Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual polilla se había introducido en América entre los bagajes de los primeros colonos, fué extirpada antes que lograse fecundar los huevos en la patria americana; y la ocupación constante de los colonos desde entonces, en cada punto de las nacientes plantaciones, fué combatir ya las pretensiones de los gobernadores enviados por la corona; ya negar el exequatur a las pragmáticas y decretos de los reyes mismos de Inglaterra cuando invadían sus libertades; ya, en fin, oponerse a los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia de impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias directa y debidamente representadas en el parlamento. La revolución de la independencia fué el último acto del drama principiado en 1618 en Virginia, y que concluyó en 1774, con la última batalla de la guerra de la independencia.
¡Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuando la Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada al desenfreno de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha del verdugo, la confiscación y el saqueo, eran el castigo, más que del crimen de la debilidad de las víctimas! Puso Yeardley orden en todas las cosas, libertando al diminuto plantel de colonos de todas las cargas hasta entonces impuestas, y que no fuesen estrictamente necesarias para la conservación y adelanto de la colonia. La autoridad del gobernador fué limitada por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colonos mismos fueron admitidos a participar en la legislación. En el mes de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el primer congreso americano, la primera representación popular, compuesta del gobernador y su consejo, y de los diputados por cada uno de los once miserables villorrios que componían entonces la colonia de Virginia, para discutir en él cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progreso para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el rey, debía ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación con congreso y consejo de estado componíase tan sólo de seiscientas personas entre niños, mujeres y hombres, en 1619; y en 1851, en otra parte del suelo americano, las hay de millones de hombres que no habían tenido fuerza ni dignidad suficiente para poner límites racionales al poder inquisitorial y destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora de la libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo y con el ánimo abierto a todas las esperanzas “empiezan a edificar casas, y sembrar trigo”, seguros ya de tener una patria que no había por qué temer abandonarían jamás.
Las legislaturas entran desde los principios en la organización de casi todas las colonias, y se reunen congresos entre varias de ellas, para resistir a las incursiones de los salvajes o mandar expediciones de milicias combinadas para escarmentarlos. Wáshington en una época posterior hizo conocer así a los Estados los talentos militares que más tarde puso al servicio de la libertad de su patria. Cuando aun el pensamiento de separarse de la Inglaterra no había apuntado en cabeza alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de resistir las pretensiones del parlamento inglés, como habían resistido al Largo Parlamento, y como era la tradición constante de la tierra. Durante la guerra de la independencia, el congreso emigraba de un punto a otro, y los soldados amotinados, cobrando sus salarios, era al congreso a quien dirigían sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que le servía de asiento, y entonces Wáshington, dícese que sin otra idea política que la necesidad de fijar el lugar de su residencia, indicó a Wáshington para que reposase aquel tabernáculo de la alianza, como Salomón construyó un templo en Jerusalén para el arca que contenía los libros de la ley del pueblo hebreo.
En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, o, más bien, según la acepción latina que damos nosotros a esta palabra. Descúbrese esto al contemplar la comparativa soledad de aquel monumento, arrojado como por acaso en el centro de la villa, que no es centro de nada, ni del país, ni de la inteligencia, ni de la riqueza, ni de la cultura, ni de las vías comerciales. Colocada sobre la margen izquierda del Potomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura en la bahía Chesapeake, ni el nombre de puerto merece el desierto embarcadero donde atracan algunos buques. El distrito de Columbia es la provincia de sesenta millas cuadradas que le queda, de las cien que originariamente le concedieron los vecinos Estados de Maryland y de Virginia. Esta última retiró el año pasado cuarenta millas que estaban al lado opuesto del río y que la capital germen no puede fecundar; y treinta y cinco mil habitantes es toda la población del Estado, de la cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como se sabe, el congreso es el soberano de este territorio.
La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspecto alegre, cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives cultivadas. El terreno mismo de la ciudad es elevado, ocupando el centro el capitolio, desde donde parten calles con dirección a los cuatro puntos cardinales, dividiendo la ciudad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones. Las calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, y las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cincuenta varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están trazadas, pero la de Pensilvania, que conduce del capitolio a la casa del presidente, tiene aceras de nueve varas de ancho enlozadas y con líneas de árboles de ambos costados. En torno del capitolio se extiende un jardín de veintidós acres de terreno, adornado de gran variedad de árboles, y animado por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel lugar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un paseo que atrae a los habitantes y transeuntes por la belleza de la situación.
