Hube de regresarme a Baltimore y de allí tomar el ferrocarril que conduce a aquella cuidad; y no bien hube llegado a la posta, empecé a inquirirme del United-States-Hotel. ¡Cuál fué mi sorpresa al saber que en Harrisburg no había hotel con aquel nombre! Como en toda ciudad norteamericana hay uno que lo lleva, yo había dado a mi futuro compañero de viaje cita al que suponía debía haber en Harrisburg. Con trabajo pude indagar el paradero de Arcos, que había dejado escrito en el libro del hotel de la posta, estas lacónicas palabras, dirigidas a mí: “Le aguardo en Chamberburg.” Asaz mohino y cariacontecido por este contratiempo me dirigí a Chamberburg, donde, después de recorrer las posadas con inquietud creciente, nadie supo darme noticia de la persona por quien preguntaba, tanto más cuanto que hablando Arcos el inglés con una rara perfección, y gangoseándolo por travesura cuando se dirigía a norteamericanos, nadie, ni los mismos que habían hablado con él, me daba noticia del joven español por quien yo preguntaba en un inglés que hacía estremecer las fibras a los pobres yankees. Entreteníame aún la esperanza de que estuviese en los alrededores cazando, pues en nuestro programa de viaje entraba una expedición campestre en los Montes Alleghanies. Al fin supe que había dejado en la posta una esquela, en que me repetía lo de Harrisburg: “Lo aguardo en Pittsburg”. ¡Malheureux! exclamé yo acongojado. ¡Cincuenta leguas de Chamberburg a Pittsburg, los Alleghanies de por medio, diez pesos de pasaje en la diligencia, y no cuento sino con tres o cuatro en el bolsillo, suficientes apenas para pagar el hotel en que estoy alojado! Supe, pidiendo detalles circunstanciados sobre la indiscreta partida de mi intangible precursor, que no habiendo en el saco de heno que lleva encima para proveer a los caballos, y que allí debía viajar dos días y dos noches, impulsado a tanto sacrificio por la inquietud juvenil de una sabandija incapaz de aguardar en un lugar ocho horas, que era la diferencia de tren a tren que nos llevábamos en el camino de hierro. Heme aquí, pues, en el corazón de los Estados Unidos, como quien dice tierra adentro, sin un medio, haciéndome entender a duras penas y rodeado de aquellas caras impasibles y heladas de los americanos. ¡Qué susto y qué aflicciones pasé en Chamberburg! A cada momento llamaba al dueño del hotel y de palabra y por escrito le exponía mi situación.—Un joven que va adelante lleva mi dinero, sin saber que no traigo el necesario para los gastos de camino. Me piden diez pesos de pasaje en la posta y no tengo sino cuatro para pagar el hotel. Pero tengo algunos objetos de valor intrínseco en mi maleta y quiero que la posta los retenga hasta que haya cubierto mi pasaje en Pittsburg.—El posadero, al oir esta lamentable historia, se encogía de hombros por toda respuesta. Contaba mis cuitas al maestre de posta y se quedaba mirándome como si no le hubiese dicho nada. Dos días de continuo suplicio y de desesperación habían pasado ya, y lo peor era que no había asiento en la diligencia, por venir todos contratados desde Filadelfia, como complemento del camino de hierro que termina allí. Al fin me sugirieron escribir a Arcos por el telégrafo eléctrico, lo que hice en cuarenta palabras por valor de cuatro reales, y en los términos más sentidos. No obstante aquel laconismo telegráfico, “no sea usted animal”... era la introducción de mi misiva, y le contaba lo que por su indiscreción me sucedía.—¿Dónde está el sujeto a quien se dirige?—En el United-States-Hotel, contesté yo, dudando ahora si en Pittsburg habría un hotel de aquel nombre; y para no darme un nuevo chasco, indiqué que se le buscase en todos los hoteles más aparentes de la ciudad.
Tardaba la respuesta a mi impaciencia y a mi miedo de no dar con aquel calavera, y no despegaba los ojos de la maquinita que con golpecitos redoblados indicaba a cada momento el paso de misivas a otros puntos, y que no se anotaban allí, por no venir precedidas de la palabra Chamberburg y la señal preventiva y convencional para llamar la atención del oficinista. Voy a preguntar, me dijo; y tocando a su vez su aparato, se sucedieron golpecillos, con cuya mayor o menor duración trazaba el punzón magnetizado a cincuenta leguas la pregunta que se hacía desde Chamberburg.—¿Qué hay del joven Arcos que se mandó buscar?... Y un momento después... señal de atención a Chamberburg... Contestan, me dijo el oficinista, acercándose al aparato; y el punzón de Chamberburg trazaba sus puntos sobre tira de papel que el cilindro va desarrollando poco a poco. ¡Qué hubiera dado por leer yo mismo aquellos carácteres que consisten en puntos y líneas, obrados por la presión en la superficie blanca del papel. Concluída la operación, tomó la tira de papel y leyó: “No se le encuentra en ninguna parte. Se ha mandado de nuevo a buscarlo”.—Dos horas después nueva interrogación, nuevo martirio de aguardar un sí o un no de que dependía el sosiego o la desesperación, y nuevo y definitivo... no hay tal individuo...!
