Deben decorar el interior del monumento de Washington, piedras e inscripciones enviadas por todos los Estados de la Unión, las ciudades y las corporaciones, y sociedades científicas, filantrópicas, y aun industriales[10]. Aquel sistema de contribución popular y espontánea para la realización de un pensamiento nacional, constituye, a mi juicio, la muestra más clara de la existencia de un sentimiento artístico nacional. No sé si hay en Europa pueblos que en masa se apasionen por la realización de una idea, si no son los franceses de cierta clase, y lo que ha hecho en la edad media el catolicismo, por medio de las corporaciones de artesanos. Pero en los Estados Unidos, si este sentimiento no está del todo desenvuelto en la masa de la nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano de la edad media, está en germen apenas, y toma cada día formas más aparentes. No hay ciudad de alguna importancia que no tenga en los Estados Unidos su rudimento de museo, en que están bárbaramente mezcladas obras de arte, curiosidades traídas por los navegantes, objetos de historia natural, y aun representaciones grotescas de escenas ocurridas en los mares u otros puntos y que han preocupado al público. Esas colecciones se enseñan al curioso por una retribución, y aquella retribución forma un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, embellecer y completar las colecciones para excitar más y más la curiosidad. Durante mi permanencia en Nueva York, estaba en exhibición una bellísima estatua en mármol de Carrara, ejecutada en Roma por Poper, joven artista norteamericano de rara habilidad. La estatua representaba una cautiva georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, acaso, la vez primera que los puritanos veían expuesta una de esas bellas desnudeces femeniles con que tanto se familiariza uno, ennobleciéndose el pudor, en los museos de Italia y de Francia. Los primeros días hubo grande escándalo; pero concluyeron al fin las gazmoñas por levantar los ojos y habituarse a contemplar la beldad artística en aquel espejo de mármol. El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el camino de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los ojos rudos del pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, cuchicheos y admiraciones de los espectadores, sendos pesos fuertes; por manera que el artista obtuvo en recompensa de su talento, más de lo que Canova u Horace Vernet obtuvieron nunca por sus más afamados capi d’opera. Estas costumbres y esta ovación popular prometen al arte americano estímulos más poderosos, gloria más retumbante que la que los reyes de la tierra han podido conceder jamás, gastando en fomentar las bellas artes rentas que no son suyas, y que arrancan para sus placeres el sudor de los pueblos. No es esta una paradoja; hase comprobado ya que los gastos que hacen por suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos y aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el gobierno inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el día en que los grandes artistas europeos vengan tras del lucro a pasear por los Estados Unidos sus obras maestras, recogiendo pesos a millares mientras el gusto nacional se educa, y más tarde codiciando la ovación que al talento haga un pueblo, juez competente ya en materia de arte. Las cantatrices y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es aquella ambulancia del arte en Norte América, que no hace muchos años hubo un teatro magnífico, construído sobre un buque que iba dando funciones a ambas márgenes de un río, a medida que llegaba a una villa o ciudad de consideración.
Tienen los norteamericanos costumbres públicas y privadas que se prestarían al desarrollo de las artes. La vida afanosa que llevan y la excitación de los negocios los fuerza a viajar continuamente, mostrando cierta necesidad de emociones, de ver y de agitarse, que los lleva en romería a la cascada del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la costa. Esta parte antigua de la Unión ejerce sobre la población del interior una grande influencia moral, como que allí está el centro del movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y como todas las familias del interior son originarias de los antiguos Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria primitiva, embelleciendo los recuerdos, la carencia de los goces a que los padres estuvieron habituados.
Washington, la capital nominal de la Unión, aprovechará, sin duda, en un porvenir próximo, de estas disposiciones del espíritu nacional, si el Capitolio, el Museo de Inventos y el monumento elevado a Washington, hubiesen de ser acompañados por otras atracciones que hiciesen al fin de la capital un centro de espectáculos que muevan la curiosidad de los viajeros y despierten el nacionalismo. Residencia de los Senadores, ministros y altos funcionarios, como asimismo, de los representantes de las otras naciones, Washington podría embellecer sus veladas con la ópera, y las artes dramáticas y coreográficas, si las ideas religiosas no opusiesen a ello fuertes obstáculos.
Añádase a esto que el sentimiento de unidad, de centralización, y de dirección, lucha con desventaja contra la energía individual y local, base de la organización política de aquel país, y resultado del espíritu protestante. No conozco hecho en contrario, si no es el Board de Educación de Massachusetts, que ha logrado al fin sobreponerse a las resistencias y espontaneidad local en materia de enseñanza, imprimiendo una impulsión científica y sistemada a la educación general del Estado. ¿Podría extender esta influencia sobre toda la Unión, partiendo de un centro único y oficial? Si tal sucediera, lo que es obra del tiempo, diríase que se obraba una revolución radical en la vida de aquel pueblo. El movimiento de mejora y sistema en la educación primaria principió en Boston, Nueva York, Maine y los demás Estados, hasta los del Oeste, pusiéronse luego en movimiento; pero, cada uno de por sí, adoptando variantes y aplicaciones, según lo aconsejaba la dirección impresa a la opinión. Es posible que aquellos Estados lleguen a tener al fin una legislación idéntica, sin ser por eso común, ni ligada a un centro general. La civilización y el poder de los individuos es igual a la suma de los individuos que la componen; pero no es esa suma, representada por el Estado, como nos lo dictan nuestras ideas latinas en materia de gobierno. La estadística, los monumentos, todo se hace por agregaciones parciales; y tal es la idea de la negación de la personalidad del Estado, que después de una guerra se venden en pública subasta los buques, los fusiles y los cañones que sirvieron para hacer efectiva la fuerza nacional.
