Aquellas casitas iguales son, en efecto, las habitaciones de los señores amos. Esta es la aristocracia de las balas de algodón y de las bolsas de azúcar, fruto del sudor de los esclavos. ¡Ah, la esclavitud, la llaga profunda y la fístula incurable que amenaza gangrenar el cuerpo robusto de la Unión! ¡Qué fatal error fué el de Wáshington y de los grandes filósofos que hicieron la declaración de los derechos del hombre, al dejar a los plantadores del Sur sus esclavos; ¿y por qué rara fatalidad los Estados Unidos, que en la práctica han realizado los últimos progresos del sentimiento de igualdad y de caridad, están condenados a dar las postreras batallas contra la injusticia antigua de hombre a hombre, vencida ya en todo el resto de la tierra?
La esclavitud de los Estados Unidos es hoy una cuestión sin solución posible; son cuatro millones de negros, y dentro de veinte años serán ocho. Rescatados, ¿quién paga los mil millones de pesos que valen? Libertos, ¿qué se hace con esta raza negra odiada por la raza blanca? En tiempo de Wáshington y treinta años después, el cinismo de la teoría no venía a justificar en el ánimo de los amos la codicia de la práctica; pero hoy la esclavitud está apoyada en doctrina, porque se ha hecho el alma de la sociedad que la explota. Entonces era más reducido el número de esclavos, y por tanto más cancelable económica y numéricamente. Mientras tanto la esclavitud tiene en los Estados yankees genuinos, y éstos son los más ricos, poblados y numerosos, antagonistas implacables, fanáticos. El espíritu puritano de igualdad y de justicia se eleva en el Norte a la altura de un sentimiento religioso. Abominan de ella como de una lepra y de una mancha que deshonra a la Unión, y en su ardor predican la cruzada contra los réprobos que explotan la abyección de una raza maldecida.
Echámosles en cara a los norteamericanos su perpetuación. ¡Dios mío! vale tanto como afligir y humillar las canas del padre virtuoso, echándole en cara los desmanes de su hijo pródigo. La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades americanas. No se atrevieron a arrancarla de raíz cuando podaron el árbol, dejando al tiempo que la matase, y la parásita ha crecido y amenaza desgajar el árbol entero.
Los estados libres son superiores en número y riqueza a los estados de esclavos. En el Congreso, en las leyes no conquistará la esclavitud un palmo de terreno más al Norte de la línea que el hecho existente se ha trazado. Si la guerra sobreviene, ¿los negros irán a batirse con los blancos para evitar que les quiten sus cadenas? ¿Los amos formarán ejércitos para guardar sus esclavos? La separación en estados libres y en estados esclavos, tan cacareada por los estados del Sur, traería la desaparición de la esclavitud. Pero, ¿adónde irían cuatro millones de libertos? He aquí un nudo gordiano que la espada no puede cortar y que llena de sombras lúgubres el porvenir tan claro y radioso sin eso de la Unión Americana. Ni avanzar ni retroceder pueden; y mientras tanto la raza pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. Una guerra de razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o una nación negra atrasada y vil, al lado de otra blanca la más poderosa y culta de la tierra.
Desde Pittsburg hasta Nueva Orleáns habíamos atravesado diez estados de los que no entraron en la primitiva federación. La ciudad de Nueva Orleáns es la capital de la Luisiana, originariamente francesa y cuya promiscua población se compone hoy de criollos americanos, españoles y franceses. La apariencia de la ciudad desde el puerto es magnífica, y los vapores sólo, que están de continuo en sus ancladeros por centenares, bastan para revelar la actividad comercial de sus habitantes. Puede decirse que el vapor se inventó para el Mississipí. Antes de su aplicación a la navegación fluvial, echaban meses y meses las raras barcas que remontaban los ríos, como sucede hoy en el Paraná y Uruguay; los buques de alta mar cruzaban muchos días en el golfo de Méjico acechando la ocasión favorable de tomar la difícil entrada del caudaloso río que a muchas leguas de la costa lleva aún su cauce en el fondo del mar flanqueado de bancos peligrosísimos. Inventóse, empero, el vapor, y bandadas de remolques remolinean en la embocadura para lanzarse en el golfo, apenas divisan en el lejano horizonte una vela. Millares de vapores recorren el río arriba, dispersándose hacia todos los rumbos de horizonte, siguiendo las vías acuáticas en que por centenares se subdivide el canal principal a medida que se le incorporan ríos tributarios; y cuando el valle del Mississipí esté ocupado por el hombre, espantará, sin duda, la masa de productos que vendrá a acumularse en Nueva Orleáns, quedando estrecho el canal anchuroso que desde aquella ciudad conduce al golfo para la no interrumpida procesión de buques que han de ir a desparramarse como puñados de granos en la inmensidad del océano, porque el Mississipí es la única salida que ofrece un mundo entero.
Desgraciadamente, Nueva Orleáns está incurablemente enferma; la fiebre amarilla aparece periódicamente en su recinto todos los años desde tal día del año, hasta tal otro, mata a los que no huyen del seno de la ciudad, y vuelve a convalecer y restablecer su salud hasta la misma época del año siguiente. A una legua de la ciudad la salubridad es completa, y ni por contagio alcanza aquel azote periódico. Tenía en 1840 ciento dos mil habitantes, número que no aumenta en grandes proporciones, no obstante ser el desembarcadero de la emigración francesa.
Residimos en Nueva Orleáns diez días hasta contratar pasaje para la Habana en un malísimo y pestilente buquecillo de vela, que como la falúa del Mediterráneo que me condujo de Mallorca a Argel, llevaba su carga de cerdos, con el aditamento de tres o cuatro tísicos moribundos, que partían con nosotros camarotes estrechísimos, calientes y llenos de telarañas. El mundo norteamericano concluía, y principiábamos a sentir con anticipación las colonias españolas adonde nos dirigíamos.
[11] Ha pasado al verificarlo de ventitrés.—El autor.
[12] Letters on the Paraguay.