Como el cuadrado que nos hemos trazado es poco menos grande que la Europa, necesitaba en teoría una arteria interior, por donde hubiese de circular y penetrar la vida. Para llenar este requisito, desde las inmediaciones del lago Erie, se desprende hacia el Sur el Mississipi, el más caudaloso río de la tierra, y corriendo en seguida navegable por mil quinientas millas, incorpora en su caudal las aguas del Ohio, el Arkansas, el Illinois, el Missouri, el Tenessee, el Awash y muchos otros que de oriente y occidente, vienen alternativamente arrastrando sobre sus turbias ondas los productos de las plantaciones más remotas, hasta el Golfo de México. Porque hay esto de notable en la distribución de las aguas de Norte América, que las unas se reunen en un inmenso receptáculo y marchan al oriente reunidas en el San Lorenzo: las otras se dirigen hacia el Sur, y se aglomeran en el Mississipi, no quedando independientes de aquellos dos grandes sistemas de desagüe, sino el Hudson, el Potomack y el Susquehanna.
Muy bisoños se habrían mostrado los yankees, si no hubiesen completado por canales el conocido plan de la Providencia, de manera que las mercadería del Canadá tengan camino acuático a Nueva York o a Orleans indistintamente, recorriendo para ello una línea de navegación interna, mayor que la que la que media entre América y Europa. Por otra parte, como un estado americano ha de vivir necesariamente de la exportación de sus materias primas, sus cereales y peleterías, su exposición debe ser de preferencia al Atlántico; y su necesidad primera, que de todos los puntos converjan y concurran sus vías de comunicación a las bocas y orificios de aquel inmenso pólipo, cuya simple estructura no ofrece sino tubo intestinal y bocas. Pero supóngase que el estado de larva ha de pasar por diversas transformaciones, hasta entrar en la familia de los animales más perfectos, y dotados de diversos sistemas, sanguíneo, nervioso, digestivo, etc.; entonces la vida se hace más complicada, y el animal no existe ya para la boca, sino la boca para el animal. La vida interna haciéndose más complicada exige vasos secretorios, donde se preparen mejor los alimentos; lo que equivale a decir, porque ya la alegoría fastidia, que con el exceso de la población y el desarrollo de la riqueza, nace una industria nacional, y el estado, sin disminuir su movimiento de exportación e importación, adquiere, al fin, una vida interna que necesita satisfacer por sí mismo y para sí mismo. La China en Asia, la Alemania y la Francia en Europa, dan un ejemplo de esta vida interior, que da pábulo a industrias poderosas, y mayor acumulación de riquezas. Cuando este caso llegue para los Estados Unidos, se concibe que las ciudades del litoral no serán los únicos focos de riquezas, pues para promediar las distancias, habrá en el centro del Estado, nuevos focos industriales que derramen e irradien a los extremos, los productos del trabajo nacional. Ahora, busque Vd. en el mapa de los Estados Unidos un punto a propósito para esta secreción interna, reuniendo además las condiciones de viabilidad y abundancia de elementos de fabricación, hierro, maderas, carbón, etc. Si Vd. no lo encuentra tan pronto, yo se lo indicaré. Hacia lo interior de la Pensilvania, los ríos Ohio, Alleghany y Monongahela se reunen para dirigirse al Mississipi, la grande arteria que distribuye y concreta como hemos visto el movimiento interior.
En la confluencia de estos ríos está situada Pittsburg, que por canales artificiales y ferrocarriles comunica con Baltimore en la bahía de Chesapeake, Filadelfia, New York, Boston al Norte. Removiendo un poco la superficie de la tierra sobre que está fundada Pittsburg, se encuentra un manto de carbón de piedra, el cual se extiende unas catorce mil millas cuadradas, esto es, un espacio un poco menor que la Inglaterra entera. Por todo el país circunvecino y a orillas de los ríos, los propietarios pueden bajo el hogar doméstico, abrir una boca de mina, para extraer esta substancia, alimenticia de fábricas; y en Marieta hemos descendido del vapor y atravesado dos calles de la ciudad, entrándonos sin más rodeos en una mina de carbón bituminoso, que del interior de una colina sacaban en carretillas de mano, para hacerlo derramarse en seguida, hasta sobre la cubierta del buque que atracan a la orilla del río a recibirlo. De alli en caravanas de angadas informes, que sin velas, ni remos, se abandonan a merced de la corriente de los ríos, va el carbón hasta Nueva Orleans, a hacer concurrencia ventajosa a la leña que se corta en los inmediatos bosques y cuyo precio se regula por el salario diario del leñador. Esto por lo que hace al carbón, que en cuanto al hierro se le encuentra en igual abundancia por todas partes, y gracias a estas envidiables ventajas de posición, Pittsburg se alza hoy en medio de las selvas americanas, envuelta en su denso manto de humo hediondo y espeso, que la hace llamar ya el Birmingham yankee, y será el Londres futuro, por la multitud de sus fábricas, sus algodones, que remontan desde Nueva Orleans, para ser allí pintados o tejidos por mecanismos que avanzan en perfección casi siempre a los inventos europeos. Como una muestra de lo que puede ser Pittsburg, recordaré que a fines del siglo pasado, el territorio adyacente estaba aún en poder de los salvajes; en 1800, contenía ya, 45.000 habitantes, y en 1845, montaba la población a dos millones.