En despecho de todo esto, los americanos han tenido la pretensión de honrar un arte nacional, llamando tal a los productos artísticos salidos de ingenios americanos. Idea mezquina para nación tan cosmopolita, y emigrada de los antiguos pueblos europeos. Los norteamericanos debieran, como nación, emprender la conquista de los monumentos de las artes de Europa. A cada momento se anuncia en Venecia, en Génova y en Florencia la venta de Museos particulares que cuentan Ticianos, Españolettos, Carrachos y aun Rafaeles. Los franceses han saqueado la España de Murillos, Zurbaranes y Velázquez, y aun la Irlanda se ha enriquecido de bellezas artísticas, mientras que los cónsules bárbaros de Norte América no sienten siquiera la tentación de Marcelo al ver las estatuas de Corinto. Cien mil pesos anuales destinados a la adquisición de las obras de los maestros antiguos y modernos, echarían en los Estados Unidos la base del futuro arte americano. En Francia, cuán adelantada es aquella nación en las bellas artes, pues lo es más que la Italia, siéntese la necesidad de trasportar en copia al menos todos los grandes modelos del arte extranjero. Washington debiera enseñar las imitaciones perfectas y como para servir de escuela, de la Rotunda de Agripa, del Partenon de Atenas, de la Catedral de Ruan, como modelo del gótico, y de media docena más de edificios célebres. Así se convertiría en capital artística aquella aldea buena para nada y rebelde al tiempo y al progreso, que agranda y embellece a vista de ojo todas las ciudades americanas; pues Washington, no siendo centro comercial ni naciendo el movimiento político de su seno, adonde viene, por el contrario, desde afuera, está condenada a no ser nunca gran cosa, si no se apodera del único principio orgánico que ella puede centralizar, que es la impulsión artística y la concentración monumental que trae a la nación a un centro común de vanidad, de gloria y de veneración.
Hay ya un establecimiento en Washington, que atrae las miradas de toda la nación, el cual es visitado diariamente como escuela nacional. La Oficina de Patentes encierra en un museo de modelos la historia de los progresos que las artes industriales han hecho desde su creación. Trece mil quinientas veinte y tres patentes por invenciones y mejoras se habían otorgado hasta 1844, perteneciendo al año de 1843 quinientas treinta y una. En este ramo de la actividad inteligente del país han procedido, como debieran proceder en todo lo que tiene relación con la cultura, a saber: importando primero, plagiando, saqueando a las otras naciones para enriquecer de datos su espíritu, y obrar después. Los resultados no se han hecho aguardar. De un extracto del informe sobre exportación de máquinas hecho en 1841 ante la Cámara de los Comunes en Inglaterra resulta que preguntado el informante si la Inglaterra debe de una manera notable a los extranjeros invenciones en maquinaria, fué respondido: “podría decir que la mayor parte de los nuevos inventos últimamente introducidos en las fábricas de este país, vienen de afuera; pero necesito hacer comprender que no son mejoras en máquinas, sino inventos enteramente nuevos. Hay ciertamente muchos perfeccionamientos emanados de este país, pero temo que la mayoría de las invenciones realmente nuevas, esto es, ideas nuevas enteramente en la aplicación de ciertos procedimientos, por máquinas nuevas, o por medios nuevos, traen su origen de fuera, y principalmente, de América.”
Esta confesión de la Inglaterra de su esterilidad en la maquinaria, y de la invasora fecundidad de su joven rival, es el grito lúgubre de los náufragos que saben que no hay socorro posible. Norte América invade hoy al mundo, no ya con productos e inventos, sino con ingenieros, artífices y maquinistas que van a enseñar las artes de producir mucho a poca costa, osarlo todo y realizar maravillas.
He insistido en aquel extraño atraso artístico, fruto de preocupaciones heredadas, porque, no sólo en las artes útiles, sino en los trabajos de la inteligencia, los norteamericanos empiezan a tomar una posición propia. Conoce usted a Cooper, a Washington Irving, a Prescott, a Bancroff y Sparks, como historiadores de primer orden de las cosas americanas, osando algunos de ellos emprender la aclaración de algunos episodios de la historia europea; pero aun es más grande el número de escritores de renombre que han tratado las cuestiones especulativas de filosofía, economía, política y teología. Baste decir que en doce años hasta 1842, se han publicado ciento seis obras originales sobre biografía; ciento dieciocho sobre geografía e historia americana; noventa y una sobre lo mismo con respecto a otros países; diez y nueve de filosofía; ciento tres de poesías; y ciento quince novelas, mientras que casi en el mismo tiempo trescientas ochenta y dos obras originales americanas habían sido reimpresas en Inglaterra, y aceptadas por aquel público mismo que veinte años antes preguntaba por boca de una revista: ¿quién lee libros americanos? Oradores y estadistas como Everett, Webster, Calloum, Clay, los poseen iguales solo en la Francia y la Inglaterra, siendo de notar que el brillo en los trabajos históricos y en la elocuencia empieza a ser como en Francia, escalón que conduce al poder y la influencia sobre la opinión pública. Los viajeros, los naturalistas, arqueólogos de cosas americanas, geólogos y astrónomos que emprenden enriquecer, y aun rehacer la ciencia, abundan comparativamente, mostrando por los resultados que obtienen en sus trabajos, que están mucho más adelantados que lo que la Europa hubiera creido, a no tener a cada momento que aceptarlos.
Diráme usted que toda esta reseña de los progresos intelectuales de los americanos no tiene nada de común con Washington, la desierta capital; pero, ¿dónde colocar estas reminiscencias y cómo darles cuerpo y unidad si no se inventa un centro a que referirlas?
Mi permanencia en Washington se prolongó de un día más sobre el tiempo convenido con Arcos, pues nos habíamos dado cita últimamente en Harrisburg en el United-States-Hotel, que yo había señalado como punto de reunión.