Quedé punto menos que si me hubiese caído un rayo. Entonces, interesándose en mi suerte y haciendo conjeturas el hostelero, nombró a Filadelfia. ¡Cómo Filadelfia! le interrumpí yo; es en Pittsburg donde está Arcos y donde han debido buscarlo.—Acabaremos, me respondió; como es en Filadelfia donde se paga la diligencia, el oficinista del telégrafo ha creído que es allí donde usted recomienda que le tomen pasaje; but no matter, voy a corregir el error; y dirigiéndose a la puerta se detuvo, y señalando a la oficina me dijo: ya cerraron, hasta mañana a las ocho... Las grandes pasiones del ánimo no pueden desahogarse sino en el idioma patrio, y aunque el inglés tiene un pasable goddam para casos especiales, preferí el español que es tan rotundo y sonoro para lanzar un ahullido de rabia. Los yankees están poco habituados a las manifestaciones de las pasiones meridionales, y el huésped, oyéndome maldecir con excitación profunda en idioma extraño, me miró espantado; y haciéndome seña con la mano, como para que me detuviera un momento antes de morderlos a todos o suicidarme, salió corriendo a la calle, en busca sin duda de algún alguacil para que me aprehendiese. ¡Esto sólo me faltaba ya! y aquella idea me volvió repentinamente la compostura que en mi aflicción había perdido por un momento. Minutos después volvió a entrar acompañado de un sujeto que traía la pluma a la oreja y que con frialdad me preguntó en inglés primero, en francés en seguida, y luego alguna palabra en español, la causa de mi turbación, de que lo había instruído el posadero. Contéle en breves palabras lo que me pasaba, indiquéle mi procedencia y destino, suplicándole intercediese en la posta para que se tomase mi reloj y otros objetos en rehenes hasta haber satisfecho en Pittsburg el pasaje. El individuo aquel me escuchó sin que un músculo de su fisonomía impasible se moviese, y cuando hube acabado de hablar, me dijo en francés:—Señor, lo único que puedo hacer... (¡Qué introducción! me dije yo para mi coleto y tragando saliva...) lo único que puedo hacer es pagar el hotel y el pasaje de usted hasta Pittsburg, a condición de que llegado usted a aquella ciudad, haga abonar en el Merchants-Manufactory-bank, en cuenta de Lesley y Cía. de Chamberburg, la cantidad que usted crea necesario anticiparle aquí.—Tuve necesidad de tomar una larga aspiración de aire para responderle: pero, señor, gracias; pero usted no me conoce, y si puedo darle alguna garantía...—No vale la pena; personas en la situación de usted, señor, no engañan nunca; y diciendo estas palabras se despidió de mí hasta más tarde. Comíme en seguida un real de manzanas, pues que hambre era lo que había despertado la serie de emociones por que había pasado durante tres días. Aproveché la tarde en recorrer la ciudad y alrededores; necesitaba caminar, agitar mis miembros para creerme y sentirme dueño de mí mismo. En la primera noche se me apareció mi ángel custodio, cargado de libros; traíame un tomo de Quevedo, otro del Tasso en italiano y uno o dos mamotretos en francés para que me distrajese. Consagróme algunos momentos hablando alternativamente en español y en francés; díjome que conocía el latín y el griego, inquirióse sobre algunos detalles de mi viaje y me deseó buena noche al retirarse.
Al siguiente día volvió y me dió cuatro billetes de a cinco pesos, no obstante mi empeño de devolverle uno por innecesario; y como ya se retirase, regresó diciéndome casi ruborizado: Usted me perdone señor, pero se me ha quedado otro billete en el bolsillo que ruego a usted agregue a los anteriores. Este hombre había excedido más de la suma que yo había indicado, porque en resumidas cuentas yo solo necesitaba diez pesos. Comprendí el sentimiento delicado que lo impulsaba e hice una débil resistencia a recibirlo, aceptándolo con cordialidad. La diligencia partió al fin, y yo volví a mi estado de quietud de ánimo ordinario, complaciéndome de haber tenido ocasión, aunque tan penosa para mí, de dar lugar a manifestación tan noble y simpática como aquella del caballero Lesley. La noche sobrevino, apareció la luna plácida en el horizonte, y la diligencia empezó a remontar, pausadamente, los montes Alleghanies. Cuando habíamos llegado a la parte más elevada, bajaron algunos pasajeros, y una voz de mujer dijo en francés dentro de la diligencia: bajen a ver el paisaje que es bellísimo. Aprovécheme de la indicación, descendí tras los otros, y pude gozar en efecto de uno de los espectáculos más bellos y apacibles de la naturaleza. Los montes Alleghanies están cubiertos hasta la cima de una frondosa y espesa vegetación; las copas de los árboles de las lomadas inferiores, iluminadas de lo alto por los rayos de la luna, presentaban el aspecto de un mar nebuloso y azulado, que por el cambio continuo del espectador iba desarrollando sus olas silenciosas y obscuras, sintiéndose, sin embargo, aquella excitación que causa en el ánimo la vista de objetos que se conocen y comprenden, pero que no pueden discernirse bien, porque el órgano no alcanza o la luz es incierta y vagorosa.