¡Como la población de los Estados Unidos avanza hacia el Pacífico setecientas millas de frente por año, más tarde será necesario un foco industrial todavía más adentro, a cuyo fin se ha dispuesto que donde el Misouri, que corre unas 1.200 millas, se echa en el Mississipi, y no lejos del punto en que de la parte opuesta desemboca el Ohio, haya otro depósito de carbón de piedra que, a lo que ha podido averiguarse hasta ahora, ocupa un área de cosa de 60.000 millas cuadradas!
Yo no quiero hacer cómplice a la Providencia de todas las usurpaciones norteamericanas, ni de su mal ejemplo, que en un período más o menos remoto, puede atraerle, unirle políticamente o anexarle, como ellos llaman, el Canadá, México, etc. Entonces, la unión de hombres libres principiará en el Polo Norte, para venir a terminar por falta de tierra en el istmo de Panamá.
Para entonces estarán los lagos en el centro de la unión gigante, y para entonces también el Estado de Michigan, envuelto como una península por el lago del mismo nombre, el Huron, el Saint-Clair, y la base del Erie, podrá dar fructuosa ocupación al enorme depósito de carbón que contiene en su centro. En espectación de aquel suceso, y por aquellos mares de agua dulce, empieza ya a surgir del haz de la tierra, Buffalo, ciudad que sin haber sido aldea siquiera, contaba hace un año 30.000 habitantes, y contará hoy 50.000, según los términos de la progresión yankee. Un camino de hierro, que desde Albany atraviesa sin pretensión alguna cinco grados de longitud, derrama en sus calles todos los días una avenida de hombres, que desde Europa, y remontando el Hudson, vienen a escogerse, entre los bosques intermediarios, algún pedazo de tierra donde fijar una nueva familia, como aquellas razas de Sem y de Jafet, que partían desde la Babel antigua a repartirse entre sí la tierra despoblada. Igual confusión de lenguas entre los que llegan; si bien la tierra les imprime la suya a poco andar, y como el agua frotando las superficies angulosas de diversas piedras conforma los guijarros cual si fueran una familia de hermanos, así, reuniéndose, mezclándose entre sí esas avenidas de fragmentos de sociedades antiguas, se forma la nueva, la más joven y osada república del mundo. ¡Oh! ¡Cuánta verdad tangible hay en los misterios morales de nuestra raza; cuántas relaciones íntimas, inevitables, muestran las cosas físicas! La libertad emigrada al norte da al hombre que llega alas para volar; ruedan torrentes humanos por entre las selvas primitivas, y la palabra pasa muda sobre sus cabezas en hilos de hierro, para ir a activar a lo lejos aquella invasión del hombre sobre el suelo que le estaba reservado; del espíritu envejecido y experto sobre la materia inculta aún, y esperando, desde ab initio, que se le dé forma. Franklin, como Vd. sabe, fué el primero que tomó en sus manos el terrible rayo, y lo explicó al mundo asombrado. Partiendo del descubrimiento de Franklin (hablo en el sentido práctico del pararrayos, con que él dotó a la humanidad), Volta, Oersted, Alexander, Ampere, Arago, habían escrito y tentado mucho sobre la telegrafía eléctrica, cuando Morse, norteamericano, hizo sus ensayos mediante los 30.000 pesos que el congreso de los Estados Unidos dió para costearlos. ¿No es singular que haya cabido a los Estados Unidos la gloria de haber inventado el pararrayos y el éter sulfúrico, para ahorrar dos grandes males a la humanidad, e impreso a los movimientos del hombre rapideces planetarias, con la aplicación del vapor hecha por Fulton y con la telegrafía eléctrica por Morse? En Francia dejé líneas de telégrafos de este género en vía de ensayo, de Ruan a París, de París a Lille, y esto para el servicio del gobierno. En los Estados Unidos había en el momento de mi salida: de Nueva York un círculo que liga con Wáshington, Baltimore, Filadelfia, y vuelve a Nueva York, 455 millas; otro anillo que liga a Nueva York, New Haven, Hartford, Springfield, Boston, y vuelve a Nueva York, 452 millas. Una línea a Albany que parte desde el mismo centro, 150, y de allí extiende un brazo a Buffalo, 250 millas. Otra a Rochester, 252; otra a Montreal, 205. La diligencia que lleva diariamente la correspondencia por toda la Unión recorre 142.295 millas, y 853 millas describen los canales artificiales. Rodean los estados 3.600 millas de mar y 1.200 de lagos. Nueva York sirve de puerto de navegación interna de ríos, canales y lagos de 3.000 millas; Nueva Orleans a otra de 20.000, subdividida en ríos navegables, y que uniéndose por el Mississippi, con los lagos y el San Lorenzo, puede producir la más pasmosa línea de circunnavegación interior y fluvial.
