Quería mi amigo Astaburuaga ponerme en contacto con el redactor del Wáshington Intelligencer, diario muy importante de la capital, por tanto, de opposition entonces, pues en aquel momento dominaban en el gobierno con Mr. Taylor los demócratas. Encontrámoslo en campo abierto sobre el terreno destinado a la fundación de un colegio, para cuyo sostén legó un ciudadano millón y medio de pesos, rodeado de siete u ocho jóvenes, y ocupados en discutir las bases, a lo que supe después, de un gran proyecto. Mr. Johnson, el diarista, era el presidente de edad nombrado para presidir a la instalación. Acercámonos nosotros a distancia comedida, esperando que la sesión se levantase, temerosos de ser importunos, como cuando nuestras gentes rezan, que debe esperarse a que se santigüen para saludarlas. Dirigíalas el presidente la palabra; contestaba alguno; replicaba un tercero en tono sentencioso y frío, y oídos los pareceres, el presidente sometía a votación la materia, contando los gangosos yes, yes, nay, yes, nay, y declarando cuál era el punto sancionado. Repitióse varias veces el procedimiento, y el fuego graneado yes, nay, nay, yes, yes, terminó, al fin, el asunto. Entonces, se acercaron a Astaburuaga, sucediéronse las recíprocas presentaciones de costumbre, y supe, andando la conversación, que se habían reunido allí para echar los cimientos de una asociación con el grande objeto de... ¡jugar a la bocha! ¡Oh! ¡los yankees!

Habíase, pues, propuesto, discutido y aprobado con una fuerte mayoría de dos o tres votos.—1.º presidente, que lo fué Mr. Johnson local, aquel donde estaban reunidos; hora de reunión, las cuatro de la tarde; extensión del juego, reglas, arbitración en los casos litigiosos, multas por infracción, etc. Era y es Mr. Johnson[7] un sujeto de cuarenta años, hijo de un general de la independencia del mismo nombre, culto de modales e instruido, cual correspondía al director de un diario trascendental. Pasamos días enteros en discusiones las más acaloradas sobre un punto, en que no habría esperado contradictores en los Estados Unidos, a saber, la democracia y la república. Mr. Johnson estaba bajo la pata del partido demócrata que domina desde la presidencia Polk, y ofendido, desmoralizado por la tiranía de sus opresores, porque en los Estados Unidos la mayoría dominante en el gobierno es implacable e intolerante, maldecía de la república, de la democracia y de aquella licencia ignorante y brutal que se decora con el nombre de libertad. El mérito obscurecido, y eso es cierto; el interés público descuidado, y eso también es cierto en muchos casos; los servicios olvidados o miserablemente retribuidos, cosa que es de regla en los Estados Unidos; en fin, la pasión de partido sirviendo de criterio y de peso y medida para juzgar de todos y de todo; el charlatanismo preferido a la ciencia, y las pasiones menos justificables sirviendo de impulso a la dirección de la opinión pública, todas estas tachas y otras muchas que afean las democracias, las pasaba en revista para hacerme detestar aquella libertad de que yo me mostraba tan apasionado. Cuando yo me empeñaba en contradecirlo, me decía con sinceridad: “lo que yo quiero es que Vd. no se alucine con esta apariencia de orden, de prosperidad y de progreso, y los atribuya a la forma de gobierno. Bajo esta corteza no encontrará sino miserias, pasiones indignas, ignorancia y caprichos. Lo que yo me propongo es que no vaya Vd. a la América del Sud a proponernos por modelo de gobierno”. Otras veces, más aplacado, me confesaba que la exasperación en que lo tenía la tiranía del partido contrario, a él que era hijo de un general ilustre, a él que estaba por la educación preparado para ocupar en la sociedad lugar mejor, ofuscaba, a veces, su razón y le hacía exagerar los inconvenientes muy reales del gobierno popular. Sin embargo, de estas atenuaciones, diferíamos en puntos esenciales. Sostenía él, por ejemplo, que la libertad es en las naciones una de las fases que recorren. La libertad engendra la licencia; la licencia trae la anarquía; la anarquía el despotismo. Aquí hay un momento de alto; mientras el despotismo se consolida, mientras teme, es cruel, sanguinario y desconfiado. Cuando está de todos aceptado, entra en una época de indulgencia y de tolerancia que hace nacer el bienestar, y da lugar al desarrollo de todas las facultades físicas y morales de los hombres. Con la civilización y la seguridad, la libertad se desenvuelve, el pueblo conquista uno a uno sus derechos, discute en seguida el principio de la autoridad que lo gobierna, y de la extrema libertad pasa a la licencia, y de ahí a la anarquía, volviendo a recorrer aquel ciclo fatal en que está encerrada eternamente la vida de las naciones.

Esta doctrina, que la primera vez que se presentó obtuvo de su autor un pomposo título de la scienza nuova, puede apoyarse con un poco de maña y de sagacidad en la historia de todos los pueblos, desde Grecia y Roma hasta los tiempos modernos; y uno y otro la invocábamos en nuestro apoyo, luchando, a brazo partido, en la polémica y disputándonos, palmo a palmo el terreno en cada hecho de aquellos que, sin poner en duda su autenticidad histórica, traducíamos de diverso modo.

Mi argumentación iba por otro camino. La humanidad, decía yo, que es el conjunto de las sociedades, tiene en la historia su alto, en las épocas su ancho, y su organización íntima en la vida de cada pueblo. Aseméjase el mundo moral al mundo físico. La historia de la tierra se encuentra en las capas geológicas que revelan el mundo monstruoso que ha precedido al nuestro; si se la toma desde los polos hacia el Ecuador, mostrará las graduaciones de temperatura y de vegetación que diversifican su especie; y si la consideramos desde los valles, remontando hacia la cumbre de las montañas, nos ofrecerá el mismo fenómeno de graduación de climas y de producciones.

