Cuatro o cinco días pasamos con Arcos en Cincinnati dejándonos llevar por el placer de recorrer sus calles y alrededores, visitar su museo, y holgarnos en el far niente del turista. En Cincinnati fué donde Arcos, viendo a un pacífico yankee que leía su Biblia, sentado a la puerta de su tendejón, se paró delante de él, le sacó de la boca el cigarro que fumaba, prendió el suyo, volvió a metérselo, y siguió su camino sin que el buen hombre hubiese levantado la vista, ni hecho otro movimiento que abrir la boca para que le ensartaran el cigarro. Paciencia, hermano, en cambio de alguna impertinencia vuestra.
Embarcámonos en un vapor de grandes dimensiones y el tercero que descendía el Misisipí desde que se tuvo noticias de que habían ya cesado los estragos de la fiebre amarilla, periódica en Nueva Orleans, en el verano. De Cincinnati a aquella ciudad hay 1548 millas, que se hacen en once días de navegación de vapor, marchando de día y de noche sin otros intervalos que los necesarios para cargar leña, o cambiar pasajeros en las ciudades y embarcaderos del litoral. Cuatro comidas abundantes y opíparas se sirven, contando con el lunch; y viaje, comida y servicio de once días cuesta quince pesos, algo menos que lo que se pagaría por vivir el mismo tiempo en un hotel.
Poco diré a usted de las ciudades a cuyos puertos y muelles va sucesivamente atracando el vapor en el trayecto, pues que en ninguna permanecimos lo suficiente para conservar ni aun reminiscencia distinta de ella. Marieta, Luisville, Roma, Cairo, se suceden de día en día, hasta que el país bárbaro, el Far West, empieza, y la escena recobra su carácter agreste y semisalvaje.
El viaje del Misisipí es uno de los más bellos y que más duraderos y más plácidos recuerdos me haya dejado. El majestuoso río desciende ondulando blandamente por el seno del valle más grande que existe en la tierra. La escena cambia a cada ondulación, y un ancho moderado del más grande de los ríos permite que la vista alcance en esta y la otra ribera, a calar por entre la sombría enramada de los bosques, y esparcirse en las sabanas y aberturas que hace la vegetación mayor de vez en cuando. El encuentro de un vapor es un incidente deseado, por la proximidad y rapidez del pasaje, mientras que la vista cae desde lo alto de las galerías del palacio flotante, sobre una escuadra de angadas que descienden a merced de la corriente cargadas de carbón de piedra; se ve más allá un falte o mercachifle que va en su buquecillo de vela, vendiendo al detalle por las vecinas aldeas sus chismes y baratijas. Descender a las ciudades y aldeas adonde el vapor toca, correr por las calles, meternos en una mina, curiosearlo todo, comprar manzanas y bizcochos, con el oído atento a la campana que anuncia la próxima partida, era regalo y codiciada variante que no dejábamos de añadir a nuestras emociones, como nunca dejábamos de saltar sobre un barranco, ganar el bosque y correr un rato, mientras el vapor estaba cargando leña para quemar en sus hogueras.
Arcos, que había principiado nuestra asociación con una niñada, se propuso en aquellos días conquistar mi afecto, haciendo ostentación de cuanto salero y jovialidad hay en su carácter, alimentados por un inagotable repertorio de cuentos absurdos, ridículos, eróticos, tales cuales sólo sabe atesorar la juventud calavera de París o de Madrid. Ibamos con esto de zambra y fiesta permanentes, a punto de ser conocidos y notados por trescientos pasajeros del vapor.