La naturaleza había ejecutado las grandes fracciones del territorio de la Unión; pero sin la profunda ciencia de la riqueza pública que poseen los norteamericanos, la obra habría quedado incompleta. Desde Filadelfia a San Luis, como de Buenos Aires a Mendoza, atraviesa el estado una gran ruta nacional, porque en este sentido el país no es viable por canales, pues los declives de las aguas se inclinan al Sud y al Este. Pero del lago Erie, desciende un canal navegable, que, uniéndose al Ohio entre Cincinnati y Pittsburg, trae con fletes ínfimos los productos del extremo norte del lago superior y del Canadá hasta Nueva Orleans. Del extremo este del mismo lago Erie parte otro canal, que, después de haberse puesto en contacto por una ramificación con el lago Ontario, a la altura de Troya desemboca en el Hudson, y liga por agua a Chicago, que está a 14 grados de distancia al occidente, con Nueva York y Quebec. Desde Pittsburg parte un canal faldeando los montes Alleghanies, que pone en contacto acuático a Filadelfia en el Atlántico, con Nueva Orleans en el Golfo de México, describiendo una ruta a través del continente, de más de mil leguas. Inútil sería detenerse en las líneas de caminos de hierro, que completan en parte las de lagos, o se cruzan con ellas, facilitando a cada Estado, a cada ciudad y a cada aldea, las comunicaciones baratas, rápidas, diarias, fáciles, al alcance de todas las fortunas, apropiadas a todas las mercaderías. Tocqueville ha dicho que los caminos de hierro bajaron de un cuarto los costos de transporte. Los canales han abolido casi el flete, pues apenas es sensible; y, sin embargo, tal es la afluencia de productos, que, estas obras, producen al Estado millones de renta anual.
Del aspecto general del país, o de su arquitectura, como distribución de los medios de acción puestos por Dios y utilizados y completados por el hombre, pasaré sin transición a la aldea, centro de la vida política, como la familia lo es de la vida doméstica. Los Estados Unidos están en ella con todos sus accidentes, cosa que no puede decirse de nación alguna. La aldea francesa o chilena es la negación de la Francia o de Chile, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres, ni sus vestidos, ni sus ideas, como manifestación de la civilización nacional. La aldea norteamericana es ya todo el Estado, con su gobierno civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su censo, su espíritu y su apariencia. Del seno de un bosque primitivo, la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio desmontado en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas son de ladrillo, construido con el auxilio de máquinas, lo que da a sus costados la tersura de figuras matemáticas, uniéndolos entre sí con argamasa en filetes finísimos y rectos. Levántanse aquéllas en dos pisos cubiertas de techumbre de madera pintada. Puertas y ventanas pintadas de blanco, sujetan y cierran cerraduras de patente; y stores verdes animan y varían la regularidad de la distribución. Fíjome en estos detalles porque ellos solos bastan para caracterizar un pueblo y suscitan un cúmulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al presenciar tanta ostentación de riqueza y de bienestar, es la que suministra la comparación de las fuerzas productivas de las naciones. Chile, por ejemplo, y lo que es aplicable a Chile lo es a toda la América española, Chile tiene millón y medio de habitantes. ¿En qué proporción están las casas, que de tales merezcan el nombre, con las familias que lo habitan? Pues en los Estados Unidos todos los hombres viven en casas, tales como las que he delineado al principio, rodeados de todos los instrumentos más adelantados de la civilización, salvo los pioneers que habitan aún los bosques, salvo los transeuntes que se albergan en inmensos hoteles. De aquí resulta un fenómeno económico que apuntaré ligeramente. Supongo que veinte millones de norteamericanos habiten un millón de casas. ¿Cuánto capital invertido en satisfacer esta sola necesidad? Fabricantes de ladrillos a la mecánica han hecho con sus productos fortunas colosales; fábricas de cerrajería de patente venden sus obras por cantidades cien veces mayores que en cualquiera otra parte del mundo, para servir a menor número de hombres. Las estufas de hierro colado que se aplican al uso doméstico en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación a las fábricas de Londres; y el avalúo de las casas que habitan los norteamericanos en las aldeas, no diré más pobres, porque el término es impropio, equivaldría a la riqueza territorial e inmueble de cualquiera de nuestros estados.