El edificio pertenece al orden corintio y está construido con la hermosa piedra blanca norteamericana que llaman freestone. Está situado sobre una eminencia y elevado 78 pies sobre la altura de la marea, y se compone de un edificio central, dos alas y una proyección en el costado oeste, presentando un frente de 352 pies, incluyendo las alas. Al este el frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual se avanza un pórtico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La gran cúpula central tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma en el interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos relieves. En el ala del sud está la cámara en que se reune la Sala de Representantes, de forma circular de 96 pies de diámetro y 60 de alto, cubierta por una cúpula que sostiene veinticuatro columnas de jaspe americano con capiteles de mármol blanco de Italia. Al lado opuesto, en una rotonda algo semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se congrega el Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene sus audiencias la Suprema Corte de los Estados Unidos. Hay, además, sesenta departamentos para reunión de las comisiones, y residencia de empleados del congreso. Una muralla de piedra rodea el edificio; un depósito de gas provee a la iluminación especial de todo el espacioso monumento, pudiendo alimentar seis mil picos que se encienden para las iluminaciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el aparato para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez y seis varas de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la ciudad y acaso el distrito de Columbia entero. ¡Bello símbolo por cierto, de la misión de aquella casa, desde cuyo recinto sale la luz de la inteligencia, iluminando toda la nación! Acordábamonos con Astaburuaga, quien me servía de cicerone en el examen del edificio, de aquella camarilla de diputados que habíamos dejado en Chile, en la que los representantes están ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese llevarse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de cordero en una tripa, repitiéndonos al oído el viejo adagio: ruín es el que por ruín se tiene. Los locos en Londres, en Génova y otros puntos de Europa, moran en palacios más nobles que el que cubre a nuestros congresos en América.
Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré con los pocos que llaman la atención del viajero en la presunta capital de los Estados Unidos. White House, la casa blanca como la llama el pueblo, es el palacio presidencial, y está colocada en la parte aún desierta de la población, en el punto donde se cruzan las calles de Pensilvania, Virginia, Connecticut, New York y Vermont, rodeada de un parque de veinte acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta y cuatro pies sobre el río. El frontis que sirve de entrada por la plaza de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el jardín, domina el hermoso panorama de la ciudad, el río Potomack, las costas de Maryland y de Virginia. En el frente del norte hay un hermoso pórtico que reposa sobre cuatro columnas jónicas. Una intercolumnación exterior sirve para poner a cubierto los carruajes de los visitantes. El espacio intermediario está destinado para el tránsito a pie, y una elevada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de entrada. El interior del palacio está pasablemente ornamentado, aunque no tanto cuanto correspondiera al presidente de los Estados Unidos. El servicio de palacio es modesto, y aun mezquino en las exterioridades. Vese al presidente paseándose solo por las hermosas avenidas del jardín adyacente; uno o dos porteros en librea, únicos servidores que el Estado pone a su servicio, no siendo permitido al presidente tener guardias en torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a los que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres días del año, en que todo estante o habitante tiene derecho de entrarse hasta la habitación del presidente. El 4 de julio la plaza de Lafayette se llena de carruajes de los visitantes en aquel día de felicitaciones; descienden éstos del carruaje, y tras ellos el cochero, que encomienda los caballos a algún muchacho mediante algunos centavos. El presidente está en aquellos días en verdadera exhibición; los cocheros se abren paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento de mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y le tienden una mano callosa que aprieta la suya fuertemente y la sacude mirándole la cara y riéndosele con fisonomía bonaza, provocativa, y satisfecha; tornan a sus caballos, volviendo de vez en cuando la cara para mirar al presidente, a obtener un último piping, de gusto y de felitación. ¡Pobre presidente de la democracia!
Hacia el lado oriente del White House hay extensos edificios, y otros dos hacia el occidente, los cuales están destinados para las oficinas de los ministros de hacienda, guerra y marina. La Posta general es un palacio del orden corintio; y la tesorería ostenta una columnata de 457 pies de largo. La oficina de patentes, depósito de modelos de inventos, con un pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón de Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos pies de largo, encerrando en la parte concluída un salón de 275 pies de largo y 65 de ancho.
Hay, además, en Wáshington 30 templos de diversas congregaciones, doce colegios (academias), una universidad, tres bancos, dos asilos para huérfanos, un consistorio municipal, un hospital, una penitenciaria, un teatro y algunos edificios particulares, que dan cierta apariencia a aquel plantel de la ciudad.
Mi residencia en Wáshington fué uno de aquellos oasis de felicidad íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la mayor parte, y que tan preciosos son para el que vaga por luengas tierras. El señor Carvallo, enviado extraordinario de Chile, se obstinó en darme hospitalidad en la casa de su embajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede hacer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis anchas, mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, me acompañaba a todas partes, poniendo a mi disposición su práctica y conocimiento de Wáshington. Así él podía mostrarme en la avenida de Pensilvania, entre las jóvenes transeuntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija de un senador, la de un banquero, una simple modista u otra persona menos calificable. La sencillez del vestido, sus paseos y trajines por las calles, sin nadie que las acompañe, y el detenerse aun a mirar cualquier cosa que llame la atención, dan una idea del decoro de las costumbres norteamericanas, y de aquella libertad de que goza la mujer soltera entre ellos.