pero las diferencias de salarios son enormes, y sin embargo, los tejidos de Lowell sostienen la concurrencia con los ingleses en precio, y les aventajan de ordinario en calidad. ¿Cómo han hecho este prodigio? Apurando todos los medios inteligentes de que el país es tan rico. El obrero, el maquinista son hombres educados; su trabajo, por tanto, es perfecto, sus medios ingeniosos; y pudiendo calcular el tiempo y el producto, producen mayor cantidad de obra y más perfecta.
Las hilanderas y trabajadoras son niñas educadas, sensibles a los estímulos del deber y de la emulación. Vienen de ochenta leguas a la redonda a buscar por sí medios de reunir un pequeño peculio; hijas de labradores, más o menos acomodados, sus costumbres decorosas las ponen a cubierto de la disolución. Buscan plata para establecerse, y en los hombres que las rodean no ven sino un candidato a marido. Visten con decencia, llevan media de seda los domingos, sombrilla y manteleta en la calle; ahorran ciento cincuenta o doscientos pesos en algunos años y se vuelven al seno de su familia, en aptitud de sufragar los gastos de establecimiento de una nueva familia. Para obtener estos resultados hay en Lowell hoteles cómodos y espaciosos que dan de comer y alojamientos económicos a los obreros, disponiendo de bibliotecas, diarios y aun pianos para las niñas que saben su poco de música. De todo el mal que de los Estados Unidos han dicho los europeos, de todas las ventajas de que los americanos se jactan y aquéllos les disputan o afean con defectos que las contrabalancean, Lowell ha escapado a toda crítica y ha quedado como un modelo y un ejemplo de lo que en la industria puede dar el capital combinado con la elevación moral del obrero. Salarios respectivamente subidos producen allí mejor obra y al mismo precio que las fábricas de Londres, que asesinan a las generaciones.
Estos tejidos de Lowell, como los de Pittsburg y de doscientas fábricas que se levantan en diversos puntos del territorio de la Unión, entran por poco todavía en la masa de productos fabriles que inundan los mercados del mundo. Se consumen la mayor parte en el interior del país, y aun en esto los Estados Unidos presentan uno de esos resultados que muestran en cifras luminosas cuánto es el bienestar de que goza la masa de la población. Datos estadísticos de Francia muestran que aquella nación sólo consume al año un metro de tejidos de algodón por persona, y la Irlanda una y media yardas, mientras que los Estados Unidos consumen veintiuna y media yardas por persona, lo que hace suponer que no hay ganapán que no tenga sábanas y varias mudas de camisas. De este dato los publicistas norteamericanos sacan una conclusión que no deja de tener su valor. En lugar—dicen—de buscar mercados en el exterior para nuestras fábricas, traigamos población para nuestros bosques. Si nosotros hubiéramos de proveer de tejidos de algodón a la Irlanda, que tiene cuatro millones de habitantes, habríamos suplido a sus necesidades con seis millones de yardas de tejidos; mientras que para consumir esos mismos seis millones, son bastantes 285.714 inmigrantes, que es poco más o menos la cifra de la inmigración anual. Veinte años de inmigración nos darán colocación para ciento veinte millones de yardas de tejidos de algodón.
El consumo de los otros artículos manufacturados está en igual proporción con los tejidos de algodón. El año 1842 se introdujeron en los Estados once millones de pesos en tejidos de lana, veinte y un millones en 1836, bien que en 1840 y 1842 anduvo de ocho a nueve millones. En 1839 consumieron veinte y un millón de pesos en tejidos de seda, quince millones en 1841, y nueve en 1842. Nueve millones de tejidos de hilo en 1836, cerca de siete millones en 1841, habiendo bajado a tres y medio en 1842. A este enorme consumo de productos europeos corresponden cifras no menos abultadas de producciones nacionales. Calculábase para el año 1843 como producto anual de la agricultura, 65.387.597 dólares; de manufacturas, 239.836.224 dólares, y del comercio, 79.721.086.
Hasta el año de 1825 no se había estampado en los Estados Unidos una sola yarda de calicó (quimon). En 1836 se importaron de Inglaterra ciento cincuenta millones de yardas, lo que según el censo de 1840 que dió diez y siete millones de habitantes, toca a cada mujer (el tercio del número tal) dos vestidos de a diez varas. En 1842 los estampados norteamericanos subieron a la enorme suma de ciento cincuenta y ocho millones de yardas, habiendo descendido la importación inglesa a sólo quince millones. Las manufacturas de los Estados de Nueva Inglaterra proveían en 1845 de mercado a un tercio del algodón que cosechan los Estados del Sur, y los obreros consumían más harina y granos que la cantidad exportada por el puerto de Nueva York.
Mr. Mann me favoreció con muchas cartas de introducción para sabios, pedagogistas y hombres notables. Su nombre solo, era ya por todas partes un pasaporte para mí. Tuve una larga conferencia con uno de los ministros de Estado, quien me proveyó de una orden para que se me entregasen varias colecciones de libros y documentos públicos que me ponían al corriente del estado de la educación en Massachusetts y después de ver cuanto digno encerraba la ciudad de ser visto, púseme en camino para Nueva York, por una serie de ferrocarriles y vapores combinados, que me pusieron no sé cómo, de día y de noche marchando, en el desembarcadero de Nueva York.
[6] Esto ocurría en 1848; la renta había ascendido a 800.000 pesos.—El A.