La cocina, más o menos espaciosa, según el número de individuos de la familia, consta de un aparato económico de hierro fundido, formando parte de él un servicio completo de cacerolas y de utensilios culinarios, todo obra de alguna fábrica que se ocupa de este ramo. En algún departamento interior se guardan arados del autor francés que los inventó, y el instrumento de agricultura más poderoso que se conoce: su reja abre un surco de media vara de ancho; una cuchilla movible va rozando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador la aparta del encuentro del tronco de un árbol. Su ligera obra de madera está constantemente pintada de colorado, y los arneses de los caballos que lo tiran son de obra de talabartería, lustrosa siempre y con hebillas amarillas y adornos en bronce para ajustarlos. Las hachas de la casa son también de patente y de la construcción más aventajada que se conoce; pues el hacha es la trompa del elefante del yankee, su mondadientes y su dedo, como entre nosotros el cuchillo, o la navaja entre los españoles. Una carretela de cuatro ruedas, ligera como las patas de un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa como recién sacada de la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como no los llevan iguales los fiacres de París, facilitan la locomoción de los habitantes. Una máquina sirve para desgranar el maíz; otra para limpiar el trigo; y cada operación agrícola o doméstica, llama en su ayuda el talento inventivo de los fabricantes. El terreno adyacente a la casa y que sirve de jardín de horticultura, está separado de la calle o camino público por una balaustrada de madera, pintada de blanco en toda su extensión y de la forma más artística. No se olvide Vd. que estoy describiéndole una pobre aldea que aún no cuenta doce casas, rodeada todavía de bosques no descuajados y apartada por centenares de leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tiene varios establecimientos públicos, alguna fábrica de cerveza, una panadería, varios bodegones o figonerías, todos con el anuncio en letras de oro, perfectamente ejecutadas por algún fabricante de letras. Este es un punto capital. Los anuncios en los Estados Unidos son por toda la Unión una obra de arte, y la muestra más inequívoca del adelanto del país. Me he divertido en España y en toda la América del Sud, examinando aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquíticos, jorobados y ostentando, en errores de ortografía, la ignorancia supina del artesano o aficionado que los formó.
El norteamericano es un literato clásico en materia de anuncios, y una letra chueca o gorda, o un error ortográfico expondría al locatario a ver desierto su mostrador. Dos hoteles ha de haber por lo menos en la aldea para alojamiento de los pasajeros; una imprenta para un diario diminuto, un banco y una capilla. La oficina de la posta recibe diariamente los periódicos de la vecindad o las grandes ciudades, a que están subscriptos los aldeanos; y cartas, paquetes y transeuntes han de llegar y salir de ella diariamente; pues el transporte de la mala, aún a los puntos más distantes, se hace en vehículos de cuatro ruedas y con comodidades para pasajeros. Las calles, que se van delineando a medida que la población crece, tienen como las grandes ciudades, treinta varas de ancho, inclusas las aceras de seis varas que deben quedar de cada costado, sombreadas por líneas de árboles que desde luego plantan. El centro de la calle es, mientras no hay medios de empedrarlo, un ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los cuales ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que sus productos en toda la Unión corren parejas con los cultivos de trigo.