Al llegar a una posada, después de habernos recogido a nuestro vehículo, la misma voz dijo, siempre en francés: aquí se desciende a tomar algo, porque marcharemos toda la noche sin parar. Bajé yo, en consecuencia, y presentándose a la puerta una señora, ofrecíla la mano para que se apoyase. Volvimos a poco a tomar nuestros asientos, continuóse el viaje, y empezaba a sentir somnolencia, cuando la misma voz de antes, y que era la señora aquella, me dijo con timidez: creo, señor, que usted se ha visto en algunas dificultades.—¡Yo! No, señora, contestéle perentoriamente, y la conversación terminó ahí; pero mientras yo recapacitaba sobre esta pregunta, la señora añadió con visibles muestras de turbación: Usted me dispense, señor, si le he hecho una pregunta indiscreta, pero esta mañana en Chamberburg, me hallaba por casualidad en una pieza, desde donde no pude dejar de oír lo que contaba usted a un caballero.—En efecto, señora, pero usted supo, sin duda, que todo quedó allanado.—¿Y qué piensa usted hacer, señor, si no encontrase a su compañero en Pittsburg?—Me asusta usted, señora, con su pregunta. No he pensado en ello, y tiemblo de sospechar que tal cosa sea posible. Me volvería a Nueva York o a Wáshington donde tengo conocidos.—¿Y por qué no continuaría su viaje adelante?—¿Cómo he de engolfarme en un país desconocido, señora, sin fondos?—Le decía a usted esto, porque mi casa está cinco leguas más acá de Nueva Orleans, y deseaba ofrecérsela a usted. Desde allí puede usted tomar noticia de su amigo; y si no lo encontrase, escribir a su país y aguardar a que le manden lo que necesita.—La noble acción de Mr. Lesley había, según lo visto, sido contagiosa. Aquella señora lo había oído todo, y quería a su vez completar la obra. Esta reflexión me vino antes, tocado como estaba por el buen proceder, de otra a que, su sexo podría haber dado pretexto; la señora me dijo en seguida, acaso para responder a la posibilidad de una sospecha, que hacía seis semanas que acababa de perder a su marido, y que iba a poner orden en los negocios de su casa de Orleans. Acompañábala una hijita de nueve años y ambas vestían de luto completo. Era la madre, pues, y no la mujer, la que ofrecía el asilo doméstico a un desconocido que debía también tener madre; y obedeciendo a esta idea que santificaba la oferta y la aceptación, traté en adelante a la señora con menos reserva, seguro, sin embargo, de que no llegaría el caso por ella previsto.
Llegamos a Pittsburg, y la señora me hizo prevenir que partía por un vapor y que si aceptaba su ofrecimiento fuese a tomar pasaje en el mismo vapor. Salí a buscar a Arcos en el United-States-Hotel; porque ¿dónde había de encontrarlo sino allí? Afortunadamente para mí había en efecto en Pittsburg un hotel de los Estados Unidos, donde encontré a mi Arcos, que a la sazón escribía en los diarios un aviso, previniéndome su paradero y justificándose de lo que ya empezaba a sentir por mi demora, que había sido una niñería. Venía dispuesto a reconvenirlo amigable, pero seriamente; mas, me puso una cara tan cómicamente angustiada al verme, que hube de soltar la risa y tenderle la mano. Salimos juntos inmediatamente, y contándole mi historia en el camino nos dirigimos al vapor Martha Wáshington, en que había tomado pasaje la señora, a fin de darla las gracias y prevenirla de mi hallazgo, para que no partiese con el temor de que quedase yo aislado. En efecto, no bien hube puesto el pie en la espaciosa cámara del buque, cuando del extremo opuesto, levantóse la señora que había estado en acecho aguardándome, y dirigiéndose hacia mí con disimulo, fingió darme la mano, para pasarme ocultamente un bolsillo de oro. Presentéle sin aceptarlo la buena pieza que me acompañaba y que había ocasionado todas aquellas tragedias, y ambos la dimos un millón de gracias por su solicitud; y como si la ingratitud fuera la recompensa de tan desinteresado proceder, he olvidado su nombre, habiéndonos separado en Cincinnati para no volvernos a ver más.
[8] El monumento está ya en vías de ejecución y asombrosamente avanzado, según lo anuncian los diarios. En 1842 ni los cimientos estaban indicados aún, pues la presteza de la ejecución es otra de las condiciones del arte yankee.—Nota del autor, 1850.
[9] Esta idea es muy anterior a la adquisición de California, y la de ponerse en contacto con la China y la India, como de los secretos móviles populares de la guerra de Méjico, que les trajo aquella conquista.—Nota del autor.
[10] California ha mandado ya sus cuarzos entremezclados de oro.