Servíase a bordo la mesa tres veces para dar abasto a tan crecido número de comensales, y como todos se atropellasen para tomar asiento en la primera, nos quedamos el segundo día para la segunda, la que dejamos el tercero para estar a nuestras anchas, hasta que al fin nos arreglamos a comer en la cuarta con los criados, en la que nos iba perfectamente, prolongando la sobremesa los dos solos por horas como lo habríamos hecho en el Astor-Hotel. Gustáronnos las melazas que los primeros días sirviéronnos de postre, y como faltasen al quinto, reclamamos pidiendo la presencia de las melazas; razón por la que un mozo descendía corriendo en los desembarcaderos a comprarla en los bodegones vecinos, “para los señores españoles que se enferman—decía—si no comen melazas”. Hablábamos recio en español en la mesa, y reíamos con tal desenfado que atraíamos en torno nuestro un círculo de huasos ya hartos, a vernos comer, gozándose en nuestro inextinguible buen humor. Una mañana Arcos la emprendió con un bonazo de ministro protestante.—Señor, le decía, ¿de qué profesión es usted?—Presbiteriano, señor.—Dígame, ¿cuáles son los dogmas especiales de esta creencia? Y el padre procedía bondadosamente a satisfacerlo.—Pero Vd., señor, decía Arcos con aire convencido, y como si ambos estuvieran de inteligencia, usted no cree nada de eso por supuesto. Es Vd. demasiado sensato para poner fe en esas bromas.—Las facciones del infeliz sometido a tortura semejante, se contraían como cuando nos pisan un callo. El buen clérigo se ponía de todos colores, y medio indignado, medio suplicante, hacía profesión de fe solemne de su creencia. Pero el implacable y serio burlón le replicaba con un aplomo imperturbable:—¡Comprendo, comprendo! Vd. predica y sostiene ante el público esas doctrinas; vive Vd. de ello y la dignidad de su carácter así lo exige; pero aquí entre nosotros, vamos, yo sé lo que hay en plata.
Otra vez estaba rodeado de un grupo de yankees horripilados de oírlo, y levantando más y más la voz, para que el escándalo fuese mayor.—¡Gobierno, decía, es el del Emperador de Rusia! ¡Eso sí que es un gobierno! Cuando un general delinque o desagrada a su soberano, ¡se le desatan los calzones y se le dan quinientos azotes! ¡Pero estas repúblicas! esto es un escándalo y un desorden. ¿Qué significan vuestras elecciones, y qué sabe Vd. ni Vd., añadía, dirigiéndose a éste o al otro de sus auditores espantados, lo que conviene al Estado, cuándo debe hacerse la guerra y cuándo la paz? Al pueblo sólo le toca pagar los gastos de la corte del soberano, que gobierna por derecho divino...
Y esto dicho con una seriedad y una afectación de estar de ello convencido, que aquellos hombres se hacían cruces de oírlo; y pasada la tormenta se lo señalaban unos a otros, mostrándolo como a un animal extraño, un ruso o un loco peligroso. Todo esto para reír después y alimentar la francachela. ¿No se le antoja una vez persuadir a una cuarentona llena de colgajos y de colorete, que yo era sobrino de Abd-el-Kader que viajaba de incógnito, favoreciendo esta broma la circunstancia de ser el único en aquellos parajes que llevara la barba entera y la birreta griega? Habíala ya medio persuadido, hablábale en español para que ella creyese que era el árabe, exagerando el sonito de la J, y se empeñaba en que me pusiese albornoz para completar el chasco.
Más tarde me mostró este joven la parte seria de su carácter, que no es menos notable por el buen sentido que lo caracteriza, a lo que se añade mucho trato de la sociedad y la rara habilidad de revestir las formas populares en lenguaje y porte, cualidades que con su instrucción en materias económicas, lo harían un joven espectable si supiese dominar las impaciencias de un espíritu impresionable que no contienen ideas fijas y sentimientos de moralidad teórica, aunque su conducta sea regular. Necesito añadir estas rectificaciones por temor de que sin ellas hiciese pasar plaza de truhán en mi narración a un compañero de viaje que me acompañó cuatro meses y me prestó amigables servicios.
La vecindad de Nueva Orleáns se deja presentir por alteraciones visibles en la materia de la cultura y por la forma de los edificios. Divísanse haciendas, y en ellas líneas de casuchas de madera de la misma forma y capacidad todas, mostrando que el libre albedrío no ha presidido a su construcción. La tierra está dividida en lotes más grandes; la población rural aislada desaparece; y las raras habitaciones que de cuando en cuando se presentan, asumen formas y extensión que acusan la presencia de una aristocracia campestre.