La historia es, pues, la geología moral. Veamos si sus capas diversas han experimentado mejora y progreso. Supongamos un día antiguo en que la tierra se nos presenta poblada. ¿Qué es lo que vemos? Casi todo el globo sumido en la barbarie; imperios poderosos cuyas facciones, si no es la conquista y la violencia, no alcanzamos a discernir bien. Al fin, la Grecia, una mínima porción de la tierra, brilla por la libertad, la democracia, las bellas artes y la ciencia. No entremos en detalles. Roma se asimila a la Grecia, destruye a Cartago y somete al mundo. Pero Roma desenvuelve la noción del derecho y extiende su práctica por toda la tierra culta, que es, sin embargo, una pequeña fracción del globo. Como los romanos a los griegos y al Egipto, los bárbaros de todos los extremos del imperio romano se los absorben a ellos; esto es, se asimilan a él, se agregan a la masa civilizada. La edad media es la obra de fusión. A fines del siglo XV la Europa entera está en posesión de las conquistas hechas por el pensamiento humano durante cuatro o seis mil años. Con el renacimiento concurren Lutero, Galileo, Colón, Bacón y otros. La América se agrega a la masa de pueblos civilizados, y en esta parte se pone en práctica la noción del derecho que está en todos los espíritus y cuyo desarrollo embarazan aún en Europa las escorias que ha dejado la edad media. Lleguemos de un golpe al siglo XIX, y abramos el mapamundi. ¿Dónde están los bárbaros? Guarecidos en las islas, trabajados por la Rusia en las estepas de la alta Asia o sepultados en el interior inaccesible del Africa. La parte civilizada y en posesión más o menos de la libertad, o en vía de completarla, es la mayoría de la humanidad, mayoría numérica, mayoría moral, de fuerza, de inteligencia y de goces. Tiene hoy en su poder la parte más rica, más templada, más productiva del globo; tiene el cañón, el vapor y la imprenta para someter el resto salvaje del mundo, asimilárselo o aniquilarlo. En vista de este espectáculo, ¿cómo se quiere someter a un ciclo el movimiento social de las naciones, comparándolas con los ejemplos truncos, aislados, que nos han dejado las naciones antiguas? Si hubiera un ciclo tal, es preciso convenir en que, así como se ha agrandado inmensamente la esfera de las naciones que tienen que recorrerlo a un tiempo, así deben ser largas las épocas en que se han de suceder las diversas fases; y yo me río de la general tiranía que ha de pesar sobre el mundo desde la India y los confines de la Rusia hasta los Montes Rocallosos en América dentro de mil millares de años.

Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su organización íntima, aunque no sea posible considerarlos sin relación a las épocas históricas. Pero supongamos un pueblo de Italia que se perpetúa en un punto del territorio desde las épocas históricas; la población de Fiézzole, por ejemplo, que es florentina, toscana, y ha sido romana, etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos y cómo son? ¿Qué transformaciones han experimentado? Primero antropófagos; en seguida haciendo sacrificios humanos en los templos, más tarde haciendo esclavos a los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la guerra de pillaje y de devastación como industria y ocupación. Los conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y los hombres; nacen las aristocracias y el pueblo siervo, la chusma ignorante y sujeta a la tortura en los tribunales de justicia, a la miseria y la degradación. El cristianismo encontró al mundo organizado así. Pongámonos ahora a contemplarlo desde el siglo XIX, y desde los Estados Unidos, desde el seno de esta comarca que usted maldice como el prototipo del desorden moral y político. No hay guerra, no hay señores ni aristocracia; no hay pueblo en el sentido romano; hay la nación, con igualdad de derechos, con industria personal para vivir, con máquinas auxiliares del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, escuelas primarias, colegios, asilos, hospitales, penitenciarías, etc., etc. Observe la organización íntima de esta parte de la humanidad, de esta Atica moderna que ocupa, sin embargo, medio continente; y cuán atrás supongamos al resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo de ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habilitación de todos los individuos de la sociedad, porque todas están labradas por las mismas ideas y las mismas instituciones. Desde que haya una escuela en una villa, una prensa en una ciudad, un buque en el mar y un hospicio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán a existir. El resultado de todo esto es que la masa en elaboración es inmensa, que no hay naciones o pueblos propiamente dichos y que la libertad individual está en cada punto del globo apoyada por la humanidad civilizada entera; y cuando hubiese un pueblo que se inclinase a entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna, el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el período de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El primer período del ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo ha vuelto a recorrerlo una vez salido de él? El último es la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata en el sentido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en el exterior que le sirva de atmósfera favorable y que haya salido de ese terreno para fundar monarquías aristocráticas? ¿Las repúblicas italianas?

Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Johnson y yo. A veces me decía: “Nada fueran las masas americanas, si no viniesen todos los años trescientos mil salvajes de Europa que echan a perder la fusión y hacen de la mejora de la opinión una cántara de las Danaides”.

—¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud América, que luchar con una masa en la cual el europeo, tan atrasado como lo encuentran ustedes, es un elemento precioso y escaso de civilización y de libertad!...

[7] Ahora es empleado de una oficina, y está, a lo que Astaburuaga me escribe, en todo su apogeo, pues domina el partido whig.—El autor.

EL ARTE AMERICANO